Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), Premio Cervantes de 2017, es uno de esos escritores cuya biografía discurre paralela a los acontecimientos y la historia de un país. “Al fin y al cabo —ha escrito— en el Caribe de llamaradas revueltas, las historias privadas sucumben ante la historia pública, que las arrastra (…), las transforma y, como una deidad funesta, decide la suerte de los escritores”.
[1]Es conocida su activa participación en la Revolución Sandinista que llegó al poder en Nicaragua en 1979. La ha contado en su libro Estás en Nicaragua y, con detalle —sus causas, sus consecuencias— en el posterior e imprescindible Adiós muchachos, pero lo cierto es que esa experiencia atraviesa toda su obra (los cuentos, las novelas, los ensayos).
Ha lamentado que aquella “utopía compartida” acabara como acaban tantas revoluciones, en fracasos éticos que devoran a sus propios hijos, como escribió a propósito de El siglo de las luces, la novela de Alejo Carpentier, y es que en Nicaragua “todo el código de valores éticos fue malversado”, “los sueños de los ideales [fueron] trastocados por las pesadillas del poder”, y saltó “en pedazos el primer modelo real de cambio que el país había vivido nunca”.
Es ilustrativo del profundo desencanto recordar lo que escribió Salman Rushdie para la segunda edición de La sonrisa del jaguar, su ensayo sobre su estancia en la Nicaragua revolucionaria. Cuenta que años después de publicar su libro se reunió en un hotel europeo con Sergio Ramírez y lo encontró “más triste, más apesadumbrado”, muy lejos del hombre entusiasta que había conocido años antes, y cabe suponer del que, en época de Somoza, viajó desde Costa Rica a aquella “Nicaragua tan violentamente dulce” con Ernesto Cardenal y Julio Cortázar, y que el argentino recuerda en ese cuento maravilloso que es Apocalipsis de Solentiname.
El caso es que Ramírez se apartó de la ortodoxia dominante que había impuesto Daniel Ortega, fue defenestrado en 1994 y años más tarde perseguido y condenado, como lo fueron, entre muchos otros, Henry Ruiz (Modesto), “símbolo de la revolución que no fue”, Dora María Téllez o Gioconda Belli, y privado de sus bienes y hasta de su nacionalidad.
Hoy vive en Madrid, con su compañera de siempre, Tulita, mirando con asombro las cosas que pasan en su país y en el mundo, con esa mirada inteligente y serena de un hombre que, como ha contado en su muy reciente conferencia en el ciclo Con otra mirada, literatura y enfermedad [2], algún día fue un curioso “niño estrábico con lentes” en su Masatepe natal.
Vuelta a la literatura, “un retorno al origen”
[3]Afortunadamente, el torbellino en el que vivió en aquellos años de la revolución no lo apartó para siempre de la literatura, como él ha recordado que sí le ocurrió a su admirado Juan Bosch, el gran escritor y político dominicano. Cuando lo conoció, Sergio Ramírez no había cumplido 20 años, “nadie podía decirle a Bosch que le tocaría suceder a Trujillo, su antítesis ética y política [y] nadie pudo haberme dicho a mí entonces que dos décadas después me tocaría suceder a Somoza como miembro de la Junta de Gobierno, al triunfo de la revolución en Nicaragua”.
Se ha dicho de Nicaragua, como se dice de Chile, que es un país de poetas, “nunca —escribió precisamente Rushdie— “había visto un país donde se [les] reverenciara tanto”, “un país [ha contado Ramírez] donde se recita de memoria a Rubén Darío en barberías, velorios, cumpleaños y cantinas,…”; donde “todo el mundo se saluda en verso”, como se dice en El cielo llora por mí, la primera de las novelas de Ramírez del ciclo que protagoniza el inspector Morales.
El caso es que Sergio Ramírez optó por la prosa, y años después del triunfo sandinista, con la muy ambiciosa y celebrada novela Castigo divino, se reencontró con la literatura, muy lejana ya la primera que publicó, Tiempo de fulgor.
Con el tiempo fueron llegando otras novelas, entre ellas, Sombras nada más, un magistral relato polifónico sobre la corrupción moral, el poder y la violencia; la brillante y premiada Margarita, está linda la mar; La fugitiva, la triste historia de una mujer de belleza incomparable que eligió a Marcel Proust como su dios terrenal; y la aún reciente El caballo dorado, una obra escrita en estado de gracia donde, por decirlo con las palabras que Ramírez dedicó a Mulata de tal, una de las últimas obras de Miguel Ángel Asturias, el lector corre junto al novelista “por un territorio encantado e inventado y en esa carrera desbocada uno va viendo que ocurre de todo, como debe ocurrir siempre en las novelas”.
Ha recordado en uno de los magníficos textos reunidos en La manzana de oro que en ese primer encuentro con Juan Bosch éste —un maestro absoluto del género— le aleccionó sobre el arte de escribir cuentos en el que Ramírez decía iniciarse por entonces.
Es un gran novelista, pero bastarían sus cuentos, desde luego los de Flores oscuras o Ese día cayó en domingo, para considerarlo uno de los más grandes narradores contemporáneos; en sus cuentos podemos sentir el goce y la felicidad que produce leer una pieza perfecta, como él decía sentir leyendo los mejores cuentos de Borges.
[4]Sus relatos traen retazos o atisbos de existencias precarias, a veces en el límite. Augusto Monterroso, otro gran escritor centroamericano, decía que un buen cuento concentra toda la vida y por esa razón un buen cuento será siempre un cuento triste, tal vez por eso en los cuentos de Sergio Ramírez hay dolor (el dolor de ser vivo que dijo Rubén Darío en uno de sus más grandes poemas, Lo fatal, el más grande de la lengua castellana para García Márquez, según ha contado alguna vez Sergio Ramírez), hay dolor en sus cuentos, pero también imaginación y humor, y siempre, siempre una mirada compasiva.
Intelectual público
Como él escribió de Cortázar, Ramírez es un hombre que ha sabido “hacerse cargo de las consecuencias de su compromiso”, “en su vida, en sus actitudes y en sus respuestas como intelectual con una posición política”. La política —ha dicho— es enemiga artera de la literatura, pero él reconoce que en su vida fue “una experiencia insustituible”, de ella “me queda, como a Voltaire, el gusto por el oficio de hombre público” y también “por la tolerancia, y la desilusión de las ideas eternas y los credos inviolables, de las verdades para siempre”.
Basta leer sus artículos y ensayos, literarios o no, para apreciar que junto a la calidad ética de su escritura hay, además de un gran narrador, un analista reposado, lúcido y riguroso, un hombre admirable para quien “es lo mismo la literatura que la vida, los recuerdos que la imaginación”.