Carlos Oliveros se inició como educador ambiental y guía turístico especialmente interesado en la cultura y la historia de los lugares por los que transita. Así nacieron sus libros Cercedilla Storytelling (volúmenes I y II) y Cuentos luminosos, su peculiar adaptación de relatos zen, orientales y sufíes.
España, para dar y contar, su cuarto libro, alberga en cada capítulo una sorpresa de mayor o menor calado que ilustra y, sobre todo, ubica con justicia hechos y personas en el lugar histórico que les corresponde. Al tiempo, se adentra en algunos de los lugares más emblemáticos de nuestra geografía e indaga sobre curiosidades poco o nada conocidas en relación con la gastronomía, las costumbres, las tradiciones…
En definitiva, ¿qué es España, para dar y contar?
Creo que es una guía turística que integra una selección de lo más interesante o de lo que más me ha llamado la atención sobre un país extraordinario como es España.
Un buen día descubrí y me sentí fascinado por la cultura del vino y decidí hacer un libro sobre el tema. Eso me llevó a ir recogiendo historias, anécdotas y demás que reflejaban la grandiosidad de nuestra cultura. Pero aquella idea inicial se fue ampliando a otros ámbitos de la vida y poco a poco fue abriéndose al libro actual.
Es decir, que las fuentes de las que se ha servido han ido surgiendo a lo largo del camino…
Fundamentalmente así ha sido. He viajado mucho por el país y conversado con gentes de muchas zonas. Me he ido topando con cosas, a menudo inesperadas, que han ido armando el conjunto. Al investigar sobre algo o alguien, descubres cosas con lo que no contabas y el libro, de alguna forma, se va construyendo por sí mismo.
De todo lo investigado y que el libro refleja, ¿qué es lo que le ha sorprendido más?
No es fácil señalar una sola persona o un solo hecho. Es verdad que deseché buen número de asuntos por no tener la certeza absoluta de que así fueron las cosas. En este sentido es sorprendente la figura de López de Haza, un científico de la Universidad de Salamanca, que medio siglo antes que Darwin escribió sobre la teoría de las especies y sus propiedades. Aunque hay documentación al respecto, no me pareció la suficiente y no incluí a este personaje en el libro.
De las personalidades que si lo hice, acaso Gaudí sea una de las más deslumbrantes. Era un auténtico genio que estoy convencido que el tiempo lo situará como uno de los grandes de la humanidad a la altura de Leonardo Da Vinci. Algunas de sus estructuras, por ejemplo la casa de Comillas que construyó para un músico, están diseñadas de tal forma que, a través de unos componentes tubulares, hacen música. O las vidrieras de la Casa Batlló que se reflejan sobre una pared de azulejos que dan la sensación de un mar en movimiento. Obras pensadas al milímetro que están llenas de soluciones y elementos deslumbrantes como el hecho de que en la actualidad se ha utilizado en la Sagrada Familia un programa informático de la NASA para calibrar resistencias y pesos que concluye que entonces y con aquellos medios los cálculos de Gaudí eran perfectos. Gaudí, y hay que decirlo muy alto, cambió en gran medida la historia de la arquitectura. No solamente era un artista con una sensibilidad estética fuera de lo común, sino que también era un matemático y un investigador científico excepcional.

Habla usted también de la espiritualidad del carácter español como un vehículo hacia el arte…
Podríamos hablar de dos direcciones: la espiritualidad como vehículo hacia el arte y el arte como vehículo transmisor de espiritualidad. En la historia de nuestro país son innumerables los ejemplos de esas dos variantes.
España para dar y contar está lleno de descubrimientos pero ¿cual sería una de esas falacias que, pese a su falsedad demostrada, la historia sigue manteniendo como cierta?
Habría que aludir a Pedro Páez, que fue uno de los grandes exploradores de África aunque no haya sido reconocido como tal. Ciento cincuenta años después que el descubriese las fuentes del Nilo Azul, llegó a ellas el escocés … que además tenían los escritos y los gráficos de Páez y se apropió de aquella información para pasar a la historia como el descubridor, algo que es totalmente falso. Pedro Páez fue un misionero nacido en un pueblecito de Madrid que estudio en Cuenca y nada más ordenarse pidió que le mandaran a evangelizar a China o a Japón. Sus superiores le negaron, por peligrosos, aquellos destinos y a cambio lo dirigieron a Etiopía. Viajó a Goa, fue capturado en el trayecto y estuvo siete años cautivo. Una vez liberado en lugar de regresar a España decide viajar a Etiopia, se disfraza de mercader y llega a las fuentes del Nilo Azul.
(Carlos Oliveros relata en su libro:
“Doctor Livingstone, supongo”.
Esta famosísima frase supuso el culmen de las exploraciones africanas.
¡Qué flema británica! ¡Qué sangre fría! Cómo si hubiera sido posible haber encontrado algún otro europeo por allí. Sólo hay dos inconvenientes en esta bonita historia:
El primero es que, probablemente esa frase nunca fue dicha. Se la inventó el periodista Henry Morton Stanley para dar más realce a la historia. El mismo que siguió contribuyendo a la esclavitud de los africanos, algo contra lo que Livingstone, que era un misionero, luchó durante toda su vida.
El segundo inconveniente es que, casi doscientos años antes, el madrileño Pedro Páez ya había estado por allí y había descubierto las fuentes del Nilo Azul. Siendo el primer europeo en escribir un tratado científico sobre Etiopía y uno de los primeros en probar el café.
Existe una estatua erigida en las cataratas Victoria en honor de David Livingstone y su cuerpo -salvo su corazón-, está enterrado en la Abadía de Westminster. Está considerado un héroe nacional.
La historia de Pedro Páez es apenas conocida en su propio país. Ya es hora de cambiar esto).
¿A qué se debe el cainismo de muchos españoles con su propio país?. Algo que usted apunta.
No soy capaz de contestar a esa pregunta. Las razones de ese hecho me superan, pero son muchos los españoles que lo han denunciado, como Goya a través de su arte. Acaso algo relacionado con una especie de complejo de inferioridad. O acaso en que somos gente de extremos. Pasamos de lo máximo a lo mínimo y es evidente que eso no es ni equilibrado ni objetivo.
¿Qué mensaje le gustaría que permaneciese en el lector?
Creo que siempre es bueno conocerse a uno mismo. Conocer sus raíces y las de sus convecinos. Como país debemos reforzar nuestra autoestima. En el año 2018 a través del centro de investigaciones norteamericano Pew Research Center se preguntó a más de cincuenta mil ciudadanos europeos cuantos consideraban que su propia cultura era superior a la de los demás. En primer lugar, casi alcanzando el noventa por ciento de la población, figuraba Grecia. A continuación estaban los rusos. En países como Italia, Suiza, Polonia Alemania, Reino Unido o Portugal, en torno a la mitad de sus habitantes consideran su cultura superior. Francia y Países Bajos estaban por encima del treinta por ciento. Llamativamente España aparecía en el último lugar. Sólo dos de cada diez españoles valoraban nuestra cultura. No se trata de considerarnos superiores a nadie, pero tampoco ser los últimos porque eso no se ajusta a la realidad. Somos el segundo país de Europa en biodiversidad. Tenemos una gran riqueza cultural, patrimonial, geográfica, gastronómica, arquitectónica, etc. que nos permite disfrutar de la vida, algo muy nuestro pues somos un país abierto y solidario. En suma, somos un país realmente grande. Ese es el mensaje que me gustaría que quedase en quien se acerque a España, para dar y contar.
Afable y directo lo afirma con rotundidad Carlos Oliveros, que sigue su particular camino descubriendo y desvelando historias, disipándonos dudas, ayudándonos a saber quienes realmente somos.