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Little Richard y el disputado trono del rock and roll

Otro asunto no precisamente sencillo de dilucidar es quién es el verdadero merecedor del trono del rock and roll.

Bill Haley fue el primero, al menos el primero en popularizar aquella formidable novedad de forma verdaderamente significativa.

Por supuesto, el rock and roll llevaba ya unos cuantos años merodeando más allá de los focos y la atención mayoritaria, pero fue en 1953 cuando, cerca de cumplir los treinta años, un señor con aspecto de actor de Hollywood impecablemente trajeado y con un caracolillo en el flequillo como nota más disonante logró la hazaña de ser el primero en colocar una canción de aquel todavía balbuceante nuevo género, Crazy Man Crazy, en las listas de los discos más vendidos de Billboard.

Después del inesperado éxito de Crazy Man Crazy, Bill Haley and The Comets sacaron varios singles durante el siguiente año, pero no pasó gran casa con ellos. Cuando empezaban a tener la sensación de que la acogida de aquella canción había sido solamente un golpe de suerte, llegó la que lo cambió todo. Rock Around the Clock se editó inicialmente en la primavera de 1954, pero su repercusión fue no mucho más que moderada. Su inclusión, unos meses después, en la banda sonora de la película Blackboard Jungle (Semilla de Maldad), sin embargo, la propulsó al hiperespacio, llegando a convertirse en el primer rock and roll en lograr el número uno tanto en las listas estadounidenses como en las británicas consolidando el género de forma definitiva y universal.

Elvis Aaron Presley llegó unos instantes más tarde, pero le faltó tiempo para ponerlo todo patas arriba. Su carismática y arrolladora presencia sobre el escenario, una imagen provocadora y desafiante, un repertorio impecable que combinaba intensas y afiladas baladas con piezas de ritmo desbocado y una voz majestuosa y enormemente versátil hicieron de él, casi de la noche a la mañana, el rey del rock and roll. Por supuesto, la revolución de la música popular estaba ya en marcha, pero Elvis la apuntaló, cambió las reglas y se convirtió, por derecho propio, en “el Rey”. Como tal ha pasado a la historia y como tal es recordado y reivindicado generación tras generación.

En un tiempo en el que novedades verdaderamente rotundas y relevantes se sucedían casi de semana en semana, algunas otras piezas del fascinantemente poliédrico mosaico del rock and roll primigenio, como Fats Domino, Bo Didley, Carl Perkins, Gene Vincent, Jerry Lee Lewis, Buddy Holly, Eddie Cochran y Chuck Berry, entre otros, ofrecieron aportaciones más que significativas a la causa.

Entre todos ellos destacó con un brillo singular y enormemente llamativo un personaje heterodoxo, hiperbólico, extravagante, excesivo y lleno de contradicciones llamado Richard Wayne Penniman. Concediéndole el trono a Elvis (“doy gracias a Dios por Elvis Presley. Doy gracias al Señor por enviarnos a Elvis para que abriese el camino que luego pude recorrer yo”), Little Richard se adjudica títulos no menos significativos: “yo soy el originador, el emancipador y el arquitecto del rock and roll”. En otras ocasiones añadió un título más: “Yo soy la reina del rock and roll”.

La biografía del estrafalario georgiano, narrada con agilidad, frescura y brillantez por Lisa Cortés en su recientemente estrenada Little Richard. I Am Everything [1], resulta fascinante, sugestiva, electrizante y, por momentos, ciertamente conmovedora.

Marcado por una homosexualidad solo parcialmente asumida en contraste con un agotador fanatismo religioso (“salía de las orgías en busca de mi Biblia”, señala en un momento de la cinta de Cortés), Little Richard destacó, sobre todo, como uno de los más grandes impulsores del rock and roll en sus mismísimos comienzos.

Dotado de una personalidad arrolladora como intérprete, poseedor de un aplastante carisma pese a sus miedos e inseguridades, auténtico superviviente en una época en la que las cosas no se les ponían precisamente fáciles a las minorías raciales y sexuales, Little Richard escribió y grabó, sobre todo en sus primeros tiempos, una colección irresistible de canciones cuyo rastro brilla en la obra de la mejor música pop de las siguientes décadas.

Bill Haley and His Comets. Crazy Man Crazy.

No tenía el aspecto ni la actitud desafiante y provocadora de la mayoría de los pioneros del rock and roll. Sin embargo, quizá fueran precisamente su aspecto respetable y su elevada edad (tenía cerca de los treinta cuando se convirtió en una estrella) algunos de los factores que contribuyeron a su rotundo éxito. Esta canción fue el primer rock and roll que entró en las listas de éxitos en la primavera del año 53.

Bill Haley and His Comets. Rock Around the Clock.

Célebre entre las célebres, Rock Around the Clock es una de las canciones más célebres del rock and roll de todos los tiempos. Número uno en las listas de Estados Unidos, alcanzó la misma posición en las de las Islas Británicas, lo que contribuyó a consolidar el género como un fenómeno firmemente asentado de forma universal.

Elvis Presley. Heartbreak Hotel.

Haley llegó antes, pero Elvis lo hizo de una forma mucho más arrolladora y definitiva. De hecho fue el propio Elvis el que abrió la puerta a que muchos otros músicos de su generación lograran entrar en las listas de éxitos.

Little Richard. Tuttifrutti.

El comienzo de canción más famoso de la historia de la música pop dice algo parecido a esto: “Auamba buluba balambambú”. Y, en fin, el resto de la letra (sustancialmente modificada, por cierto, por su inicial contenido homosexual) no resulta mucho más profundo. La canción, eso sí, es un terremoto de euforia, electricidad, velocidad y energía.

Chuck Berry. Maybellene.

Como Little Richard, Chuck Berry llegó a las listas de éxitos antes que Elvis Presley. Lo hizo con esta grabación tosca pero irresistible editada en 1955. En sus primeros años de carrera, Berry, un tipo apuesto con aspecto de tahúr del Misisipi, grabó una asombrosa sucesión de canciones

The Beatles. Rock and roll Music.

Grandes admiradores de muchos de los pioneros del primer rock and roll, los Beatles adaptaron con fortuna, energía e inspiración algunos de los clásicos más notorios del género, que ellos mismos contribuyeron a consolidar, con algunos años de retraso, sobre todo en el mercado europeo. 

Elvis Presley. Tutti Frutti.

La versión original, de Little Richard, había cosechado un enorme éxito, pero Elvis estaba lanzado y, unos meses después, incluyó una igualmente fogosa y sugerente versión en su primer álbum, editado en marzo de 1956. La de Elvis se convirtió inmediatamente en otro clásico de su repertorio.

The Beatles. Long Tall Sally.

Considerado como uno de los mejores Ep´s de la historia (el historiador, biógrafo y especialista en los Beatles Mark Lewisohn lo sitúa directamente como el mejor), Long Tall Sally es un formidable homenaje de los Fab Four al rock and roll de los años cincuenta. Además de un tema propio, I Call Your Name, el disco incluye fogosas versiones de Larry Williams (la fantástica Slow Down) y Carl Perkins (Matchbox). Pero, sobre todo, resulta incendiaria y fabulosa su revisión del clásico de Little Richard que da título al disco.

Little Richard. Good Golly Miss Molly.

Otra de las muchas grabaciones imprescindibles de Richard. Favorita de los grupos de la “British Invasion”, fue adaptada por varios de ellos, destacando la aseada pero elegante versión de los Swinging Blue Jeans. En Estados Unidos también la grabaron bandas como los Sonics y Credence Clearwater Revival.

The Rolling Stones. Come On.

Más centrado en el blues y el rhythm and blues anteriores a la propia aparición del rock and roll, el fabuloso y electrizante primer álbum de los Rolling Stones recogía también algún clásico de este último género, como esta fabulosa revisión de una de las más grandes canciones firmadas por el gigante Chuck Berry.

The Kinks. Long Tall Sally.

Los Kinks fueron otra de las muchas bandas del pop británico de los primeros años sesenta que recibieron una enorme influencia del rock and roll. En febrero de 1964 la banda de los hermanos Davies se estrenó con esta singular y muy personal versión del clásico de Little Richard al que, curiosamente, restan velocidad.  

Little Richard. Lucille.

Número uno en las listas americanas en febrero del 57, Lucille tenía un tempo más relajado que la mayoría de sus otros éxitos. Se mantenían, eso sí, el piano percutivo y la voz

The Hollies. Lucille.

Auténticos maestros de las armonías vocales desde sus mismísimos comienzos, los Hollies hicieron esta fabulosa revisión del clásico de Little Richard manteniendo la energía del original y dotándola de la clase de la que siempre hicieron gala los mancunianos.

Credence Clearwater Revival. Good Golly Miss Molly.

Otros que siempre tuvieron como referencia a muchos de los pioneros del rock and roll de los cincuenta fueron Credence Clearwater Revival. En 1969 llevaron impecablemente a su terreno este clásico de Little Richard.

The Animals. The Girl Can´t Help It.

Otros héroes de la «British Invasion» que sucumbieron a los encantos de las canciones de Richard fueron los Animals, que en su momento de máxima popularidad endulzaron con su clase característica otro de sus piezas más populares.

John Lennon. Slippin´ and Slidin´.

En 1975, John Lennon dedicó todo un álbum a revisar con similares dosis de fidelidad y personalidad una docena de clásicos del rock and roll de los años cincuenta. Por supuesto, no podía faltar un favorito desde los primeros tiempos de los Beatles.