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El Prado inicia la restauración de Pablo de Valladolid de Velázquez

No se trata de una intervención menor. La obra, considerada una de las cimas de la pintura moderna, representa uno de los momentos más audaces del arte del Siglo de Oro. En ella, Velázquez llevó al límite la economía de medios hasta lograr que la figura, aislada sobre un fondo indefinido, respire en un espacio que no es habitación ni paisaje, sino pura atmósfera. El suelo apenas se insinúa en la sombra que proyecta el cuerpo. Todo lo demás es aire.

El personaje, documentado en la corte de Felipe IV entre 1632 y 1648, pertenecía al grupo de bufones y hombres de placer que el pintor retrató con una intensidad insólita. Aquí aparece solo, captado en un gesto que muchos han interpretado como declamatorio. La escena carece de referencias espaciales y, sin embargo, la presencia es absoluta. Esa radical simplificación convirtió el lienzo en un precedente sin parangón en su tiempo.

La trascendencia del cuadro se proyectó mucho más allá del siglo XVII. Goya encontró en él un modelo para su retrato de Francisco Cabarrús, y en 1865 Édouard Manet quedó deslumbrado tras contemplarlo en el Prado. El artista francés, que buscaba en España un revulsivo frente a las críticas parisinas, escribió a su amigo Henri Fantin-Latour: «Es quizá el trozo de pintura más asombroso que se haya hecho jamás… El fondo desaparece; es aire lo que rodea al hombre, vestido todo de negro y lleno de vida». De esa revelación surgiría, poco después, El pífano (1866), y con él una nueva conciencia pictórica que anunciaba la modernidad.

Antes de intervenir directamente sobre la superficie, el equipo técnico realizará un análisis material avanzado gracias a los equipos recientemente incorporados al museo con fondos europeos del Plan de Recuperación. El estudio mediante XRF scanning permitirá identificar los elementos químicos presentes en la capa pictórica sin necesidad de tomar muestras, generando un mapa detallado de los materiales empleados por Velázquez.

A ello se sumará la reflectografía infrarroja multiespectral, capaz de revelar detalles invisibles al ojo humano y de profundizar en las distintas capas de la pintura. Toda esa documentación servirá para comprender mejor el proceso creativo del artista y evaluar el estado de conservación del lienzo antes de planificar la restauración definitiva. La intervención se inscribe en la colaboración sostenida entre el Prado y la Fundación Iberdrola España, entidad que apoya desde 2010 los programas de conservación y la formación de jóvenes restauradores.

Mientras dure el proceso, el público no podrá encontrarse con esa figura suspendida en el vacío que cambió la historia de la pintura. Pero el retiro es temporal. El regreso de Pablo de Valladolid permitirá contemplarlo con una mirada renovada y, quizá, con mayor conciencia de hasta qué punto un hombre aislado sobre un fondo neutro fue capaz de transformar para siempre la manera de entender el espacio pictórico.

Pablo de Valladolid nació en 1587 y trabajó al servicio de la corte desde 1632 hasta su muerte en 1648. No se le conocen taras físicas o mentales, por lo que su presencia entre la nómina de bufones y hombres de placer ha de explicarse en función de unas dotes de carácter burlesco o interpretativo.