Desde Alta fidelidad (¡ya han pasado treinta años de aquella irrupción!) los lectores de Nick Hornby conocemos buena parte de la mitología desbordante del escritor británico. De hecho, ya nos invitó a conocer la banda sonora de su vida allá por 2003 -con una criba que presumimos debió de ser dolorosa- seleccionando para ello solo 31 canciones [1]. No quiso este erudito del pop pecar de obvio, aunque figuraban allí los Beatles, Bob Dylan o Patti Smith. Pero no sonaba Prince. Mejor porque el genio de Minneapolis merecía más que un capítulo; merecía un libro en la mejor compañía, compartiendo páginas con alguien tan complejo, ambicioso, talentoso y trabajador como él: Charles Dickens, el más célebre autor de novelas nacido en el Reino Unido.
¿Dickens y Prince [2] en el mismo libro? ¿Hay conexiones suficientes que justifiquen juntar y enfrentar a dos figuras tan lejanas en el espacio y el tiempo? Esa es la gracia: coger el libro deseoso de saber qué tienen en común dos creadores tan diversos como excepcionales. El premio es salir de su lectura, ágil, entretenida y a veces divertida, deseando leer o releer Los papeles del Club Pickwick o invertir una hora y pico escuchando por enésima vez Sign o’ the Times, por citar dos cumbres entre varias posibles.
El vínculo que casi cualquiera podría poner encima de la mesa es lo fecundo de su creatividad, y eso es justo lo primero que, con humor, el propio Hornby despacha: “Si alguien ha creado una obra tan asombrosamente enorme, será alguien a quien yo, desde luego, no tengo fichado. Puede que algún lector esté gritando: ¡Wagner! ¡Picasso! Si eres uno de esos lectores, tendrás que escribir tu propio libro”. Imaginamos la genialidad como un fogonazo y eso casa poco o nada con la capacidad y la constancia que desplegaron Dickens (1812-1870) y Prince (1958-2016). Produjeron como si tuvieran un equipo detrás que siguiera creando mientras ellos descansaban o trataban de dormir.
[2]Ninguno de los dos llegó a cumplir sesenta años: Dickens con 58 no superó un ictus y a Prince parece que se le fue de las manos su adicción a los analgésicos a la edad de 59. Fue, no obstante, tan intensa su labor creativa que se calcula que el novelista escribió unos cuatro millones de palabras, una cifra descomunal que debemos valorar teniendo en cuenta que el autor de Cuento de Navidad y Grandes esperanzas era asimismo una máquina de hace lecturas públicas en grandes giras dentro y fuera de su país que le dejaban bastante exhausto.
En el caso de Prince, alguien podría alegar que, a diferencia de un Dickens instalado en la soledad del escritor, él tenía al menos una banda de músicos detrás aportando lo suyo. Ya desde el primer disco demostró que Juan Palomo era un aficionado a su lado: con veinte años escribió, produjo, cantó y tocó él y sólo él su primer vinilo enterito (“en los créditos de sus discos no aparece ningún otro músico hasta el tercero” y es, añadamos, para hacer los coros de un único tema). No pocas veces le privaba después de un concierto en una ciudad coger y dar otro concierto sorpresa en la misma localidad incluso más largo. Y todo sin dejar de componer y componer y componer hasta el punto de que quienes han accedido a su archivo personal cifran que hablamos de entre cinco mil y ocho mil canciones inéditas. Para hacerse una idea, escribe Hornby calculadora en mano, podemos tener “un disco de diez canciones cada seis meses durante los próximos trescientos o cuatrocientos años. Apuesto a que hay algunas realmente buenas”.
Hornby indaga también en algunos paralelismos en su infancia, por ejemplo, en la falta de dinero (verdadero problema en el caso de Dickens), en ser tan autoconscientes de su valía como artistas o en el papel que tuvo la gran pantalla el siglo pasado en la difusión de su obra (“Oliver Twist y Purple Rain tienen en común, además de su perdurabilidad cultural y la juventud de sus creadores: que ambas le deben mucho al cine”).
De hecho, hablando precisamente de estas dos joyas, no me resisto a decir que me habría gustado recordar que descubrí a Prince comprando alguno de sus primeros discos o que mi inmersión inicial en el universo dickensiano fue devorando cualquiera de sus novelas. La cosa fue más facilona. El hallazgo llegó gracias al cine si bien filtrado a través de la televisión de los años ochenta: aquello supuso cruzarme una noche por sorpresa con los raterillos de Oliver! (1968), la oscarizada versión musical que firmó Carol Reed, o alucinar otro día con el momentazo en que Prince interpreta Purple Rain y su impagable y guitarrero crescendo en la película del mismo nombre (1984).
Otro elemento común a su trayectoria es la sensación insoportable (sin duda más agudizada en Prince) de que por mucho dinero que ganaran, y ambos estuvieron entre los que más pasta acumulaban, la industria del libro y del disco les quitaba demasiado o no les daba todo lo que ellos entendían que merecían. A Dickens le salieron imitadores que le perjudicaban económicamente, con piratas literarios haciendo su agosto: “hubo veintiséis adaptaciones escénicas de Los papeles de Pickwick circulando por el país a finales de 1838, y Dickens no ganó ni un penique con ninguna de ellas, porque no las había escrito él”. A Prince le desesperaba no ser el dueño absoluto de sus grabaciones y así ganar por sus canciones menos que la discográfica; por ese motivo se enfrentó al sistema como ningún músico de ese nivel lo había hecho antes, decidiendo incluso cambiarse el nombre por un símbolo impronunciable.
Hornby tampoco pasa por alto una debilidad compartida, las mujeres, y un problema relacionado: las enormes dificultades para mantener a flote sus matrimonios. Prince no se limitaba a encandilar solo por ser quien era, lo hacía poniendo su talento musical al servicio de sus conquistas. “Un montón de estrellas del rock han conseguido seducir a mujeres jóvenes sin necesidad de escribirles una docena de canciones y producirles un álbum entero (…) El sexo y el proceso creativo iban de la mano para él. Ya sabes cómo van estas cosas. No podía ni mirar a una chica sin querer saber cómo sonaba”.
Dickens y Prince. Prince y Dickens. De los dos tiene Hornby una foto colgada en la pared de su estudio que no tiene intención de quitar mientras siga yendo allí a trabajar. Ellos son lo que él llama Mi Gente, esas personas en las que ha pensado, piensa y seguirá pensando a menudo. Y a poco que nos lo propongamos, raro será que no acaben formando parte también de nuestra gente.
Dickens y Prince [2]. Nick Hornby. Traducción de Jesús Zulaika. Editorial Anagrama. 156 páginas. 10,99 euros