Director y actor, Thierry de Peretti se ha desenvuelto indistintamente en cine y teatro. Por su labor sobre las tablas ha ganado los premios La Villa Médicis Hors-les-Murs y el de Revelación Teatral del Sindicato Nacional de la Crítica por Retorno al desierto de Bernard-Marie Koltès. Recientemente ha dirigido Las amargas lágrimas de Petra Von Kant de R.W. Fassbinder en el Teatro de L’Oeuvre.

Como actor ha actuado en películas como Le Silence de Orso Miret, Saint-Laurent de Bertrand Bonello y Los que me quieran cogerán el tren dirigida por Patrice Chéreau.

Debutó como director cinematográfico con los cortometrajes Le jour de ma mort y Sleepwalkers. Su primer largometraje Apaches, fue seleccionada en la Quincena de Realizadores de Cannes 2013. Una vida violenta, su segundo film, destacó en La Semana de la Crítica de Cannes 2017.

Un escándalo de Estado, su tercer largo, se abre con dos cartelas muy significativas…

Estas cartelas son un poco irónicas. Se hacen eco de las palabras “basada en una historia real” que abren algunas películas y a menudo suenan como una forma de chantaje: se supone que lo que se muestra está validado por la realidad, como si esto exonerara al espectador de hacer preguntas. En el caso de Un escándalo de Estado, que se basa en muchos elementos reales, pensé que sería divertido ceder a esta costumbre desviándola ligeramente. Al principio del proyecto, tuve la tentación de mantener los nombres reales de los lugares, los personajes, las instituciones, etc., y ver cómo jugar al juego de las semejanzas para retorcer la realidad de una manera más dinámica. Pero por razones legales, fue imposible. Así que tuvimos que cambiar los nombres y las siglas utilizadas. Pero me hizo gracia que una película tan bien documentada pretendiera ser una ficción, que invitara al espectador a distinguir entre lo que es real y lo que no.

¿Por qué decidió adaptar el testimonio de Hubert Avoine, coescrito con Emmanuel Fansten?

Hacía tiempo que sentía el deseo de filmar en París, que es también mi ciudad, ya que paso gran parte de mi tiempo allí. Quería contar lo que he observado y sentido desde los atentados de noviembre de 2015. Allí, vivo en la zona de République, un barrio que está muy marcado por los acontecimientos de los últimos años. Empecé a pensar en todo esto, y de repente me pidieron que adaptara el libro L’Infiltré y que hiciera una serie a partir de él. El libro recorre la carrera de Hubert, desde el sindicalismo hasta los cárteles mexicanos, pasando por la oficina de drogas francesa. Denuncia su participación y lo que él considera una peligrosa deriva en la lucha contra el narcotráfico en Francia. Me cautivó el libro, pero no me veía trabajando en esta adaptación, quedaba demasiado lejos de mi territorio principal de cine, que es Córcega. Pero cuando conocí a Hubert y Emmanuel, y vi la relación que había entre ellos, me atrajo e intrigó inmediatamente. Me dije que había algo sólido para hacer una película sobre la relación entre un periodista y su fuente.

Se mezcla en el film el desarrollo de una investigación con la historia de una amistad. ¿Es premeditado?

Eso se debe a que pasé mucho tiempo con Hubert y Emmanuel antes de empezar a escribir. Hasta la muerte de Hubert en 2018. Fueron lo suficientemente generosos como para aceptarme entre ellos, cuando aún estaban, en ese momento, en medio de su investigación. Seguían reuniéndose con personas relacionadas con el caso, intercambiando información diariamente, pensando… Yo era como un aprendiz al que se le daba acceso a secretos increíbles. Así nació el deseo de la ficción. Y luego, conocer a Emmanuel Fansten, que es periodista de un gran periódico, joven, conectado a mil y una realidades del París de hoy, dedicado en cuerpo y alma a su trabajo… colmó mi deseo de rodar una película en París. Pero es cierto que fue sobre todo el vínculo entre Hubert y Emmanuel lo que me interesó, su obsesión común por esta investigación, su nivel de lenguaje, la extrema teatralidad de su diálogo ininterrumpido e hipnótico. Era obvio que decían algo sobre el mundo y sobre esta era que está llegando a su fin.

Secuencias y personajes cargados de claroscuros …

Como espectador, me gusta que me metan en una película y que no entienda inmediatamente todo lo que está pasando. Me gusta que los personajes no se preocupen por mí, que sean independientes de mi mirada, lo que también me hace muy libre. Los personajes saben de lo que hablan. Este pensamiento y discurso que avanza es el movimiento de la película. Al mantener estos diálogos muy precisos, muy realistas, pero en absoluto cotidianos, se proponía entrar en la imaginación de Hubert y Emmanuel. La promesa de entender un poco cómo hoy en día se lleva a cabo una investigación a largo plazo. Sabiendo que no quería filmar camiones llenos de droga cruzando las fronteras, ni todo el mundo imaginario asociado al narcotráfico que ya vemos visto  a menudo en series o películas, tuve que dar un paso al lado y centrarme en estos dos personajes.

En la encrucijada de varios géneros, ¿su película le permitió arrojar luz sobre una realidad del narcotráfico que habitualmente no se menciona?

Mi película está a medio camino entre una película de investigación y una llamada “película de drogas”. Conocer a Hubert Avoine y Emmanuel Fansten me permitió actualizar mis conocimientos sobre el tema. ¿Cómo es la lucha contra el narcotráfico en la actualidad? ¿Cuáles son los actores y las herramientas, las estrategias y las doctrinas? ¿Cuáles son las modalidades de consumo? ¿Qué implica desde el punto de vista político, económico y filosófico? Es alegórico. El telón de fondo de la película es el tráfico de drogas, pero por supuesto, de lo que trata, es del capitalismo. Las drogas son el producto capitalista por excelencia. ¿Podemos frenar este tráfico o nos vemos reducidos a no poder hacer más? ¿Es la guerra contra las drogas una guerra perdida? La película también plantea estas preguntas.

¿Un film marcadamente crítico de forma intencionada?

Hubert sostenía que se ha abusado del poder y que el Estado se ha convertido en el mayor narcotraficante de Francia. Stéphane quiere mostrar cómo la lucha contra el tráfico de drogas en Francia es un fracaso evidente y casi criminal. Creo que hay un desfase entre la forma en que los medios de comunicación hablan del narcotráfico y su realidad infinitamente compleja.

El diario Libération en su película es más que un escenario, es casi un personaje…

Exactamente. Libération nos abrió sus puertas. Tuvimos mucha suerte al poder rodar dentro del periódico mientras los que allí trabajan seguían haciéndolo. No era cuestión de que el trabajo de los periodistas se detuviera para que pudiéramos filmar, sino que  teníamos que deslizarnos y pasar desapercibidos para mezclarnos con el ambiente. Se puede ver el movimiento, la vida que transcurre, los periodistas que entran en escena y que no son extras… Libération está a la vanguardia de la lucha contra el narcotráfico, y en particular en todo lo que se refiere a la actuación policial en este ámbito. Emmanuel Fansten lleva años investigando en profundidad sobre los abusos que hay en esta lucha. La acusación errónea que se hace al periódico es que es “antipolicial”, y por tanto no es creíble en su análisis, pero Libération, en realidad, simplemente dice que es el sistema de lucha contra el narcotráfico el que no es bueno, porque empuja a la gente a cometer errores. Libération cuestiona la política penal y la presión que los políticos ejercen sobre la policía; señala las desastrosas consecuencias de esta política. No me interesaba en absoluto hacer un largometraje insípido, sino estar cerca de la realidad del narcotráfico y de la lucha contra este problema que  también tiene una dimensión  profundamente abstracta y fantasmagórica, a la vez que cautivadora y trágica.

La película también cuestiona la veracidad del discurso, hasta el punto de que se menciona varias veces la posible mitomanía del personaje de Hubert Antoine. ¿Considera que era un mitómano?

A veces tratamos la realidad porque queremos hacer que los acontecimientos digan lo que nos conviene, ya sea por venganza personal o porque nos interesa política o ideológicamente. A menudo, la gran perdedora es la realidad: las personas a las que afecta y toda la tragedia que conlleva. El guion, que escribí con Jeanne Aptekman, seguía el rumbo de la investigación. Lo que nos interesaba no era saber quién tenía razón o quién mentía, sino mostrar el discurso que se produce en torno a esta “fuerza” que es la droga y su tráfico. Esta cuestión de la supuesta mitomanía de Hubert (que la película no resuelve) también está ahí para invalidarlo a él y a su discurso por parte de sus oponentes. Si Hubert es un mitómano o se toma libertades con la realidad, es sólo una faceta de su personalidad. En lo que a mí respecta, no lo sé. Lo que me importa es su profundidad y complejidad, la verdad que toca. Era divertido y muy oscuro al mismo tiempo, molesto a veces, pero también perturbador. Y el hecho de que sea posible que esté contando su realidad, no significa que no tenga “razón” como diría él, o que lo que dice no haya sucedido realmente.

Hay algo mitológico y romántico en este personaje. En el primer plano de la película, emerge de las sombras y al final de la historia, el coche que se lo lleva se funde con la noche, como si una parte del misterio tuviera que quedar fuera de la pantalla…

Cuando conocí a Hubert, me dije: aquí hay un aventurero, además de un mediador. Y tuve la impresión de que nunca había visto un personaje así en una película. Parte de su encanto proviene del hecho de que estaba cerca de los protagonistas de una época que está desapareciendo. Ha frecuentado una Francia algo olvidada, pero aún muy viva e influyente, la de las redes paralelas Pasqua, Focard, Chirac. Hubert pone sobre la mesa la cuestión de la legalidad y los límites de un supuesto Estado de Derecho. Hubert es también, como el personaje de Jacques Billard interpretado por Vincent Lindon, un verdadero personaje de película, fuera de lo común, mientras que Stéphane, más contemporáneo, más familiar quizás, se sitúa en el límite de la ficción.

¿Cómo trabajó el guión con Jeanne Aptekman?

Queríamos utilizar todo el material, la literatura y las imágenes que teníamos a nuestra disposición para investigar y construir la historia. Es decir, un material heterogéneo -audiencias,  entrevistas escritas o filmadas, actas, testimonios, declaraciones de unos y otros, etc.– pero sobre todo los relatos de Hubert y Emmanuel, con quienes realizamos numerosas entrevistas. Fuimos con ellos a España, a la Costa del Sol,  uno de los epicentros del narcotráfico europeo, así como a Marsella, para ver qué pasaba allí y sobre todo para observarlos juntos. Se trataba de seguir su camino el mayor tiempo posible. La demanda por difamación al final de la película tuvo lugar en realidad durante el rodaje: el final de la película se escribió mientras se realizaba.

Llama la atención la fuerza de los personajes femeninos. ¿Buscaba trasmitir esa sensación?

Esto es cierto en relación a los personajes principales, pero la película está hecha y, por tanto, supervisada, por mujeres artistas como Jeanne Aptekman o Claire Mathon, o como Marion Monnier y Lila Desiles, que la han montado. También Rachèle Raoult, que se ha encargado del vestuario, Julie Allione, que ha hecho el casting o Barbara Canale y Julia Canarelli, que han trabajado en la dirección conmigo. En cuanto a las actrices, ya sea el personaje de la jueza, interpretado por Marilyne Canto, el de la fiscal, interpretado por Valeria Bruni-Tedeschi, o Anabel López, que interpreta a la abogada de la fiscalía de Málaga, son los personajes que transmiten con más fuerza un mensaje político, judicial y/o corporativista. Para mí era importante que el punto de vista de la película cambiara, y con ellas lo hace: reviven nuestra percepción de los hechos. Y es esta acumulación de puntos de vista lo que constituye para mí la unidad de la película. Me parece muy fuerte la concreción que aportan en pocas escenas. También es un personaje femenino, la abogada española, quien proporciona uno de los elementos clave de la película… Sí, interpreta a una abogada especializada en casos de drogas en el Colegio de Abogados de Málaga y nos recuerda lo que ocurre cuando un Estado utiliza los mismos métodos que utilizan aquellos contra los que combaten.

En su opinión, ¿el cine y la ficción que propone puede tener un impacto en el mundo real?

Creo que el cine puede cambiar la vida de un espectador. Para mí, al menos, la ha cambiado. También creo que tengo una perspectiva mejor y más amplia desde que empecé a hacer cine. Pero esta película, que también evoca la cuestión de la usurpación de identidad, no sólo a través del personaje de Hubert, revela quizás una crisis de la ficción: ahora está en todas partes, y especialmente en lugares (justicia, policía, política, medios de comunicación) donde no debería estar. El cine es quizás el lugar del que huye la ficción.