A lo largo de seis años, la directora Jane Magnuson ha clavado foco en la vida y la obra del realizador sueco. Su firma lleva Descubriendo a Bergman y ahora este imprescindible documental en el que huye de hagiografías al uso para retratar la agridulce personalidad de un genio que encontró aquel año, 1957, el momento bisagra en el que dejó atrás producciones menores, –aunque ya había dirigido Un verano con Mónica y Sonrisas de una noche de verano–, para consolidar las magnas bases de una creación cinematográfica y teatral para la historia.

Magnuson, sin complejos, traza a lo largo de dos horas un retrato caleidoscópico. No es fácil hurgar en un mito de personalidad tan compleja. El hombre que se casó siete veces y no estaba seguro de los hijos que tuvo (ocho fueron en realidad). La persona marcada desde la infancia por la figura de un padre despótico, pastor luterano inflexible, que nunca supo entender la brillantez de su hijo.

Sobre la tortuosa relación con sus progenitores, el director escribe: “Un ventoso día invernal de 1965 me telefoneó mi madre al teatro para decirme que mi padre había ingresado en el hospital y que lo iban a operar de un tumor maligno en el esófago. Quería que fuera a verlo. Le dije que no tenía ni ganas ni tiempo, que mi padre y yo no teníamos nada que decirnos, que me era completamente indiferente y que lo único que iba a conseguir con mi visita era asustarlo y molestarlo en su posible lecho de muerte. Mi madre se enfadó. Insistió. Yo también me enfadé y le pedí que no me hiciera objeto de chantaje sentimental. El eterno chantaje de ‘hazlo por mí’. Mi madre se puso furiosa y se echó a llorar, yo le hice notar que las lágrimas nunca me habían causado la más mínima impresión. Y le colgué”.

Así de inflexible ese Bergman. Y entre todos los que en él habitaban también el tierno seductor y el sexoadicto confeso que mantuvo múltiples relaciones amorosas, confundiendo a menudo las personales, íntimas, con las laborales. El amigo fiel de celebridades como Chaplin o Greta Garbo. Y el hombre solitario lacerado por su mala salud estomacal que durante días se alimentaba casi exclusivamente de galletas, o el despótico director que se ensañaba con sus actores cuando las cosas no giraban a su gusto. Pero también el ser que atesoraba una fecundidad creadora desbordante y un incombustible compromiso con el arte. Todos los Bergman confluyen en Bergman, infatigable autor de un notable puñado de obras maestras.

Aquel que en el tramo final de su existencia concluía las memorias descarnadas que tituló como Linterna mágica, con una lapidaria frase que asumía para sí mismo: “Veo con seguridad que nuestra familia estaba compuesta por personas de buena voluntad con una herencia catastrófica de exigencias desmedidas, mala conciencia y sentimientos de culpabilidad. De todo eso surjo yo”.

Ahora afloran a lo largo de dos horas sin desperdicio los muchos Ingmar Bergmam que alberga ese nombre, ya leyenda, que deja en el tejado del espectador la vieja pregunta de si la vida debe o no justificar la obra. Si debe acompañar a un legado ejemplar una vida en consecuencia. Viendo Bergman, su gran año es inevitable planteárselo.


Bergman, su gran año

Dirección y guion: Jane Magnusson
Documental
Suecia, Noruega / 2018 / 117 minutos