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1966: el año en el que el pop se hizo adulto

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Tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, que acoge el fenómeno de la British Invasion [3] con los brazos abiertos y lo reproduce con sus muy notables particularidades, todas las ciudades se llenan de músicos amateurs que empiezan a trabajar bajo un esquema completamente nuevo en el negocio de la música: el de un grupo de cuatro o cinco integrantes con funcionamiento relativamente democrático que, además de practicar con versiones de éxitos más o menos conocidos, escribe e interpreta sus propias composiciones.

Entre los años 1963 y 1965 (el big bang se había producido en octubre de 1962 con la edición de Love Me Do / P. S. I Love You, el primer sencillo de los Beatles) se consolida en todo el mundo una prolífica, diversa y enormemente consistente escena musical que genera una asombrosa colección de discos fantásticos, muchos de ellos obras referenciales con categoría de clásicos indiscutibles.

Sin embargo, la fórmula que con tanta eficacia y con tan formidables resultados había funcionado durante ese periodo empezó a dar síntomas de agotamiento. El esquema básico de canción de menos de tres minutos de estructura sencilla y arreglos que se limitaban a apoyar las melodías vocales con guitarras, bajo y batería —receta que, naturalmente, seguirá exprimiéndose aún hasta nuestros días— empezaba a quedarse pequeña, no tanto, seguramente, para el público como, sobre todo, para los compositores más inquietos y audaces.

Reconocidos socialmente, instalados en una confortable posición de éxito comercial, reputación y dinero, buena parte de los músicos más sobresalientes del momento doblan la apuesta y, espoleados por una ambición artística más exigente, comienzan a ampliar sus horizontes de manera enormemente significativa.

En 1966 la música pop alcanzó definitivamente la mayoría de edad. Consolidando un movimiento que se había iniciado unos cuantos meses antes con el lanzamiento de varios discos en los que ya se adivina una intención firmemente renovadora que trataba de superar los límites en los que funcionaba la música pop, los grupos y artistas de la época, los medios de comunicación y el propio público dieron el paso a la edad adulta a propósito de algo que hasta entonces no había sido mucho más que una afortunada y fructífera pero ligera y escasamente trascendente forma de entretenimiento.

La música pop vive un momento dulce y el afán de sus principales protagonistas es prolongarlo evitando caer en la repetición y alcanzando una nueva dimensión. Después de un tiempo de aprendizaje y de formación de su propia personalidad, los músicos empiezan a fijarse en lo que hacen los demás. Nace una rivalidad —casi siempre amistosa— que empuja a los grupos no solo a superarse a sí mismos, sino, también, a tratar de superar los hallazgos de los demás. Los Beatles son, desde luego, la referencia para todos, pero ellos mismos también comienzan a asimilar a su manera la influencia de Bob Dylan y los Beach Boys, que, a su vez, escuchan lo que hacen los Rolling Stones o los Kinks.

Mientras todos los grupos beat que habían florecido a la sombra de los Beatles —con la excepción de los Hollies— se van a pique, estos avanzan a paso de gigante y lanzan en diciembre de 1965 un disco monumental, Rubber Soul [4], que abre las puertas a una concepción más sofisticada y madura del pop y que empieza, naturalmente, por la propia composición de las canciones, pero se consolida, sobre todo, con la utilización de las posibilidades del estudio de grabación como herramienta fundamental.

Ya nada sería igual. De 1966 son algunos de los más significativos, innovadores, influyentes y atractivos discos de la historia del rock. Obras que no solamente suponían cumbres creativas en sí mismas, sino que, sobre todo, ampliaban de forma decisiva los límites en los que hasta el momento se había movido la música, modificando para siempre su significado e influencia en la sociedad.

Se cumplen este año nada menos que seis décadas desde la edición de una serie de discos que, cada uno a su muy diferente manera, cambiaron el rumbo de la música pop y siguen siendo considerados títulos verdaderamente icónicos que mantienen un enorme peso e influencia en la escena musical de ahora mismo.

The Beatles. Revolver

[5]Es ciertamente difícil distinguir un solo álbum como el mejor de la historia, pero el séptimo disco de estudio de los Beatles es un candidato citado de forma casi unánime por la crítica especializada, por los aficionados y por innumerables grupos y artistas de todas las generaciones.

Después de cinco discos fabulosos que marcaron el paso de la escena musical de la primera mitad de los años sesenta, los Beatles inauguraron una nueva etapa en la evolución del pop con Rubber Soul, un disco asombroso que se adentraba definitivamente en el futuro, convirtiendo al estudio de grabación y sus posibilidades técnicas en una herramienta fundamental al servicio de las ideas más audaces y desacomplejadas de los miembros del grupo y de su también cada vez más intrépido productor, George Martin, con quien comienzan a tener una complicidad absoluta.

Solamente unos meses después, Revolver [5] daba un paso de gigante en esa misma dirección. Los Beatles se habían cansado de actuar en directo y empezaban a descubrir las enormes posibilidades que el estudio ofrecía al desarrollo de sus canciones. Su éxito arrollador les permitió que su discográfica les concediera sin problemas multiplicar las horas de grabación hasta lo que fuera necesario.

Descarados, ambiciosos, audaces, abiertos a cualquier posibilidad y rebosantes de confianza en sí mismos, los Beatles no descartan nada y se aventuran en la grabación de un álbum fascinante, lleno de trucos, arreglos, efectos y novedades de todo género.

Revolver es un álbum asombroso y cautivador por todo ello, pero también, desde luego, porque tanto Paul como John, que afianzan sus respectivas personalidades como compositores por separado, alcanzan sus cumbres creativas con una colección irrepetible de canciones a la que, por cierto, contribuye George Harrison de forma más significativa y valiosa que nunca.

The Beach Boys. Pet Sounds

[6]Entre 1962 y 1964, los Beach Boys habían arrasado en las listas de éxitos de todo el mundo con una soberbia colección de canciones enormemente pegadizas construidas sobre la base de esquemas clásicos del rock and roll (Chuck Berry en particular) a los que ellos añadían sus características y celestiales armonías vocales en las que cantaban triviales historias sobre chicas, coches, playas y tablas de surf.

Pero el mayor de los hermanos Wilson, un genio de sensibilidad extrema, decidió a partir de 1965 retirarse de los focos y dejar que el grupo girara mientras él se quedaba en el estudio de grabación y se dedicaba a desarrollar su talento creativo, espoleado particularmente por los Beatles y su Rubber Soul, que consideraba “el mejor disco de todos los tiempos”.

La influencia de las melodías y los hallazgos en el terreno de la producción y los arreglos de los Beatles, la ambición de Brian Wilson por crear algo genuino y trascendente, el nada desdeñable influjo del consumo de ácido y la aportación de su colaborador Tony Asher en la confección de unas letras mucho más maduras y reflexivas se combinaron en las dosis idóneas para la gestación de Pet Sounds [6], la genial creación de un Brian Wilson que sublimaba sus recursos en la confección de melodías perfectas y se revelaba ahora, además, como un productor ambicioso, imaginativo y arriesgado.

El álbum, una esplendorosa colección de pequeñas sinfonías pop llenas de detalles, de arreglos ingeniosos y diferentes, dominadas por las exuberantes armonías vocales marca de la casa, desconcertó a los seguidores del grupo, que rechazaron el radical giro estilístico, convirtiendo el álbum en un relativo fracaso comercial. Sin embargo, la historia lo bendijo como una de las grandes obras maestras del pop.

Bo Dylan. Blonde on Blonde

[7]Después de haberse adjudicado el liderazgo de la escena folk norteamericana de los primeros años sesenta reinventando algunas de las claves del género, y de haberse convertido en involuntario portavoz de una generación, Bob Dylan había comenzado a electrificar su sonido con sus dos formidables discos de 1965, Bringing It All Back Home y Haighway 61 Revisited. Se reconocía heredero de Woody Guthrie pero también sentía una absoluta fascinación por Elvis y por el rock and roll.

Después del bizarro episodio de Newport en el verano de 1965, el músico había emprendido un camino que no tendría vuelta atrás. Reclutó a una banda eléctrica, The Hawks (que luego se convertirían en The Band), para tocar en directo y se olvidó de las guitarras acústicas.

Los dos mencionados álbumes de 1965 constituían la puerta de entrada a uno de los trabajos más definitorios de la esencia dylaniana. Blonde on Blonde [7] es un disco crudo, directo y primario en lo musical pero absolutamente sofisticado y profundo en sus letras, que suponía un ejercicio de impecable equilibrio entre el academicismo y la carga social del folk y la energía del rock and roll.

La jugada es asombrosa: el rey del folk maneja con maestría las claves del rock, del blues y del pop (I Want You o Just Like a Woman son sencillas pero preciosas canciones pop) y abre con este disco ambicioso, poliédrico y enormemente sustancioso la puerta por la que entrarán buena parte de los grupos y artistas que protagonizarán la escena musical de la más que fructífera segunda mitad de los años sesenta.

The Byrds. Fifth Dimension

[8]Surgidos en Los Ángeles en 1964, los Byrds habían dado con un felicísimo hallazgo tras el desembarco de los Beatles en Estados Unidos. La combinación de folk con los novedosos sonidos que aportaba la British Invasion propició la aparición del folk-rock, cuyo reinado les perteneció sin discusión. Editados en 1965, sus espléndidos dos primeros álbumes definieron el género y situaron al grupo entre las más luminosas estrellas del firmamento pop-rockero americano de la época.

Pero lo mejor estaba todavía por llegar. En enero de 1966 publican Eight Miles High, un sorprendente single que abre de par en par las puertas del rock psicodélico. Era un adelanto de Fifth Dimension [8], el fabuloso e intrépido tercer álbum del grupo. La deserción de Gene Clark, que hasta entonces había sido el principal compositor, pone las pilas a David Crosby y Roger McGuinn, que acaban por dar con el sonido más característico y definitivo del grupo. Quedan, desde luego, restos de folk más o menos ortodoxo, pero también hay jazz, influencias indias, solos anárquicos, armonías espectrales…

The Kinks. Face to Face

[9]Procedentes de un barrio del norte de Londres y habituales en el circuito de salas de actuaciones en directo de la ciudad, los Kinks iban, más que cualquier otro grupo de la época, totalmente a su aire. Como los Rolling Stones y los Them, abrazaron el rhythm and blues americano y lo adaptaron con magníficos resultados en sus primeros discos. Pero, aunque ya habían tenido éxitos más que notables, la enorme, singular y exquisita personalidad de Ray Davies como compositor (algo que afecta a la música, pero también, de manera especialmente significativa, a las letras) empezaría a aflorar a partir de su cuarto álbum de estudio.

Grabado en varias sesiones a lo largo de nueve meses y compuesto por primera vez solamente por canciones propias, Face to Face [9] se adentra en el pop barroco suavemente psicodélico y en el music hall que se harían tan característicos en la producción posterior del cuarteto a la vez que la pluma de Davies se afila para describir de forma satírica la cultura y la propia sociedad británica y la industria musical.