“Los años tranquilos se olvidan. Los días sin sobresaltos, donde el tibio discurrir de las horas es un murmullo inapreciable, pasan de largo con elegancia y se van amontonando uno sobre otro. La memoria se ocupa de entresacar con pinzas lo que resalta, lo extraordinario -sobre todo lo doloroso-, y lo enmarca para la posteridad. Así estamos hechos”.

(Christina Rosenvinge)

En una de sus entrevistas, en las que promociona su obra y su último disco, Un hombre rubio, que completa en este 2020 su gira después de dos años deambulando por las salas a golpe de guitarra, la danesa criada en Madrid decía que atravesaba «un momento increíblemente dulce». Y así tiene que ser para (atreverse a) volver la vista atrás.

Ella explica: “Una canción nos evoca la época en la que la descubrimos. Al que la ha escrito le devuelve al momento preciso en el que la escribió”. Es por eso que esta vista atrás de Rosenvinge es tan digna de admiración, porque nos cuenta su vida a través de las letras de sus canciones, y de todos estos secretos ocultos que entrañan la juventud y la búsqueda de uno mismo, el éxtasis de la aventura, la construcción de una familia, el mazazo de la realidad, asumir el peso de lo que se ha roto o de la madurez.

Este libro es todo un poema a una clave que no descubres hasta mucho después, y es que es imposible dejar de crecer, de ser enseñada y de sorprenderte con lo que la vida te reserva. No existe la edad de la sabiduría, ni mayor joven, ni joven mayor. No hay un momento exacto en el que ya lo sabes todo y estás preparado para salvar todas las dificultades. El barco es uno y a bordo estamos todos sin salvavidas que valga.

Con capítulos titulados como los discos que han modelado la columna vertebral de su carrera, pasando por valles y cumbres, por alianzas clave como la de Nacho Vegas en Verano Fatal (2007), por pop comercial con Álex & Christina, el encanto de la vida neoyorquina con Foreign land (2002), la vuelta a Madrid con Continental 62 (2006) o el reencuentro con el recuerdo de un padre que ya se fue en Un hombre rubio (2018).

Podría decirse que una de las bazas de su éxito es que no ha pertenecido a una única banda, ni se ha aliado a un tipo de música concreto. Ha colaborado y se ha codeado con distintos tipos de artistas que le han inspirado, pero no se ha ‘vendido’ a nadie ni nada.

Lo explica ella misma: “No he formado parte de una generación, no he tenido apoyos. Lo bueno es que al no pertenecer a nada tampoco mueres cuando se pasan las modas, no te hundes con los demás. Siempre me he movido en los márgenes de la industria, intentando trazar una carrera por un camino que está sin asfaltar”.

En otra entrevista esta sabia joven y madura arrasa con la clave que marca el secreto de la felicidad. No hay nada grandilocuente en ello, pero sí encierra el secreto de ese sabor dulce de los pequeños placeres. Le preguntan: “¿Qué es lo que más quiere en la vida?”. A lo que ella responde: “Una casa entre un bosque y un río con muchos amigos y perros dentro”.

https://www.youtube.com/watch?v=RpFR-KxS2I0

Puede que el ir por libre, el no poder definirla se haya convertido en su propia firma, la que la mantiene incandescente con esa ondulada melena rubia, mientras menea sus caderas por las calles de Malasaña. No hay edad para Christina, y las arrugas, qué diablos, le sientan bien.

Un grito al unísono que diga: Oh! Christina.