Se trataría, por tanto, de un templo hexástilo (seis columnas en el frente), períptero (con columnas alrededor de todo su perímetro) y de orden dórico, con un canon particularmente alto en la medida de las columnas. Estas, además, son más delgadas de lo habitual, lo que otorga al templo una esbeltez inusual para la época en la que se construyó y dentro del conjunto del orden dórico.

El templo está dedicado a Poseidón, el dios del mar, en un lugar ideal para esa devoción, pues se alza sobre un promontorio situado a sesenta metros sobre el mar, en el cabo Sunión. Un enclave que permitía controlar las rutas marítimas del Ática próximas a Atenas y cuya vista, realmente espectacular, parece reclamar la llamada del dios que interfiere en ese maravilloso paisaje de mar abierto y proceloso.
Pero también es un lugar cargado de simbología mitológica, pues Teseo, hijo de Egeo, había prometido a su padre que izaría velas blancas en sus naves si regresaba victorioso de Creta después de matar al Minotauro. Sin embargo, tanta fue la alegría por la hazaña que el héroe se olvidó de cambiar las velas. Cuando su padre, asomado al acantilado del cabo Sunión, vio regresar los barcos con las mismas velas negras con las que habían partido, se sintió tan desconsolado que se arrojó desde aquel precipicio, dando así, de forma trágica, nombre al mar Egeo.
En la actualidad, el templo de Poseidón se encuentra en ruinas. Solo se conservan el crepidoma —su base— y algunas columnas perimetrales. Pero es uno de esos casos en los que no importa su estado, porque toda la magia del arte griego, condensada en la ruina clásica, alcanza aquí su mayor grado de plenitud y belleza.
Es la propia ruina la que, en este caso, otorga al templo un hechizo especial y permite que hablemos de uno de los restos más hermosos de la arquitectura griega. Es evidente que la propia edilicia del periodo clásico asume unos contenidos de belleza que se relacionan directamente con la elegancia de las proporciones y el orden que transmite su simetría constructiva. Por tanto, toda construcción clásica participa de ese ideal de belleza del arte griego, basado en la armonía y la proporción, que caracteriza prácticamente a todos sus templos.
También al de Poseidón, en el cabo Sunión, pero, en este caso, debe añadirse a todo ello el encanto de una desolación que invita a la melancolía. Es difícil desentrañar su valor constructivo en su actual estado de conservación, pero este es un elemento que aquí queda en segundo plano. La ruina es, en realidad, la protagonista, porque propone un misterio que nos hace caminar entre lo que queda y lo que se ha perdido, lo cual nos invita irremediablemente a soñar y a liberar la imaginación.
La ruina también proclama la certeza del paso del tiempo, que nos hace reflexionar sobre la antigüedad del templo y la distancia de los siglos que nos separan de él, lo que acrecienta nuestra sorpresa y admiración. La ruina es la imagen de la destrucción que provoca ese devenir del tiempo. Por ello, es, ante todo, un conjunto de fragmentos rotos de nostalgia en medio de nuestra memoria colectiva que invitan a la añoranza y a la evocación.
Por eso, en lo alto del cabo Sunión, sobre el mar de luz intensa, con la mirada errante entre las columnas del templo de Poseidón y mientras nuestros pasos recorren sus ruinas, alcanzamos un estado de sublimación en el que comprendemos la grandeza del arte, con toda su magia, con todo su misterio, con toda su belleza.
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