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‘L’arbore de Diana’ en el Liceu

Adelantémonos a decir que se trata de una música agradable y, a veces, elegante, pero con pocos momentos remarcables, y que los intérpretes, siendo correctos, no llegan a transmitir sensaciones emotivas en sus prestaciones, y que la escenografía y puesta en escena, a pesar de algunas ideas graciosas, tan solo puede ser calificada de curiosa. Pulsando la opinión de los asistentes conocidos al final de la representación, la tónica general era de haber pasado una velada divertida, si bien ni los más defensores de la función mostraran interés en volver a asistir a esta representación.

La dirección de escena es de Francisco Negrín, que ya había dirigido un par de óperas en el Liceu, y en esta ocasión nos presenta una caja escénica por cuyos laterales aparecen los personajes, y del techo cuelgan unas hojas del árbol que da nombre al título, todo ello con un festival de colores generalmente chillones y cambiante según la iluminación (Bruno Poet), uno de los elementos más destacables de la representación.

Un perro en el escenario, una bañera en la que Diana se baña vestida, el vestuario mutante de Amor y las pelucas de colores de las tres damas, combinadas con la tecnología visual presente en el escenario, hacen que no pase desapercibido el montaje, a pesar de que en ciertos momentos el escenario parece demasiado grande para el poco movimiento existente.

La dirección musical (Harry Bicket) brindó un trato exquisito a los cantantes, obteniendo un sonido nítido y una prestación notable de la orquesta.

A Laura Aikin (Diana) le corresponden las dos arias más lucidas de la partitura y en ellas, sobre todo en la “sento che deia son io”, demostró su facilidad para los agudos y la agilidad en la coloratura, obteniendo las únicas interrupciones en la representación por el reconocimiento del público.

Michael Maniaci (Amor) da vida a un personaje a veces mujer y otras, hombre, y su voz, clasificada como sopranista, no es fácil de asimilar, produciendo al oído en ciertos momentos la impresión de algunas faltas de afinación, pero en el transcurso de la función mostró buenos momentos, una vez te haces a este tipo de tesitura.

Steve Davislim (Endimión), con una voz de escaso volumen pero de clara emisión; Marco Vinco (Doristo), sobrino del célebre comprimario intérprete Ivo Vinco, debutaba en el Liceu y demostró una cierta evolución favorable en la emisión de su voz respecto a otras actuaciones en el Teatro Real de Madrid, al mismo tiempo que unas dotes de actor considerables para este tipo de papeles.

Andrew Goodwin (Silvio) sustituyó al anunciado Charles Workman con corrección pero sin prestaciones notables. Ainhoa Garmendia, Marisa Martins y Jossie Pérez tuvieron una destacada prestación en la parte actora y más que correcta en el canto.

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