Nació en la población islandesa de Höfn en 1984. Antes de decantarse por la gran pantalla y graduarse en la Escuela Nacional de Cine de Dinamarca en 2013, las artes visuales constituyeron su primer ámbito creativo, algo que se plasma en la plástica manera de encarar su obra.
Vinterbrødre (Hermanos de invierno) supuso en 2017 su debut cinematográfico, al que siguió Hvítur, Hvítur Dagur (Un día blanco, blanco), estrenada en la Semana de la Crítica de Cannes de 2019. Tras la épica Godland, concluida en 2022, la sección oficial de Cannes también fue escenario, en la pasada edición del festival, de la presentación de El amor que permanece [3], la película que ahora estrena y en torno a la que gira una conversación en la que el cineasta insiste en la necesidad de valorar las cosas sencillas.
La grandeza del paisaje rural islandés, en el que vive el director, y los cambios que la naturaleza manifiesta a lo largo de las estaciones son parte esencial de su último filme, una historia que se desarrolla a lo largo del año en el que se produce la separación de una pareja con tres hijos todavía pequeños. La vida sigue su curso entre recuerdos compartidos y la conciencia de que los finales no tienen por qué ser ni trágicos ni crueles.
—¿Qué le llevó a realizar una película como El amor que permanece, tan diferente de sus obras anteriores?
No me gusta tener intenciones preconcebidas porque quiero que mis películas sean honestas, espontáneas y lo más cercanas posible a la experiencia humana. Los temas siempre son amplios y numerosos. Esta película trata de la naturaleza, de lo que construimos, reconstruimos y destruimos, de lo que nos une y nos separa, de la falta de comunicación y de los sentimientos conflictivos. Pero, sobre todo, trata de la familia; es el núcleo de la película y su corazón, lo que me parece una continuación natural de mis trabajos anteriores, tanto cortos como largometrajes.
Tendemos a pensar que lo importante en este mundo es lo grande, como la política, pero para mí lo más importante son las cosas pequeñas e íntimas, lo que tenemos cerca: la relación con la familia, los hermanos, los hijos, la naturaleza, la casa en la que vivimos. Después de Godland, quería contar una historia que transcurriese en la actualidad y explorar el momento en el que estamos. Quería rodar lo que tenía cerca, a mi alrededor, en el jardín, sin necesidad de construir ni recrear nada. Sencillamente, las cosas tal como son, sin ningún artificio. Deseaba y necesitaba trabajar con algo íntimo, habitual, incluso feo, en vez de mirar hacia lo épico, perfecto, notable. Esta película habla de momentos íntimos, familiares y extraños, porque también hay un aspecto onírico, pero quería que todo fuera fluido, que se moviera siempre como el agua.
—¿Hasta qué punto su nueva película es autobiográfica?
Todas mis películas son personales porque, entre otras cosas, los miembros del equipo y del reparto son personas que conozco bien, al igual que los decorados, las casas, los coches… Siempre son cosas que encuentro a mi alrededor. Ya ocurría en mis anteriores películas, pero es posible que esta sea la más personal de todas, junto con el cortometraje Hreiður (Nido), porque mis hijos trabajan en ella. La idea de El amor que permanece me vino mientras rodaba ese corto, en el que durante un año y medio filmé a los niños jugando en una casa y en un árbol. Mientras rodaba, empecé a preguntarme qué hacían los padres; se habla de ellos, pero nunca se los ve. Empecé a imaginar diversos hilos conductores que se mezclaban y se realzaban mutuamente. Al principio, Hreiður iba a formar parte de la película, pero pasó el tiempo, rodé Godland y el corto cobró vida por sí mismo. Entonces se me ocurrió otra idea para el eje de El amor que permanece: los niños construyen un caballero mientras cambian las estaciones. Estas escenas debían conectar con el tema central de la película y ofrecían un sinfín de posibilidades.
—Sus hijos han participado en la mayoría de sus películas, pero esta es la primera vez que intervienen los tres. ¿Es así?
Efectivamente, es la primera vez que participan los tres y, además, con un papel importante. Ellos constituyen una gran parte de la película y tienen escenas muy largas. Son el tercer hilo conductor de la historia: tres hermanos en el proceso de construir una figura (un caballero) y luego lanzarle flechas. Pasamos tiempo con ellos, los vamos conociendo, vemos cómo se enfrentan a la vida. Su energía fue crucial para mí. No creo que hubiera podido hacer esta película sin esos tres locos y su energía desbocada. Nos lo pasamos muy bien y no fue difícil incluirlos porque ya conocían a casi todo el mundo en el plató. Todo era muy «casero».
—La descripción de la relación, sus complejidades y zonas grises transmite una sensación de autenticidad…
Desde el primer momento tenía muy claro que la película no debía ser tajante ni mostrar solo una cara de lo que pasa. En la vida real se quiere algo, pero a la vez no se quiere; los sentimientos opuestos son una constante. Todos somos frágiles y complejos, y por eso los personajes son interesantes. La historia debía permanecer abierta a las interpretaciones, tanto desde la perspectiva narrativa como desde la emocional. Nadie se limita a ser el bueno o el malo de la película. Cuando unos padres se separan, lo importante no es por qué lo hacen ni si volverán a estar juntos. No ofrezco ni busco explicaciones o respuestas.
La película gira en torno a qué hacemos con nuestro tiempo, qué es importante y por qué lo es: el tiempo que se pasa con la familia y con las personas a las que se quiere, los recuerdos que se crean. Habla de la vida, de los recuerdos y de la sensación de pertenencia. ¿Qué ocurre con la familia cuando los padres se separan, con todos los recuerdos y los momentos que compartieron? ¿Qué ocurre con el amor que permanece?
—¿Ha llegado a alguna conclusión al respecto?
El amor solo se conoce en la ausencia de amor. Nos volvemos inmunes a su presencia y, a veces, nos cuesta ver el amor que nos rodea con toda su belleza. Quería enfrentarme a esto y que el público lo sintiera viendo la película. Quizá, si nos limitásemos a ocuparnos de nuestros jardines, a respetar a nuestros vecinos, a nuestros hijos y a la naturaleza, el mundo sería un lugar mejor. Pero todo y todos tenemos un lado más oscuro; por eso no quiero que mis películas comuniquen una imagen glamurosa de la vida.
La vida es luz y oscuridad, divertida y brutal; está llena de contrastes. Incluso los niños, tal como se ve en la película, son capaces de crear y de destruir. La violencia forma parte de la humanidad; somos una especie tremendamente brutal. La vida y la gente pueden ir a peor con mucha rapidez. A menudo tengo la sensación de que el mundo se está desmoronando y es imposible hacer una película que no se vea marcada por ello.
—Entre los temas de la película no es menor el que plantea la lucha de una artista por ser reconocida al tiempo que se enfrenta al día a día de la vida. ¿Qué le hizo incluir ese personaje?
Sí. Uno de los personajes es una artista, madre de tres hijos, que acaba de separarse del padre de estos y tiene muchos frentes abiertos. No solo lucha por ser reconocida, sino que también busca un significado, formar parte del mundo de un modo que la estimule. Se esfuerza mucho en cuidar de sus hijos y hacer que sus mundos también giren. Es probable que se ocupe de todo, de todos los detalles, al tiempo que intenta entender lo que quiere para sí. Y cuando no lo consigue, vuelve a intentarlo.
Su proceso como artista es muy físico. La verdad es que ese proceso lo vivo yo mismo. Cada otoño dejo una serie de creaciones artísticas en el exterior durante los meses de más frío y las recojo antes de que empiece a subir la temperatura y de que llueva. Me gusta mucho este proceso: se dibujan y cortan las formas en planchas de hierro. Se dejan fuera, en el suelo, se recogen, se limpian y se secan. Mucho de lo que pasa en la película con sus creaciones ya me había pasado a mí. Por ejemplo, cuando la protagonista descubre que los caballos han estropeado parte del trabajo o cuando la gansa hace su nido en una de las obras.
La película también habla de una artista que intenta encontrar la forma de trabajar en este mundo, hacer las cosas que le gustan, tener una vida plena e interesante y crear una rutina que le pueda interesar. Pero, claro, es difícil hacer lo que uno quiere, seguir pagando las facturas a final de mes y cuidar de la familia. Con este personaje quería explorar todo lo anterior, pero también divertirme. Una parte de ser artista es mostrar la obra que creamos. De ahí determinadas escenas con el dueño de la galería, que son una locura, aunque el mundo suele ser bastante más loco que el cine.
Ella no es la única que busca un significado en la vida; su recorrido se yuxtapone con el de Magnús, su excompañero y padre de sus tres hijos. A Magnús le cuesta entender sus sentimientos. Se percibe en él una corriente de ira contenida y también una profunda tristeza. Le cuesta aceptar la separación. Siente que ha sido excluido de la vida diaria de su familia. El mundo que construyó se ha derrumbado. Intenta aferrarse como puede y encontrar su sitio en una nueva vida.
—La sencillez como elemento clave a la hora del rodaje…
Cada proyecto tiene un temperamento frágil, extraño, una personalidad propia. A menudo se trata de algo idiosincrático que debe cuidarse para que no muera. Siempre hay un núcleo; se debe encontrar la forma de alcanzarlo y hacer que brille. Me pareció importante crear un ambiente agradable y seguro para los actores y el equipo con el fin de que trabajaran a gusto. También quería contar con el equipo más reducido posible en el plató, solo un par de personas si era posible. Escribí el guion con esa idea en mente, sin escenas complicadas de rodar ni grandes montajes: la cámara, un trípode muy ligero y muy poca iluminación. Debía ser simple y fácil en todos los aspectos si quería plasmar la energía tan específica de la película y equilibrarlo todo tal como quería —la locura y el humor, lo bonito y lo feo, la familia y la naturaleza, los hermanos y los padres—. Me concentré especialmente en eso, en mantener viva la película, en que fluyera la energía y en que todos lo pasaran bien. Es muy fácil matar una película.
—¿Por qué decidió utilizar el ciclo de las estaciones para marcar el ritmo de la historia? ¿Y cómo encaja esto con los temas más universales de la película, como la vida rural, el paso del tiempo y la crianza de los hijos?
El tiempo es el medio principal del cineasta y quiero explorarlo todo lo que pueda. Me gusta escribir y filmar historias que se desarrollan durante un largo periodo para usarlo como base, como un hilo conductor. Cuando trabajo en una película, siempre pienso en eso; todo me lleva a la película: veo u oigo algo en la calle e inmediatamente escribo una escena en mi cabeza. Eso me permite entrar más profundamente en el sueño, perderme en el proyecto. Es lo que más me gusta de hacer cine. Si se hace así, no cuesta trabajo, no hay que forzar nada; todo emerge de forma natural. Sorprenderme es una parte enorme de mi exploración como cineasta.