¿Hacemos lo que hacemos porque nos gusta o para tener éxito? ¿Cómo nos atraviesa el deseo de que nos reconozcan y nos admiren, el miedo a defraudar, la voluntad de perdurar? ¿Qué parte de ese deseo nos impulsa y qué parte nos maniata, nos obsesiona, nos impide vivir sin culpa ni autojuicio?
El bichillo empieza a entrar por el oído desde la infancia: ¡Eras la más guapa del mundo! ¡Este niño va a ser un genio! ¿Y tú qué quieres ser de mayor? ¡Tú más, cariño! ¡Porque es una chica excelente…! ¿Cómo cambiar el enfoque de ese pesado bloque de expectativas y estándares que heredan les niñes? En una hermosa carta a la directora que publicó El País hace unos años, una madre reivindicaba para su hija “la felicidad del segundo violín”: “Mi hija quiere ser segundo violín. No primero ni solista, ella lo que quiere es tocar tranquila en un segundo plano, porque eso le hace feliz. Pero el mundo está hecho para los que quieren ser famosos, para los que sueñan con ser los primeros”.
Todas reconocemos el mundo que señala: el de los likes, las medallas, los premios y títulos, las estrellas y trofeos de tamaños distintos según el puesto. Los corazones diminutos que el ego engulle en la pantalla a bocaditos. Las redes pueden ser las perfectas aliadas de esa urdimbre neurótica: avisperos de comparaciones y envidias donde pulir al personaje para exponerlo a la mirada validadora del “otro” invisible (de los otros, cuantos más mejor, porque aquí la cantidad importa y mucho). También pueden llevarnos a otros lugares, no quiero erigir aquí una crítica implacable propia del más puro pesimismo digital. El ciberespacio ofrece potencialidades de la identidad, pero también egomanía e hipervigilancia.
En una sociedad obsesionada por la idea del éxito reivindicar la derrota puede ser un acto de rebeldía, una inversión de las lógicas paranoicas del triunfalismo. Pier Paolo Pasolini escribió un breve texto con esta idea, cuyo inicio es claro: “Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En manejarse en ella. En la humanidad que de ella emerge. En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados. En no ser un trepador social, no pasar sobre el cuerpo de los otros para llegar el primero”.
Para pensar el éxito y el fracaso de forma crítica pondremos a dialogar aquí tres obras recientes: la novela publicada el mes pasado con el título La boca llena de trigo (2026), de Mayte Gómez Molina, la novela gráfica La voz del oráculo (2025) de Liv Strömsquist y el ensayo El arte queer del fracaso (2018), de Jack Halberstam. Tres joyas con las que repensar nuestras inercias y proyecciones, y, quizá, desprender la última letra del cartel de neón para encontrar la salida de emergencia.
La boca llena de trigo, de Mayte Gómez Molina
Anna, la protagonista de esta novela, pinta cuadros. Aunque la mayor parte del tiempo no pinta: imagina que pinta, contempla el lienzo en blanco, se deja carcomer por la culpa y el síndrome de la impostora. En primaria, Anna gana un concurso de dibujo. Ese logro marca un estándar que la presionará de ahí en adelante. Cuando recibe una beca para dedicarse a la pintura, el miedo a decepcionar es tan grande que la paraliza: “Tengo miedo de empezar a pintar y darme cuenta de que no sé hacerlo”. No es verdad, le dice su compañera Lin Han, pero si lo fuera no pasaría nada: puede aprender a hacerlo.
Ya en su treintena, Anna recibe la llamada de Manzoni, una importante galerista. Cegada por su “golpe de suerte”, cierra un contrato con ella de quince cuadros para una exposición. La boca llena de trigo es el relato angustioso de ese proceso de gestación, atravesado por el autocuestionamiento y la parálisis. Sólo por momentos la protagonista se desprende de la exigencia y del espejismo del futuro y consigue conectar con un presente que se va haciendo sin más: “En realidad, el arte tiene más que ver con una panadería que con la idea de genio. Levantarse, amasar, hornear, esperar, descansar, repetir”.
En la novela se aloja todo un ensayo sobre el mundo del arte y el acto de crear. Además de Anna, vemos a otras mujeres (porque ésta -¡qué gusto!- es una novela de mujeres, de la ambición, la voluntad de éxito, la paz o la guerra interior de distintas mujeres) que muestran sus juicios, sus espinas. De sus conversaciones surgen preguntas provocadoras: ¿es superficial entrar en los circuitos comerciales del reconocimiento? ¿esconde la condescendencia de algunas posturas “marginales” un secreto deseo de reconocimiento, considerándose superiores? ¿vivir en paz significa aceptar ciertas renuncias?
Mayte Gómez Molina consigue que nos hagamos preguntas complejas a través de una novela escrita con luminosa sencillez, que encuentra las sombras interiores y les ofrece una caricia tierna y compasiva a través de la palabra.
La voz del oráculo de Liv Strömsquist
Liv Strömsquist, quien la leyó lo sabe, es absolutamente genial. En sus novelas gráficas aúna con inteligencia y humor un corpus generoso de textos de la filosofía y de las ciencias sociales, haciendo cercano y comprensible lo que a veces resulta farragoso. Lo hace para explorar temas de ahora y de siempre (el amor, el sexo, la belleza, el éxito), y analizarlos tanto desde la mirada amplia de la historia como desde el detalle de las dinámicas contemporáneas, siempre con la mirada sagaz del humor y el feminismo.
En La voz del oráculo, Strömsquist critica el imperativo social de la búsqueda del éxito y la felicidad que en nuestro tiempo han sabido aprovechar todo tipo gurús de las redes sociales, con su retahíla de consejos prometedores. La felicidad se impone en una especie de listado de tareas que deben ser completadas (alejándola, nos dice Strömsquist, de su matriz, que tiene más que ver con lo espontáneo e irracional), y se convierte en un imperativo, al igual que la belleza: deberías estar más guapo, deberías pasártelo mejor. Como si el estado de ánimo fuera siempre algo controlable, la felicidad se individualiza y mercantiliza, se convierte en industria. Las empresas contratan cursos de mindfulness para mejorar tu bienestar, ergo, para mejorar su productividad.
Con “un poquito de biología por aquí, un poquito de ayuda clasista por allá”, mucha gente parece verse impelida a dar recomendaciones vitales de todo tipo. Incluso cuando detrás no hay interés económico, esta necesidad de aconsejar al otro por encima de todo (y sobre todo, sin que ese consejo haya sido solicitado) resulta cuanto menos extraña. Strömsquist recoge un caso especialmente bochornoso: el de una mujer famosa que quiso ser altruista haciendo voluntariado en una asociación para mujeres víctimas de violencia sexual y trabajadoras sexuales en situación de pobreza y tuvo la ocurrencia de escribir mensajes de autoayuda y superación (¡Eres lo más! ¡No hay límites! ¡Sueña a lo grande! ¡Sigue tus sueños! ¡Sonríe!) en las frutas del comedor donde les servían.
La voz del oráculo está llena de situaciones paradójicas presentes en esa búsqueda desesperada de la felicidad y el éxito en un mundo caracterizado, además, por la aceleración. La oferta infinita de posibilidades que encontramos en él nos exige una elección y planificación constante, para lo cual, nos dice Strömsquist, necesitaríamos entender qué queremos (es decir, introspección), pero de nuevo, la paradoja: carecemos del tiempo para ello, cada vez hacemos más cosas, incluso más cosas a la vez.
De la mano de autores como Eva Illouz, Zygmunt Bauman, Hartmut Rosa o Byung-Chul Han, entre otros, Strömsquist genera en su novela gráfica un espacio de reflexión verdaderamente revelador sobre nuestra contemporaneidad.
El arte queer del fracaso, de Jack Halberstam
Para Jack Halberstam, vivimos en un mundo capitalista que ha equiparado éxito con beneficio, y que, además, entiende el éxito en términos individuales y nunca estructurales. Este es el pensamiento positivo típico de la meritocracia estadounidense: “creer que el éxito depende de la actitud personal es mucho más preferible para los estadounidenses que reconocer que su éxito es el resultado de desigualdades basadas en la raza, la clase y el género”.
Para romper con esa lógica, Halberstam reivindica la vía del fracaso: “Bajo ciertas circunstancias, fracasar, perder, olvidar, desmontar, deshacer no llegar a ser, no saber, puede en realidad ofrecernos formas más creativas, más cooperativas, más sorprendentes de estar en el mundo”. Así, el fracaso permitiría sortear “las normas de castigo que dirigen el desarrollo humano con el fin de pasar de una infancia sin normas a una madurez adulta ordenada y predecible”.
En este sentido, la raíz del ser queer se vincula al fracaso, puesto que contesta a la inteligibilidad de lo normativo, encarnando los ámbitos de conocimiento y formas de ser que han sido descartados, que no se dejan manipular. Lo queer no necesita del “visado” de un régimen común para establecer su validez y, como el fracaso, supone un rechazo al dominio total. “El arte queer del fracaso se interesa por lo imposible, lo inverosímil, lo improbable y lo ordinario. Pierde y al perder imagina otros objetivos para la vida, para el amor, para el arte y para el ser.”
El olvido o la ignorancia pueden convertirse, en ciertos contextos, en herramientas de resistencia: imaginemos una persona LGTBIQAP+ que olvida la familia, el linaje o la tradición para poder empezar desde un nuevo lugar, o un trabajador explotado que finge incompetencia o trabaja despacio burlando activamente la norma del poder.
Halberstam analiza las narrativas queer fijándose especialmente en un tipo de producción: ciertas películas de animación infantil que él denomina de Pixarvolt (pixar + revolt), como Monstruos S.A, Buscando a Nemo o Chicken Run, que según el autor, plantean complejas historias de acción colectiva y concepciones alternativas de la comunidad, el espacio o la corporalidad. Estas películas han sabido ver en el fracaso el terreno orgánico que significa para los niños (que crecen siendo torpes, tropezando, cayendo) y ofrecerles, en lugar del “camino individual del héroe”, la posibilidad de la colectividad y la revuelta.
More exit doors
Sólo hace falta tener en mente un tema para verlo por todas partes. Este último mes, reflexionando acerca de nuestras concepciones heredadas sobre el éxito y el fracaso, he tenido la suerte de asistir a dos eventos que también supusieron puertas para airear ese cuarto de ideas.
El primero fue la impresionante obra Calentamiento, de Rocío Molina. Daría para un artículo extenso sobre ella, pero por ahora sólo un consejo: si se te ha escapado en Madrid y en Barcelona, persíguela en las otras ciudades por donde pase a partir de ahora.Molina replantea a través del cuerpo la forma en la que vivimos desde la pura exigencia: siempre cansados, preguntándonos qué pasaría si parásemos. El “calentamiento” es ese poquito más que parece hacer falta para llegar a ser. Ella nos conduce, bailando desde múltiples códigos, por un mundo donde el baile puede ser alivio al tiempo que desasosiego. La creatividad y la fuerza de Calentamiento son absolutamente desbordantes, y Molina entrega y no para, ni siquiera cuando termina la obra.
El otro fue la presentación, en un stand de Sant Jordi, del libro de mi amiga Julia (@Julita Bichobolita) Bichobolismo ilustrado, una delicia que ha editado recientemente con una recopilación de viñetas hechas en los últimos quince años, desde un día en que rompió para siempre con la camisa de fuerza del autocuestionamiento sobre qué es dibujar bien o mal. Sus viñetas mezclan el arte y el humor para reflexionar sobre las relaciones, las distintas perspectivas sobre la realidad, nuestra relación con la tecnología, el paso del tiempo…y las expectativas, la autoexigencia y el éxito. Para acabar (o para seguir pensando) te dejamos algunas.




















