Tuvo Degas en la soledad un aliado. “Hoy en día, si se quiere hacer arte en serio y crearse un pequeño rincón para uno mismo, original, o al menos conservar una personalidad creativa e inocente, hay que sumergirse en la soledad. Hay demasiado chismorreo, da la impresión de que los cuadros se hagan igual que los precios de la Bolsa por gentes ávidas de ganancias. Es inaceptable”, escribió en uno de los primeros cuadernos en los que fue plasmando pensamientos a lo largo de toda su existencia.

A menudo frustrado por lo que él consideraba fracasos y nunca plenamente satisfecho con sus progresos, Degas se fue consumiendo por sus obsesiones. Pero su determinación en capturar –“intentando plasmar la perfección”–, la vida cotidiana es evidente al observar cada una de las piezas (pinturas, grabados, esculturas) que configuran una obra esencial en la historia del arte de las décadas finales del siglo XIX.

“Ningún arte es tan poco espontáneo como el mío”, apuntó. “Lo que hago es resultado de la reflexión y del estudio de los grandes maestros; de inspiración, espontaneidad, temperamento no sé nada. Hay que rehacer diez, cien veces, el mismo tema. En el arte nada debe parecer un accidente, ni siquiera el movimiento”.

Como confío al marchante Vollard, “una pintura es primordialmente un producto de la imaginación del artista. Nunca debe ser una copia. Si después hay que añadir dos o tres acentos de la naturaleza, eso no está mal… Pero es mucho mejor dibujar lo que no se conserva más que en la memoria. Es una transformación durante la cual la imaginación colabora con la memoria; sólo se reproduce lo que nos ha impresionado, es decir, lo necesario. Así, nuestros recuerdos y nuestra fantasía se liberan de la tiranía que ejerce la naturaleza”.

Este punto de vista, mantenido con pasión a lo largo de toda su vida, trasluce en Degas un artista independiente, reformador, conectado, sí, a una gran tradición clásica, pero revolucionario en sus concepciones artísticas e innovando de continuo en composiciones de osada, transgresora libertad.

Viaje esclarecedor

Tras su muerte en 1917, más de 150 piezas de escultura fueron encontradas en su estudio. Estatuillas en cera, arcilla y plastilina realizadas cuando ya estaba casi completamente ciego. Muy pocas de ellas habían sido fundidas en bronce pues, como el artista justificó: “No quiero dejar nada imperfecto que me sobreviva porque el bronce es un metal para la eternidad”. Una sustancial parte de las que perduraron en buenas condiciones fueron llevadas al Museo de Fitzwilliam en el Reino Unido que conserva con mimo estas raras y extremadamente frágiles obras de arte.

El documental Degas, pasión por la perfección constituye un esclarecedor viaje desde las calles de París, en donde el artista nació en el seno de una acomodada familia, hasta el Museo Fitzwilliam en Cambridge, que conserva una parte de su obra menos conocida.

De la mano de David Bickerstaff (Michelangelo: amor y muerte; El curioso mundo de Hieronymus Bosch; Vincent Van Gogh. Una nueva mirada; Pintando el jardín Moderno: de Monet a Matisse; Canaletto y el arte de Venecia y Goya. Un espectáculo de carne y hueso) asistimos a la fascinante y obsesiva búsqueda de la perfección de uno de los fundadores del impresionismo.

El artista del que el poeta Paul Valery, uno de los pocos amigos que conservó hasta el final de sus días, escribió: “Degas siempre se sintió solo, siempre estuvo solo en todas las formas posibles de soledad. Solo por carácter, solo por la especificidad y la particularidad de su naturaleza; solo por honradez; solo por el orgullo de su rigor, por la inflexibilidad de sus principios y juicios; solo por su arte… Una soledad que le fue necesaria para hacerse secretamente, estudiadamente, celosamente incomparable”.

Degas, pasión por la perfección

Dirección: David Bickerstaff
Música: Asa Bennett
Producción: Phil Grasbky
Reino Unido / 2018
85 minutos
Distribución: Exhibition on Screen. A Contracorriente