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Utopía, viaje de ida

[1]La palabra utopía fue creada por Tomás Moro en 1516 como título de la obra en que imaginó una isla organizada en base a la igualdad y a la justicia, donde no existía la pobreza ni el gobierno de los tiranos. En su raíz está la palabra griega topos (lugar), y después Moro jugó deliberadamente con dos posibles prefijos de los que habría derivado la “u”: el ε griego, que significa “bueno”, y el prefijo οὐ, que quiere decir “no”. Así, utopía nacía como lugar perfecto a la vez que no-lugar, lugar inexistente.

Desde que Moro escribió su obra, muchas utopías han nacido en la imaginación del mundo, en diálogos clandestinos, en asambleas atestadas. Cuando se enraíza en proyectos concretos, la utopía se deshace un poco de su etimología: puede tener sus imperfecciones y, sobre todo, puede encontrar su lugar. Lo que en un momento se imaginaba imposible, como la jornada laboral de ocho horas (que, por cierto, está en la utopía imaginada por Moro), los procesos emancipadores de las mujeres o la libertad de las personas esclavizadas, llegó a realizarse gracias a que algunas personas se empeñaron en hacer hueco para ello en el horizonte. “Lo que hoy damos por hecho, por dado y por natural, son puntos de llegada de luchas tildadas como utópicas, irrealizables, naif, inocentes e infantiles en su época”, escribe Berta del Río.

Para la autora, que ha publicado recientemente un breviario utópico titulado El arte de imaginar [2], el bombardeo distópico de las últimas décadas ha limitado, sin embargo, nuestra capacidad de imaginar alternativas sociales. “Nos han convencido de que no tenemos poder para intervenir en el mundo en el que vivimos”, apunta, señalando esa postura del nada-que-hacer de todos aquellos que se encogen de hombros ante la omnipotencia del capitalismo y enseguida sacan a colación el fracaso del intento soviético u otras sombras de experimentos coercitivos.

Para pensar la utopía, sugiere del Río, se empieza por entrenar la imaginación y recuperar la curiosidad, esa emoción que nos aleja de lo establecido y nos permite viajar a otros escenarios posibles. Acercarse a conocer lo que fue aunque pareciera imposible, los gestos que permitieron y permiten que utopía sea un lugar.

Catálogo de mundos mejores

[2]“La búsqueda de la utopía ha sido una de las fuerzas motrices de la humanidad”, escribe Del Río, y compone en El arte de imaginar un archivo de contrahistorias, de experimentos utópicos, de ejercicios de resistencia que combinaron acción con organización colectiva: desde los palenques o quilombos de las personas esclavizadas en América, auténticas ciudades-Estado con leyes propias, a los falansterios de Fourier, donde el socialismo utópico se concretó en edificios que se gestionaban de forma horizontal y cooperativa; también movimientos artísticos comprometidos con el pensamiento utópico, como el Living Theatre de los años setenta, un grupo comunal que trató de, a través del teatro, movilizar al público a la acción política.

La autora se fija especialmente en los espacios donde la utopía sí tuvo un lugar: el círculo (forma también de la isla de Moro o la Barataria de Cervantes) como forma predilecta para articular la lucha desde la asamblea; la transformación de espacios, como el Hotel Ritz de Barcelona convertido por los anarquistas en un restaurante social —Gastronomic nº1— al principio de la guerra civil; la existencia de estructuras efímeras que se disolvían antes de ser disueltas por el poder, como el Instant City de la Ibiza de los años 70, o, por el contrario, construcciones que se han resistido a desaparecer y se han ido transformando, como la comunidad alternativa de Christiania, en Copenhague. Finalmente, el espacio de la casa, ese refugio básico que en los últimos tiempos parece convertirse en privilegio, ante lo cual se activan también utopías fuera del mercado depredador, modelos de cohousing o residencia colaborativa, como la Older Women’s Co-Housing de Reino Unido o el Sostre Cívic en Catalunya.

Otro “catálogo de mundos mejores” hace Layla Martínez en Utopía no es una isla, un libro fundamental para entender la necesidad de reactivar el pensamiento utópico. En él la autora navega por la isla de Tomás Moro, por las sociedades piratas, por el socialismo utópico y las primeras comunas, por la utopía decolonial del movimiento chicano, por el panafricanismo, el ecosocialismo o el confederalismo de las mujeres de Rojava. En él, también, Martínez hace un brillante análisis de las tendencias culturales de la actualidad, que nos abocan mayormente a la distopía, como formas de desactivar la movilización ciudadana.

Anestesias distópicas

La forma en que imaginamos el mundo, o mejor, nuestra capacidad para construir futuro, está fuertemente marcada por los productos culturales que consumimos. Así lo cree Layla Martínez, que analiza cómo la cultura de la posmodernidad acabó con la idea de progreso propia de la modernidad, de la vida vista como una línea recta que siempre iría a mejor. Rota la línea, el horizonte se volvió difuso, y el presente se llenó de ansiedad: “A partir de los años ochenta, la producción cultural que reflexiona sobre el futuro se llena de distopías y narraciones apocalípticas. Novelas, cómics, videojuegos y películas de ciencia ficción imaginan un futuro de regímenes dictatoriales, capitalismo salvaje, gobiernos de megacorporaciones, naturaleza devastada y deterioro total de la libertad y los derechos. “

La ficción distópica o apocalíptica puede ser una herramienta crítica, puede advertirnos de lo que no va bien en nuestro mundo, pero también, según la autora, es aprovechada por el neoliberalismo imperante para amortiguar la acción y evitar los cambios. Es decir, la distopía nos inmoviliza, funciona como anestésico. No hay alternativa, parece decirnos, no te esfuerces demasiado, no vale la pena intentarlo.

Por otra parte, aparece en las formas culturales lo que se ha llamado el “modo nostálgico” o “retromanía”: la repetición de fórmulas del pasado, la retrospección y el pastiche como algo reconfortante, puesto que, frente al futuro, el pasado sí parece ofrecernos un lugar seguro. Así, entre la nostalgia por el pasado y la imaginación distópica, las creaciones utópicas son consideradas demasiado inocentes, casi infantiles.

Algunos incluso critican la idea de la literatura utópica con el argumento de la falta de conflicto: diseñar un mundo perfecto elimina, dicen, el conflicto que está en la raíz de lo literario. Pero, para muchas escritoras y activistas que andamos reflexionando sobre ello, la utopía no tiene por qué entenderse como un lugar carente de conflicto, sino todo lo contrario: se trata de una herramienta radical, algo que se concibe para transformar la realidad y que, por tanto, se construye en constante conflicto. No se puede generar un abismo entre el futuro deseable y las luchas del aquí y el ahora: la utopía se construye poco a poco, con sus baches y, también, claro está, con sus fracasos. Aunque a veces, al nadar contracorriente, sea difícil exponer las imperfecciones, los deslices que el mundo más “normativo” está esperando para poder decirte ¿no ves? Sabíamos que era demasiado arriesgado. Por eso es importante estar atentas, acoger mediante la escucha los pequeños triunfos y fracasos de nuestras utopías, formar red para que cuando una caiga sea recogida por otra. El pensamiento utópico es contagioso, y si empezó siendo esa isla de Moro, se supo desde siempre un vasto archipiélago.

Dos proyectos en construcción

Vamos a acercarnos a dos proyectos presentes y en construcción: dos iniciativas artísticas y activistas que se enraízan en la genealogía de utopías que las precedieron y que apuestan por la transformación constante y la construcción colaborativa.

Uno es Casa Teatro [3], un colectivo artístico que hace poco se lanzó a la construcción de un artefacto escénico sobre ruedas: un teatro-casa donde el público es invitado y entra en la intimidad de un espacio donde se cuentan historias utópicas a partir del teatro de objetos. Hablamos con Andrea Díaz Reboredo, directora escénica, escenógrafa y artista plástica, centrada en los últimos años en el teatro de objetos, en el que se da esa posibilidad para el contacto íntimo con el público, la escucha en un lugar pequeño, la presencia física que es, en realidad, la base del teatro.

Para Andrea, el proyecto Casa Teatro surge de ese sueño de construir un dispositivo que fuera también un refugio móvil, un lugar donde la compañía se sienta en casa mientras gira, y, al pararse, pueda abrir las puertas de esa casa, invitar al público a una zona de intimidad. Inspirados por proyectos italianos como el Teatri Mobili [4], Andrea y Marc Selles, a los que luego se unieron Paula Pascual de la Torre y Cristian Gómez, comenzaron a concebir esta casa como espacio escénico y también como archivo: los objetos domésticos se convierten en entradas a otros mundos, a historias que sucedieron, suceden o sucederán. Esa es la poética del objeto, cuenta Andrea: puede ser tanto un utensilio cotidiano como el testigo de una historia, un contenedor de memoria. Así, la gente entra en la casa, se sienta, se pone cómodo, se le sirve algo de beber, y, como sucede en las mejores sobremesas, entra en el embeleso de la narración oral.

A estas narraciones en construcción le han dado el nombre de “Archivo de lo posible”: historias pequeñas, cotidianas, de gente corriente, gestos altruistas que van creciendo, que se convierten en cambios, como aquella en la que dos personas empiezan plantando semillas y se acaba recuperando un bosque. Andrea nos recuerda que el arte, según Perec, tiene que ver con cuestionar nuestros hábitos, extrañarnos de lo más obvio. Y desde ahí, recordar nuestra capacidad de cambio.

Casa Teatro sabe que esa capacidad es contagiosa, y por eso sueña con que el Archivo de lo posible se vaya ampliando, contagiándose del territorio y construyendo una red de colaboraciones sobre él. En cada parada se contará una historia pero también se escucharán otras, testimonios y gestaciones que irán engordando nuestra capacidad para imaginar y para enraizar la utopía en actos concretos.

El segundo es un proyecto de arte-educación titulado Memorias de la Ternura. [5] Comienza a tomar forma a partir del recuerdo de Arturo Babel, antiguo alumno de la escuela libertaria Pequeñ@ Compañer@, una escuela infantil que existió en el Ateneo liberado de Villaverde Alto a finales de los ochenta y a lo largo de los noventa como un proyecto de pedagogía libertaria. Arturo, con el que hablamos, lo recuerda como “el único lugar donde de verdad aprendió algo”, y Memorias de la Ternura es el intento de devolver amor a ese lugar de donde se obtuvo, de dignificar y reconocer el trabajo de las personas que sostuvieron el espacio, de rescatar aquellas prácticas comunitarias que sí funcionaron, pudiendo contextualizarlas en nuestro presente, pudiendo despertar nuevas utopías, nuevos territorios de ternura.

En este video se puede entender cómo a través de prácticas artísticas y de mediación ciudadana se activa el archivo histórico de la escuela para devolverlo al presente:

Desde siempre, la utopía encuentra su terreno abonado en la educación, en este tipo de proyectos que tratan de horizontalizar los procesos de aprendizaje. Proyectos de renovación pedagógica que hunden sus raíces en experiencias como la Institución Libre de Enseñanza, las Misiones Pedagógicas, la escuela libre italiana de Reggio Emilia, la Città dei Bambini. Lugares donde se practicó la revolución rompiendo con el adulto-centrismo y en los que se probó un lenguaje de la ternura para ese encuentro intergeneracional que supone la escuela. Para Arturo Babel, los centros educativos son lugares donde ensayar la relación con el entorno, con el resto de las personas, con nosotras mismas. Por eso, dice, necesitamos centros que eduquen en el pensamiento crítico y la diversidad, la libertad y el antiautoritarismo.

Con esta reflexión suya cerramos (o abrimos) este viaje de ida hacia la utopía: “Tenemos que recordar todos esos archipiélagos de islas utópicas, devolverlos al presente y ponerlos en práctica desde ya (con sus conflictos y sus fricciones, porque la utopía es un lugar en el que todo lo humano tiene cabida). Si empezamos a leer el futuro desde las ficciones utópicas, empezaremos de alguna forma a habitarlo, porque el arte tiene ese poder de conectarnos con lo que vemos. En los tiempos extraños que vivimos, es muy importante invocar la utopía para que nuestro cuerpo la habite, la encarne y la transforme desde este momento en presente”.