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Vida, pasión y muerte de Jesús de Nazaret (I)

Escapa por completo a la intención de este artículo hacer un análisis más o menos detallado de las investigaciones realizadas en torno a la vida, pasión y muerte de Jesús de Nazaret, tarea para lo cual nos sentimos incapaces del todo (el lector puede encontrar magníficas referencias en estudiosos españoles contemporáneos como Antonio Piñero, Rafael Aguirre, Xabier Pikaza, Fernando Bermejo, Florentino García o Julio Trebolle, entre otros).

Por tanto, lo que aquí trataremos de hacer es echar mano del recurso del viejo trapero y, con el gancho en la mano y el saco al hombro, recoger y dar cuenta someramente de las “telas” que consideramos de más utilidad entre todo lo tejido por los exégetas.

La investigación acerca de la historicidad de Jesús de Nazaret no trata de afirmar o negar la respuesta que la fe cristiana da a la cuestión de la identidad de Jesús, pero tampoco debe estar condicionada por ella. A diferencia de la fe cristiana, la investigación es siempre cambiante, de acuerdo con las pruebas y descubrimientos que se van acumulando a lo largo del tiempo: nunca puede decir “así es esto”, sino “así se nos muestra esto en el estado actual de nuestros saberes (y de nuestros errores)”, lo que también es válido en el caso de Jesús de Nazaret.

Hasta la llegada de la crítica histórica que la Ilustración trajo consigo los evangelios fueron considerados como biografías históricas de Jesús y también se aceptaba el carácter histórico de los otros escritos neotestamentarios. Sin embargo, en los últimos dos siglos y medio se han ido abriendo nuevas posibilidades para encontrar y desenterrar pruebas de la existencia terrenal de Jesús. La tarea no ha venido resultando fácil porque cada época y cada autor ha proyectado sobre Jesús su propia visión, tratando de reconstruir la figura histórica del galileo a su imagen y semejanza, de acuerdo con presupuestos filosófico-religiosos determinados, y no debe olvidarse que muchos de los investigadores que se han dedicado a la búsqueda del personaje histórico no han estado al margen de la fe, sino que proceden del propio campo de la teología. Así lo afirmaba hace ya más de un siglo el erudito francoalemán y premio Nobel de la Paz Albert Schweitzer: “Cada nueva época de la teología descubría en Jesús sus propias ideas y no podía imaginárselo de otro modo. Y no solo se reflejaban en él las distintas épocas. Cada individuo lo interpretaba según su propia personalidad”. En un tiempo más cercano al nuestro, el reconocido investigador alemán Joachim Jeremias llegaba a la siguiente conclusión: “Los racionalistas describen a Jesús como el predicador moral; los idealistas como la quintaesencia del moralismo; los estetas lo ensalzan como el amigo de los pobres y el reformador social, y los innumerables pseudocientíficos hacen de él una figura de novela”.

Se ha venido aceptando la existencia de diferentes etapas o fases en la búsqueda de la historicidad de Jesús de Nazaret: la “Primera investigación o Antigua búsqueda”, que comprendería un largo período de tiempo que iría desde finales del siglo XVIII (Hermann S. Reimarus) hasta mediados del siglo XX (Rudolf Bultmann), cuyos trabajos más significativos corresponden fundamentalmente a los teólogos alemanes; la “Nueva búsqueda”, que habría comenzado hacia finales de los años 50 del siglo XX con Ernest Käsemann, y, por último, la “Tercera investigación o Tercera búsqueda”, que se ha venido desarrollando desde los años 70-80 del pasado siglo a partir de los trabajos de Ed Parish Sanders y otros varios investigadores.

Profeta apocalíptico

Hay una cierta unanimidad en señalar la obra póstuma de Hermann S. Reimarus Acerca del propósito de Jesús y el de sus discípulos (1774) como el inicio de la búsqueda del Jesús histórico liberado del dogma eclesial y como la primera en proponer la separación de la predicación de Jesús, centrada en la proximidad del “reino del Cristo o Mesías, que los judíos habían aguardado y esperado tanto tiempo”, de la interpretación dada posteriormente por los apóstoles en su tarea evangelizadora, que enmascara la intención original de Jesús, a quien el autor considera un profeta apocalíptico. A partir de ese momento se produce un fuerte movimiento por recuperar el Jesús histórico de la mano del racionalismo. Es la época de las “Vidas de Jesús”, escritas fundamentalmente con la intención de que su figura podía iluminar el destino y quehacer del “hombre nuevo”.

La primera de ellas es la de David F. Strauss (La Vida de Jesús, críticamente elaborada, 1835). El autor aplica la crítica histórico-literaria para mostrar que la vida de Jesús debe enmarcarse en el campo de la historia y que lo sobrenatural que pueda haber en ella hay que buscarla en la fe que interpreta al Jesús divino. Según Strauss, los evangelios son relatos míticos, no en el sentido de falsos, sino en la de la utilización del mito para expresar ideas o creencias a través de una narración. Además, fue pionero en reconocer que el Evangelio de Juan es el menos fiable de los evangelios desde el punto de vista histórico por ser una obra eminentemente teológica y tiende extremadamente al mito, tarea a la que también contribuyeron Friedrich Ch. Baur y otros miembros de la escuela de Tubinga (Alemania). Para Baur, los textos del Nuevo Testamento vendrían a ser una síntesis entre las propuestas teológicas de las dos principales facciones de la Iglesia primitiva: la judeocristiana, promovida por Pedro, y la helenística, más elaborada y representada por Pablo de Tarso.

En los años siguientes, la investigación sobre la vida de Jesús pasó del ámbito primordialmente teológico al de la crítica literaria iniciada por Strauss, derivando hacia las relaciones existentes entre los evangelios sinópticos, depositarios del recuerdo de la historia y de las palabras de Jesús, y el orden cronológico en que fueron escritos. Esta tarea fue llevada a cabo por los representantes de la llamada “escuela liberal”, que mantuvieron la confianza en la posibilidad de hacer una vida de Jesús a partir de la historicidad de los evangelios, eso sí, eliminando lo sobrenatural que hubiera en ellos.

En 1838, Christian H. Weisse y Christian G. Wilke plantearon la hipótesis de que el evangelio de Marcos no era un resumen del de Mateo y el de Lucas, como se había mantenido hasta entonces por la tradición cristiana, sino que era anterior a ellos y les había servido de fuente. Además, Weisse estableció la teoría de que existía una fuente común a Mateo y Lucas que, medio siglo más tarde (1890), Johannes Weiss denominó con la letra Q (de Quelle, “fuente” en alemán). Surge así la “teoría de las dos fuentes”: La Fuente Q y El evangelio de Marcos, que Heinrich J. Holtzmann contribuyó a reforzar con un amplio y sistemático trabajo de análisis.

Leyendas

Mientras tanto, el polifacético escritor francés Ernest Renan, intrigado por cómo la historia de Jesús había desencadenado un cambio que consideraba revolucionario (“todos los siglos proclamarán que no ha nacido entre los hijos de los hombres ninguno más grande que Jesús”), publicó Vida de Jesús (1863), obra que se hizo popular por su excelente estilo literario al tiempo que provocaba un considerable escándalo al afirmar con rotundidad que “los Evangelios son leyendas; pueden contener historia, pero ciertamente no todo en ellos es histórico”.

No obstante, en Renan hay un punto de comprensión para los cristianos que han reinterpretado a Jesús: la historia no es un simple juego de abstracciones y los hombres cuentan también, por lo que en los hechos transformados por la imaginación puede haber “una porción de verdad que la historia no puede menospreciar”.

Para Renan, Jesús es el gran héroe moral de la humanidad, y establece una pauta de estudio de su historicidad que se ha mantenido desde entonces: la verdadera historia de Jesús no se puede disociar de la del cristianismo primitivo, al que se debe cuanto pueda saberse acerca del galileo. En conformidad con ello, la investigación que vino después trató de averiguar quién fue Jesús, pero sobre todo cómo se gestó la fe en él como Cristo, el Hijo de Dios, “de la misma naturaleza del Padre, que resucitó entre los muertos y volverá para instaurar un reino nuevo que no tendrá fin”.

A principios del siglo XX se publicaba El secreto mesiánico en el Evangelio de Marcos (1901), escrito por William Wrede, cuya tesis es que no puede mantenerse el carácter histórico del citado evangelio, ya que persigue un objetivo eminentemente catequético. De acuerdo con sus argumentos, Jesús no tenía la conciencia mesiánica que le atribuyó la comunidad cristiana del entorno de Marcos. De este modo, se desbarataba el planteamiento de la escuela liberal. Una expresión mucho más radical ya la había abierto el controvertido Bruno Bauer, quien, tras un drástico giro en su actitud religiosa (Karl Marx le había llamado “San Bruno”), se atrevió a plantear no solo lo que a su juicio eran las “falsedades biográficas” contenidas en los evangelios, sino incluso la misma existencia histórica de Jesús. Por su parte, Martin Kälher, que también había arremetido contra los intentos liberales de reconstruir la vida de Jesús, planteó por primera vez, la distinción entre el Jesús histórico, descrito por la investigación histórica, y el Cristo de la fe, en el que centra toda la importancia.

Un cierto fracaso

En el camino desde el estudio fundamentalmente teológico al campo de la crítica literaria y la búsqueda de las fuentes más antiguas acerca de las palabras y los hechos de Jesús otro paso importante corresponde al de la investigación histórica llevada a cabo por Johannes Weiss y Albert Schweitzer a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. La obra de este último autor Investigación sobre la vida de Jesús (1906) pone de manifiesto un cierto fracaso de toda la investigación anterior: la mayoría de los autores del siglo XIX que habían estudiado la figura de Jesús concluyen que fue una persona de carne y hueso, pero dejan sin resolver cuál fue en realidad el carácter de su mensaje, que tratan de interpretar de acuerdo con sus propias convicciones y modos de pensar. Además, tanto Weiss como Schweitzer se muestran escépticos de que los conflictos en la búsqueda del Jesús histórico y la dilucidación de la naturaleza de su mensaje (¿moral?, ¿escatológico?) pudieran ser resueltos, escepticismo que vino a acentuarse tras la obra de William Wrede comentada anteriormente y, sobre todo, con los planteamientos del profesor de la Universidad de Marburgo Rudolph Bultmann (Historia de la tradición sinóptica, 1921; Jesús, 1926; Teología del Nuevo testamento, 1952), quien parte de los siguientes presupuestos: es necesario despojar a los escritos neotestamentarios helenizados de todos los aspectos míticos incorporados; hay que estudiar la tradición en la que se han ido componiendo los escritos desde la muerte de Jesús hasta las fuentes más antiguas y su organización en los textos evangélicos, identificando en los actuales textos escritos distintos elementos de una tradición oral previa (crítica de las tradiciones); el fundamento del cristianismo no es el Jesús histórico, lo que dijo o lo que hizo, sino su proclamación como “Mesías, Señor y Salvador” (Kerigma) por parte de la comunidad cristiana primitiva, por lo que el análisis histórico resulta inútil y es necesario centrarse en el Cristo de la fe, en la experiencia o conciencia religiosa que ha suscitado, capaz de brindar sentido a la existencia humana.

Aunque pudiera parecer que la investigación sobre la vida de Jesús había llegado a un callejón sin salida, la búsqueda continuaba, sobre todo por parte de la llamada “Escuela de la historia de las religiones”, con una nueva propuesta: no basta con estudiar el peculiar género literario de los evangelios o su interdependencia (crítica de las formas y de la redacción), sino que el cristianismo se debe considerar y estudiar como un hecho religioso entre otros, aplicando la fenomenología comparada de la religión. Uno de sus principales representantes fue Wilhem Bousset, autor de Jesucristo. Historia de la fe cristiana desde el cristianismo hasta Ireneo (1913), obra en la cual intenta analizar la concepción de la fe cristiana desde el prisma de la historia de las religiones, así como las causas que originaron la divinización y el culto a Jesús en las comunidades cristianas, planteando que éstas estuvieron más influenciadas por los cristianos de segunda generación procedentes del paganismo de ambiente helenístico, que habían recibido las enseñanzas paulinas y tenían una larga tradición en las religiones de misterios, que por las comunidades judeocristianas del entorno palestino más cercano, que habían incorporado a Jesús su concepción bíblica del “Hijo del hombre” que habría de venir (en realidad, no era lo que el profeta de Nazaret pensaba al respecto, sino lo que la comunidad palestina interpretó que Jesús pensaba). Se abría así paso la consideración de que los evangelios no son “Vidas de Jesús”, sino el reflejo de aquello que las comunidades cristianas de la segunda parte del siglo I creían acerca de Jesús como Mesías y Señor (Jesucristo).

Por otra parte, la posición asumida por Bultmann dio lugar a mediados del siglo pasado a una reacción por parte de algunos de sus discípulos, como Ernst Käsemann, y de otros teólogos católicos que consideraban que se debía buscar de nuevo al Jesús histórico, pero no prescindiendo del Kerigma, sino a partir de él. Es la llamada “Nueva búsqueda”, movimiento para el que la investigación histórica sobre Jesús resulta irrenunciable, ya que forma parte de la fe cristiana. Según Käsemann (El problema del Jesús histórico, 1953) y otros autores de esta corriente, hay que volver con imparcialidad a los hechos de la vida y mensaje de Jesús y realizar una investigación evangélica que permita constatar la continuidad entre la predicación de Jesús y la de los apóstoles.

Los hechos

Probablemente la obra más importante de esta corriente es la de Gunter Bornkamm (Jesús de Nazaret, 1956), para quien la investigación sobre Jesús debe renunciar a la actitud que simplemente busca la confirmación de sus propios juicios, surgidos de un trasfondo de creencia o incredulidad. Profesor en Heidelberg, Borknmamm centra su búsqueda en los hechos de Jesús y el impacto que sus enseñanzas produjeron en su entorno. No pocos investigadores de esta corriente mantuvieron a lo largo de los años 60 y 70 que no es posible afirmar nada de Jesús en una perspectiva cristológica que no se base en el propio Jesús histórico.

También está más cercana al campo de la investigación histórica que al de la crítica literaria la posición mantenida por Herbert Braun, autor de Jesús, el hombre de Nazaret y su tiempo (1969), obra de corte más existencial, así como la de Geza Vermes, uno de los principales expertos en los manuscritos del Mar Muerto y autor de Jesús, el judío (1973), que trata de ser una aproximación histórica a Jesús de Nazaret, que, según Vermes, no fue “ni el Cristo de la Iglesia ni el apóstata y espantajo de la tradición popular judía”.

Por otra parte, la recreación del ambiente histórico de Jesús realizada por el teólogo alemán Joachim Jeremías ha aportado una mayor comprensión de su vida y enseñanzas; la gran preocupación de Jeremías es tratar de escuchar las “palabras de Jesús” que existen detrás de los textos del Nuevo Testamento (Jerusalén en tiempos de Jesús, 1962; Abba, el mensaje central del Nuevo Testamento, 1965). Contrario a las propuestas de Bultmann, Jeremías enfatiza el retorno al Jesús de la historiay proclama que la base para una cristología históricamente cimentada no puede ser otra sino las auténticas palabras y hechos de Jesús, al tiempo que rechaza las construcciones realizadas sobre la base de la propia personalidad o creencia del autor.

Superado el escepticismo bultmanniano y la exagerada ruptura que desde la crítica historia se hacía entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe, se fue abriendo paso una metodología de trabajo fundamentada en los llamados “criterios de autenticidad histórica” y su aplicación a los estudios de los textos evangélicos: el primero de ellos es el del testimonio múltiple, que considera como auténtico un dato que esté sólidamente atestiguado en todas o la mayoría de las fuentes del Nuevo Testamento; el segundo es el criterio de discontinuidad o desemejanza, por el que se considera auténtico un dato evangélico cuando no puede reducirse a las concepciones del judaísmo de la época o a las de la Iglesia primitiva, mostrando, por tanto, la originalidad de Jesús; el tercero es el criterio de dificultad, que asume la autenticidad de aquellos dichos o hechos de Jesús lo suficientemente dificultosos para que hayan podido ser inventados por las comunidades  cristianas primitivas, pues incluso puedan ir en contra de sus intereses, y el cuarto es el criterio de coherencia, que recoge aquellos datos que puedan encajar bien a partir de la aplicación de los anteriores criterios.

A pesar de los logros de la Nueva etapa, sus propias fortalezas investigadoras terminaron por alejar a Jesús de Nazaret de su ambiente judío y de la realidad religiosa, sociocultural y político-económica de su tiempo, provocando un cierto estancamiento y un rápido abandono por la consideración de que hacer una biografía de Jesús en el sentido moderno del término resultaba prácticamente imposible. A pesar de ello, no cabe duda que sus aportaciones habían dejado una puerta abierta para conocer mejor la vida y la obra de Jesús de Nazaret y su significado.