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Gioconda

Para entonces varias máculas se habían ya esparcido por las mejillas y la frente, e incluso la condesita, pese a la ingenuidad y la euforia de su juventud consentida, había empezado a preocuparse. El diagnóstico no tuvo posibilidad de confundirse. El remedio, inexistente, como se sabía. Era necesario aislar a la enferma, que únicamente lo sospechaba, para no contagiar a otros. El conde pidió que se hiciese en forma de juego porque la exactitud del mal, su conocimiento, traería la infelicidad inmediata a la muchacha tan ajena a las corrupciones del mundo. Al mismo tiempo envió emisarios de urgencia a los territorios próximos y extraños con la misión de encontrar una cura, o la presunción de un milagro. Estaba dispuesto a cambiar de fe, o entregársela al diablo, pero no aceptaría ni a un charlatán que deseara aprovecharse de la desgracia. La sombra del verdugo alejaría a cualquier tramposo.

Mientras aguardaba una respuesta a la esperanza, o a la desesperación aún contenida, encargó al boticario el ungüento que, por experiencias anteriores, aseguraba un retraso de los síntomas. Visitó al encargado del herbolario para que escogiese entre las plantas aquellas que aislasen a la condesita de la dura realidad que se les echaría encima en cuanto el mal lograse destruir la entereza del cuerpo. Y finalmente tomó la decisión, quizá excesivamente meditada en noches de angustia e insomnio. Haría llamar al mejor retratista del territorio con la intención de preservar en un lienzo la belleza efímera de la muchacha más allá de su caducidad.

El pintor elegido por su demostrada destreza llegó cuando comenzaban los delirios de la condesita, así que no hubo que convencerla ni importunarla. Era una modelo afiebrada, con temblores, gemidos y algún espasmo; el mayor obstáculo consistía en abrirse paso entre pústulas y llagas para recuperar el rostro hermosísimo que alguna vez sedujo a todo el condado. Por suerte, o buen oficio, el pintor conocía los recursos de su arte y se sabía capaz de interpretar incluso la huella del pájaro en el aire vacío. Además, el conde encontraba alivio corrigiéndole los primeros bocetos, guiándole hacia el dibujo que en ocasiones mostraba la adoración antes que la exactitud. Descompuesta por el horror de la enfermedad, su memoria restauraba con una idealización atormentada.

De nuevo el insomnio unido a la desesperación, ya sin retroceso posible, hizo germinar en la mente del conde un pensamiento que la fatiga transformaría en revelación. Los rostros humanos a menudo se repetían con ligeras variaciones en individuos distintos, como si todos, efectivamente, pertenecieran a una gran familia. Tal vez rasgos semejantes a los de la condesita se encontraban en otra mujer, más cerca o más lejos, solo se trataba de iniciar una búsqueda incansable. Pero para ello debía trabajar junto al retratista en bocetos que se aproximasen a las facciones, bellísimas, que estaban perdiéndose sin remedio. Se concentraron ambos en las diferencias tolerables, porque suponían que una exactitud gemela jamás se hallaría sobre la tierra, o esto deseaba defender el conde con un no declarado sentimiento de culpa. Aceptaría cambiar el encantador mohín de los labios, el arco suave de las cejas, el brillo de los pómulos apenas pronunciados, la nariz, no, otorgaba al resto una gracia insustituible.

El pintor se dio cuenta de que, con cálculo, paciencia y cautela, podría aprovecharse de la obsesión del conde. Su modelo agonizaba inevitablemente, sumergida en el alivio de las plantas narcóticas, ya más en otro mundo, el de la memoria, donde una mano hábil sabría alterar poco a poco la realidad anterior hacia la imagen deseada. El cuerpo, la piel antes perfecta, se corrompía en tantas llagas que resultaba imposible recuperar a la condesita desde esa máscara de pus y bubas reventadas. Para huir del horror el conde se refugiaba cada vez con más frecuencia, casi de modo permanente, en la esperanza del lienzo. Y el pintor iba afinando el retrato con una seguridad admirable, el mohín de los labios se aproximaba a una breve sonrisa que jugaba a no encarnarse del todo, el arco de las cejas sustentaba una frente que no era la misma, los pómulos se difuminaban en la luz que el pincel decidía provocar, la nariz, no, tampoco haría falta retocar la nariz porque en ambas mujeres se presentaba aquella única coincidencia.

De hecho, había sido la nariz, y la terquedad del conde por mantenerla igual, lo que había despertado en el pintor una astucia temeraria. Pensó entonces en su prima, que no carecía de encanto, pero de ninguna forma representaba la belleza frágil de la condesita. Sin embargo, fue otro el motivo más poderoso; quería probarse como artista, la capacidad de un engaño que no lo sería, porque confiaba en que el conde acabaría enamorándose de su obra, y por ella se dejaría seducir. En la fascinación del cuadro, del rostro que estaba aprendiendo lentamente a amar mientras se revelaba, hallaría el consuelo. El pintor conocía bien un sentimiento que se lograba más allá de cualquier semejanza. Y también el deseo que no nacía con las criaturas del mundo. Por eso había que crearlo.

Para distraer la atención obsesiva del conde, y que pudiese aceptar la mudanza sin darse cuenta, insinuó el pintor un paisaje de fondo, un lugar que se acercase a la fábula entre el sueño y los recuerdos. Al conde le venció la curiosidad, tanto como su propia confusión después de haber asistido, torpe en el dolor, al entierro del cuerpo masacrado de la condesita, y propuso los alrededores brumosos que descubrió en la infancia, cuando el mundo era siempre mañana y no existía ningún ayer que cargase con la amargura de lo que se perdía. El pintor comprendió al instante, matizó ese paisaje con una niebla que velaba la mirada, como envolvía también la vida de ambos. Juntos reconstruyeron el relieve de montañas ásperas, de superficies de lagos inmóviles, ya fuera del tiempo y del espacio. De aquel fondo difícil de recobrar emergía la figura del retrato, convertida en una ilusión, en el misterio que jamás abandonaba al hombre, en la búsqueda total. El conde tuvo al fin que convencer al pintor; se negaba a finalizar la obra, igual que otros no aceptaban la fatalidad de la muerte. Pero solo se atrevió a murmurar:

 – ¿De verdad, sonríe?

Y los dos sintieron de inmediato el vértigo que asomaba detrás de la pregunta.

Más sobre el III Premio de Cuentos Breves Maestro Francisco González Ruiz

El acto de entrega del II Premio Internacional de Cuentos Breves Maestro Francisco González Ruiz congregó a alrededor de 250 personas. Foto: Rodrigo Valero.
Acto de entrega del II Premio Internacional de Cuentos Breves ‘Maestro Francisco González Ruiz’. Foto: Rodrigo Valero.

hoyesarte.com, primer diario de arte y cultura en español, convoca la tercera edición del Premio Internacional de Cuentos Breves Maestro Francisco González Ruiz, que incluye un primer galardón dotado con 3.000 euros y un segundo reconocimiento dotado con 1.000 euros. Además se establecen dos accésits honoríficos.

Los trabajos, de tema libre, deben estar escritos en lengua española, ser originales e inéditos, y tener una extensión mínima de 250 palabras y máxima de 1.500 palabras. Podrán concurrir todos los autores, profesionales o aficionados a la escritura que lo deseen, cualquiera que sea su nacionalidad y lugar de residencia. Cada concursante podrá presentar al certamen un máximo de dos obras.

El premio constará de una fase previa y una final. Durante la previa, cada semana el Comité de Lectura seleccionará uno o más relatos que, a juicio de sus miembros, merezca pasar a la fase final entre todos los enviados hasta esa fecha. Los relatos seleccionados se irán publicando periódicamente en hoyesarte.com. Durante la fase final, el jurado elegirá de entre las obras seleccionadas y publicadas en la fase previa cuáles son las merecedoras del primer y segundo premio y de los dos accésits.

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Fechas clave

Apertura de admisión de originales: 10 de enero de 2022

Cierre: 24 de junio de 2022

Fallo: 10 de octubre de 2022

Acto de entrega: Último trimestre de 2022