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La Rubia

El bus no está y poco hay que hacer salvo esperar o mantener las miradas de fuego de las gárgolas, así que La Rubia saca un cigarro, le quita el filtro y se lo fuma mientras considera el acierto de haber comprado esa maleta en el almacén de la avenida. Aquel día, aparte de la maleta, se mercó una pequeña sartén, especial, según Cristóbal, para las tortillas francesas. Además de dependiente del almacén, Cristóbal era cliente suyo, bastante cartesiano en sus costumbres, de los de vísperas de festivo y perversiones nada perversas. De esos que llegan, se lo montan y se despiden con maneras de caballero, como si fueran practicantes y solo hubieran acudido a tu casa a ponerte una inyección en el culo.

Pero lo cierto es que ha terminado cogiéndole afecto, igual que al resto de la parroquia. El roce hace el cariño, dice siempre ella, y a cada uno de sus pupilos le encuentra su cosita entrañable. En el fondo soy una especie de mamá que hace mamadas, piensa sonriendo mientras suelta el humo. En ese punto retoma la maleta y observa las rueditas, lo bien que funcionan y lo prácticas que son. Agradecida, le entran ganas de acariciarlas y darles algún premio a ver si menean la cola.

Apaga el cigarrillo aplastándolo contra el suelo y sus pensamientos saltan a lo que se aproxima, pero sus escrúpulos buscan justificaciones y la retroceden a cuando era joven y creía ir para enfermera o azafata, cuando las ilusiones eran muchas y se le enredaban unas con otras. Al cabo se sitúa en el día y el momento en que pisa por primera vez el pueblo, cargada como un buey enamorado al encuentro de aquel chico tan guapo que ha conocido en la ciudad, el mismo que poco a poco, de puntillas, pasará de novio a patrón en un tránsito emporcado de celos, amenazas y dos abortos forzados.

La Rubia es más o menos religiosa y hasta hace poco se daba a pensar que las cosas son como son, que no existen alternativas al destino que nos ha sido dado y que dios nos mueve por el mundo a tal velocidad que no nos enteramos de la misa la media. Así es la vida, pensaba antes, resignada. Pero ahora sabe, o cree saber, que no, que su vida no tenía por qué haber sido esa.

Llega el coche de línea y toma sitio delante, junto al pasillo y cierra los ojos. Ha subido la primera, por lo que, según van entrando, los pasajeros no pueden dejar de verla así, medio dormida, con las piernas abiertas de un modo que Anselmo, el de los cupones, se estremece al reconocer los encajes que festonean sus braguitas. Lo que nadie imagina es que en estos momentos La Rubia hace lo que puede para no pasar desapercibida.

Unas dos horas después está en la terminal norte, una vieja estación de trenes reconvertida en una serie de andenes paralelos, donde recalan los autobuses que enlazan la capital con los alrededores. Lo primero que atrapa la mirada de la mujer es el techo antiguo de la estación, estructurado en un excesivo, aunque bello, entrecruzamiento de ventanales y enormes vigas oxidadas, que resulta en una luminosa cuadrícula de transparencias azules. Los andenes se ven flanqueados por cafeterías, restaurantes de postín y estrechas tiendas de ropa en las que La Rubia nunca se decide a entrar, acomplejada ante el despliegue de vanguardia que columbra dentro, presumiendo además unos precios fuera de su alcance. Se dirige a la consigna y disimula un rato hurgando en su bolso hasta quedarse sola. Extrae de la maleta una mochilita donde mete lo que va a precisar, introduce varias monedas en el mecanismo de la taquilla, la cierra y sale a la calle de los cines, la que bordea la Plaza Real.

Al traspasar el portón giratorio se evapora la elegancia. A través de un vasto sofoco de personas, vehículos, semáforos, discurre la mujer con su mochila a cuestas. Ahora que se inician los hechos, su atención lo abarca todo: el fragor de los motores por el mucho tráfico, las puertas hidráulicas de los autobuses, las bocinas que protestan. Flotan en ese aire de bochorno y calima diminutas partículas de humo sucio, microscópicas salivas y miasmas de sudores y aromas que devienen pestilencias —café molido, cáscaras de gamba, vapores de gasolinas, fritangas, perfumes de baratillo y mefíticas exhalaciones de un metro boquiabierto—.

A esa hora los indigentes organizan sus cartones, alejándose con sus pocas pertenencias de una noche ya liquidada. Las colas de pasajeros en las paradas del transporte municipal —el ciento veintiocho, el sesenta y dos, el circular— serpentean, como ella misma, entre quioscos, farolas y bolardos, abigarrándose sin concierto con los transeúntes, con los chuchos de los mendigos y con una gitana que, incansable, exhibe una montonera de pollos fosforitos, a dos euros cada uno, tres la pareja, vocea entre la algazara y el piar de los pollitos, mientras va retornando a las cajas aquellos que se le escapan. El mundo está en su sitio. Pronto ha de cambiar, pero aún está en su sitio.

Desde la Plaza Real a la calle de los cines es solo esperar un semáforo y tirar hacia abajo hasta percibir el olor a ozonopino que se escapa de los vestíbulos de las salas. La Rubia entra en una galería alargada que la conduce al Cine Montija, abierto en sesión matutina para adultos. Allí regatea el precio, triplicado por su condición de profesional, aunque lo hace más por ser recordada que por ahorrarse el dinero. Al final paga lo que toca y entra. El vestíbulo pretende ser lujoso: un silencio de moquetas, como de tapón en los oídos, cierta fragancia de ambientador y una mullida alfombra acariciándole los pies, besándoselos. Hasta que no descorre los cortinajes de terciopelo y plomo no oye los diálogos de lo que parece una comedia americana. Se ven seis o siete cabecitas dispersas por el patio de butacas, todas masculinas y apartadas unas de otras. La experiencia le dice que al menos cuatro requerirán sus servicios. Servicios manuales y, si hay suerte, alguna mamadita. La Rubia se santigua, elige una butaca central, saca un paquete de clínex, lo coloca sobre el asiento, debajo de su culo, y espera a que, una tras otra, las cabecitas se le vayan acercando.

Un rato después la encontramos en uno de los asientos del coche de línea, de regreso al pueblo. Son las tres de la tarde y la Rubia tiene ahora gafas, pelo corto castaño y bigote postizo del mismo color. La excesiva mujer se ha convertido en hombre. Raya en medio, ausencia de maquillaje, pecho vendado. Un pantalón gris de hechuras masculinas ocupa el lugar de la minifalda, el top rojo es una camisa azul clarito y la ceñida cazadora blanca una holgada chaqueta de lino. Toda la transformación ha debido ocurrir en los retretes del cine, antes de salir con la mochila colgada al hombro. La peluca amarilla, la falda, el top mínimo y la cazadora aguardarán en la consigna de la terminal, dentro de la maleta, a cuando vuelva. A pesar de la ausencia de nuez en la garganta o de la familiaridad que pueda evocar cierto gesto nervioso en las cejas, nadie, ni siquiera alguno entre los muchos que la tratan, sería capaz de relacionar a La Rubia, conocida ramera del Caballo Blanco, con este pasajero de mediana edad, postura erguida y semblante amable. El único que tal vez podría reconocerla se encuentra en el pueblo al que se dirige, en la vivienda anexa al puticlub, quizá bebiendo y riendo, quizá follando con alguna de las chicas, quizá forzándola. También, por qué no, acaso esté tranquilo y despreocupado viendo las noticias en el sofá o dormitando de espaldas a la puerta, como si la muerte no lo esperara.

Más sobre el III Premio de Cuentos Breves Maestro Francisco González Ruiz

El acto de entrega del II Premio Internacional de Cuentos Breves Maestro Francisco González Ruiz congregó a alrededor de 250 personas. Foto: Rodrigo Valero.
Acto de entrega del II Premio Internacional de Cuentos Breves ‘Maestro Francisco González Ruiz’. Foto: Rodrigo Valero.

hoyesarte.com, primer diario de arte y cultura en español, convoca la tercera edición del Premio Internacional de Cuentos Breves Maestro Francisco González Ruiz, que incluye un primer galardón dotado con 3.000 euros y un segundo reconocimiento dotado con 1.000 euros. Además se establecen dos accésits honoríficos.

Los trabajos, de tema libre, deben estar escritos en lengua española, ser originales e inéditos, y tener una extensión mínima de 250 palabras y máxima de 1.500 palabras. Podrán concurrir todos los autores, profesionales o aficionados a la escritura que lo deseen, cualquiera que sea su nacionalidad y lugar de residencia. Cada concursante podrá presentar al certamen un máximo de dos obras.

El premio constará de una fase previa y una final. Durante la previa, cada semana el Comité de Lectura seleccionará uno o más relatos que, a juicio de sus miembros, merezca pasar a la fase final entre todos los enviados hasta esa fecha. Los relatos seleccionados se irán publicando periódicamente en hoyesarte.com. Durante la fase final, el jurado elegirá de entre las obras seleccionadas y publicadas en la fase previa cuáles son las merecedoras del primer y segundo premio y de los dos accésits.

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Fechas clave

Apertura de admisión de originales: 10 de enero de 2022

Cierre: 24 de junio de 2022

Fallo: 10 de octubre de 2022

Acto de entrega: Último trimestre de 2022