Escarbar en su biografía es ahondar en mundos dispares, desde aquel día de 1934 en que vino al mundo en Oviedo. El país se asomaba a una contienda despiadada. De ella conservaba el recuerdo de haberse refugiado debajo de una cama, donde sus padres lo obligaban a permanecer mientras fuera retumbaban las explosiones.
Bajo el seudónimo de Martín Girard inició una peculiar carrera periodística, con crónicas sobre fútbol, deporte del que siempre se declaró apasionado. También elaboró informes para Helenio Herrera durante su etapa como entrenador del Inter de Milán. Sus escritos pronto encontraron eco en la Barcelona de finales de los años cincuenta, donde se instaló tras haber vivido en Madrid —ciudad en la que estudió Filosofía y Letras— y en París.
En aquellos años entrevistó, entre otros muchos, a Dalí y a Luis Buñuel. Su manera de encarar el periodismo, más discursiva, literaria y documental, lo acercaba a las búsquedas de autores como Norman Mailer, Gay Talese o Tom Wolfe.
Vendría más tarde el cine. Un cine que, ya desde Ditirambo, su primer largometraje, mostraba una marcada impronta personal, en la que imagen y texto se retroalimentaban. Así lo reflejan sus dieciocho largometrajes, entre ellos títulos tan emblemáticos como La regenta, Parranda, Don Juan en los infiernos, El detective y la muerte, Epílogo, El portero o Remando al viento, brillante y libre aproximación al mundo literario de Byron.
En su búsqueda constante de formas que le permitiesen manifestar su creatividad, también dirigió mediometrajes, cortometrajes y series de televisión.
De su faceta de escritor hablan veinticinco libros, acaso menos valorados de lo que en justicia les correspondería. Entre ellos figuran Rocabruno bate a Ditirambo, El asesino triste, Ciudadano Sade, Las fuentes del Nilo, El síndrome de albatros, La musa intrusa o la excelente recopilación de sus artículos La suela de mis zapatos. Pasos y andanzas de Martín Girard.
Tenía 91 años cuando, hace apenas unos meses, recibió el Goya de Honor en reconocimiento a una trayectoria inolvidable. Al recogerlo, pronunció uno de esos discursos que concentran el carisma de quien los formula y concluyó: «El cine es un último reducto para soñar despierto, equiparable a ese primer bisonte que pintaron nuestros ancestros en una caverna. Me enorgullece comprobar que el cine ha sobrevivido a redes y cavernas y descubrir que, de repente, el bisonte soy yo».
Carácter y personalidad hasta el último aliento… Que los dioses de la creatividad lo acojan como su genio merece.















