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Los museos estadounidenses cambian sus hábitos

Ese mes, después de que casi todos sus museos cerraran sus puertas, la potente Asociación de Directores de Museos de Arte (AAMD) [1] anunció que durante dos años las obras de sus asociados podrían venderse sin penalización y las ganancias utilizarse para “cuidado directo del museo”. Es decir, las instituciones, la inmensa mayoría de carácter privado, podían deshacerse de algunas obras de su colección para cubrir los gastos derivados de su propia actividad.

Tras la primera ola de la pandemia, los museos del país fueron reabriendo sus puertas lentamente con personal y aforo reducidos. Además, dejaron de realizar eventos presenciales de recaudación de fondos ni actividades que fidelizan a sus coleccionistas, donantes y visitantes, como la organización de viajes a exposiciones y ferias internacionales, prácticas que resultan esenciales para el mantenimiento de su salud económica.

Museo Metropolitano de Arte.

En términos generales se espera que este año un tercio de los museos de EE.UU. pierdan más del 40% de sus ingresos. Así, el 41% anticipa tener que reducir personal y solo dos tercios confían en poder sobrevivir hasta 2021. El Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, por ejemplo, eliminó 400 puestos de trabajo y proyecta en este ejercicio una disminución de ingresos de 150 millones de dólares, algo dramático teniendo en cuenta que su presupuesto anual es de 320 millones de dólares.

El panorama en el sector es sombrío: se han perdido casi un millón de puestos de trabajo y 22.000 organizaciones museísticas probablemente cerrarán sus puertas para siempre. Parece que a muchos museos no les queda otra que vender obras para sobrevivir. Y las casas de subastas Sotheby’s y Christie’s rara vez se han visto con lotes tan jugosos a su disposición.

Ejemplos

Para evitar el cierre, el Museo de Brooklyn, el tercero más grande de Nueva York, se ha propuesto recaudar 40 millones de dólares a través de la venta de obras. El 15 de octubre, Christie’s subastó una decena de piezas con las que obtuvo 6,6 millones. Entre ellas, el lote más exitoso fue Lucrecia de Lucas Cranach, que tras una disputada puja entre cinco compradores consiguió escalar desde 1,8 a más de 5 millones de dólares [2].

Ante esta situación, la directora de la institución, Anne Pasternak, reconocía que “estas no son decisiones fáciles. El cranach era un caso atípico en nuestra colección y necesitaba ser restaurado. ¿Estoy triste por dejarlo ir? Por supuesto. ¿Hay obras más importantes en la colección del museo? Sí”. De todas formas, lo ingresado queda todavía lejos de la cantidad que el museo ha estimado que necesita para salir adelante. También han tenido que salir a subasta, en este caso en Sotheby’s, piezas de Matisse, Degas y Monet, entre otras, para intentar acercarse a la cifra del «rescate». Está por ver cuántos lotes más tendrá que sacar a la venta el Museo de Brooklyn hasta recaudar los fondos que precisa.

Ahora bien, lo que para los museos puede ser una trágica merma, para los coleccionistas puede convertirse en una ocasión única. Hay que tener en cuenta que el tipo de obra que está saliendo a la venta es extremadamente deseable. Primero, porque son piezas que con certeza hace tiempo que no salen al mercado y, segundo, porque son obras históricamente significativas y provienen de colecciones muy destacadas. Piezas, en suma, muy atractivas para los coleccionistas porque una lista de propietarios distinguidos las revaloriza en el mercado.

Baltimore Museum of Art. Baltimore Heritage [3].

El mercado de obra contemporánea también se ha visto afectado. El Museo de Baltimore, por ejemplo, ha anunciado que venderá a través de Sotheby’s tres obras de su colección –3 (1987–88) de Brice Marden, 1957-G (1957) de Clyfford Still, y La última cena (1986) de Andy Warhol– por un valor estimado de 65 millones de dólares. De esa cifra tienen previsto que 10 millones de dólares se canalicen a un fondo de adquisición de obra (con especial énfasis en artistas negros) y los restantes 55 millones serán destinados al cuidado de la colección.

Avanzando en la misión

[4]

Por supuesto, un cambio tan radical como éste no ha sido bien acogido por todos los sectores. “La AAMD aprobó su política permisiva en abril, cuando la expectativa era que la economía se hundiría”, afirmaba el historiador Tyler Green a Artnet News [5]. “Pero no ha sido así. De hecho, a los hombres y mujeres adinerados que financian organizaciones benéficas como el sector de los museos de arte les está yendo tan bien como siempre: desde abril, la riqueza de los multimillonarios solo en Estados Unidos ha aumentado en al menos 845.000 millones de dólares [4] (…) Entonces, ¿por qué la AAMD aún no ha revisado y rescindido su política temporal?”. El argumento es razonable: hay que tener en cuenta que en Estados Unidos la gran mayoría de los museos son instituciones benéficas privadas y gran parte de sus ingresos depende de las donaciones que reciben de particulares.

Es comprensible que esta apertura al mercado en la gestión de las colecciones de los museos despierte miedo y rechazo, pero, por otro lado, es bien sabido que los museos guardan obra en sus almacenes que nunca, o rara vez, ve la luz. ¿Qué se pierde realmente si algunas de estas obras dejan de pertenecer a la colección para asegurar su propia supervivencia? O, como afirma Michael O’Hare, profesor de la Universidad de California, “si el museo tiene como misión crear más y mejor arte, entonces tenemos que ser capaces de preguntarnos: ‘espera un minuto, si puedes hacerlo teniendo más comisarios, docentes y galerías más grandes, y menos pinturas almacenadas que jamás verán la luz del día… ¿no sería bueno?’. Mi premisa es que un museo debe participar y no solo atesorar arte”.

Si, además, consideramos el tipo de arte que los museos han coleccionado tradicionalmente encontramos que la mayoría de las obras pertenece a artistas reconocidos, en su mayoría europeos y estadounidenses, blancos y, por supuesto, hombres. Un cambio en la normativa de venta de obra de los museos podría verse también como una oportunidad para incluir en sus colecciones, y en la historia del arte, a artistas que han quedado tradicionalmente marginados, y que, desde luego, bien merecen estar entre sus muros. No está claro, en cualquier caso, que muchas instituciones estén ahora en disposición de hacer este movimiento. Quienes ahora aprovechen esta práctica probablemente deban invertir las ganancias en mantener a flote sus instituciones. No es poco.

Más ejemplos

La lista de los museos estadounidenses que se están uniendo a estas prácticas es larga: Indianapolis Museum of Art (Newfields), Modern Art Museum (Fort Worth), Laguna Art Museum, Montclair Art Museum, o el Springfield Museums (Massachusetts), que ha vendido un Picasso por 4,4 millones de dólares, o el Everson Museum of Art de Syracuse (Nueva York), que vendió el 6 de octubre en Christie’s un Pollock por 13 millones de dólares.

En Europa este tipo de prácticas o están prohibidas o muy limitadas, y en la mayoría de las ocasiones deben ser autorizadas de forma individual.