Solía llevar encima la sonrisa socarrona de los pícaros, como Lázaro de Tormes o Lucas Trapaza, y un humor muy personal, entre cervantino y valleinclanesco. Seguramente lo había adquirido en las ventas de los caminos durante ese viaje a ninguna parte del que todos los cómicos son protagonistas, y en el que lo único cierto es que el mundo sigue, mientras nosotros pasamos a la espera de un verano de bicicletas que no llega, o proyectando el más extraño de los viajes a la búsqueda de uno mismo con el equipaje repleto de paradojas.

También poseía el encanto narrativo de los cuentistas de los zocos árabes y mostraba una mayor inclinación por las preguntas que por las respuestas, por la paradoja que por el dogma, por la solución inesperada que por la vulgaridad, por el ocio que por el negocio. Solía preparar muy bien las improvisaciones y nunca buscaba refugio en los lugares comunes.

Aunque había soñado con una vida de lujo, tan sólo pretendía tener dinero para llevar la existencia tranquila de los pobres, con coraje para vivir, generosidad para convivir y prudencia para sobrevivir: “he leído algunos libros, he interpretado unas cuantas películas y obras de teatro, he escrito unos cuantos renglones. Y al cabo del tiempo, hombre amante de las tertulias, del diálogo, de la conversación, he llegado a la consecuencia de que es mejor estar callado, porque sólo de eso sé”.

Articulista, poeta, novelista, ensayista, dramaturgo, cómico, cineasta…, un hombre del espectáculo, un libertario que no se atrevía a considerarse anarquista, ni se sentía capaz de ser un buen amigo de las mujeres: “Sí, creo que puede haber una relación de amistad entre un hombre y una mujer, siempre que el hombre no sea yo”. Desde cualquiera de sus múltiples facetas trató de revelar el secreto poético de lo cotidiano, de penetrar en los misterios impenetrables del yo, saltando de imposible en imposible, valiéndose para ello de las artes del buen torero, que son las mismas que las del buen actor: engañar, siempre; mentir, nunca.

Escribió, sin redactar una sola palabra, sobre el arte de la comunicación. Lo hizo a través de sus personajes: el desenfrenado Balarrasa, metido a misionero para redimir sus pecados; el bueno de Amaro, convertido en el malvado Carabel; el solitario Fernando, obsesionado con Ana y con los lobos de sus fantasmas hasta que los cambió por su deseo de volar a la espera de que mamá cumpliera cien años; el otro no menos solitario Fernando, Tobajas, el anacoreta encerrado en su cuarto de baño, que ha decidido sustituir la botella lanzada al mar por el tubo de aspirina arrojado al retrete como medio de enviar mensajes, y que, a diferencia de Antonio, decide suicidarse al no encontrar vida por delante; el autoritario padre, perdido en su sombra y sin saber descifrar cuál es el espíritu de la colmena; Manolo, el artista que vive retirado en el campo, disfrutando con los suyos de los tiempos de la belle époque y practicando el arte de la tolerancia; don Rodrigo de Arista, el arruinado noble, que ha regresado de América a su Asturias natal para aprender a ser el abuelo que no quiere ser; don Gregorio, el buen hombre y el maestro bueno, que trata de inculcar al pequeño Moncho y al resto de sus alumnos el conocimiento a través de la observación de la realidad cercana, el amor por la libertad, representado por las alas de las mariposas, y el poder de la palabra, simbolizado en la lengua de las mariposas, y un largo etcétera.

Sin embargo, en El tiempo amarillo narró con ironía y escepticismo todo lo que consideró que era oportuno decir sobre su propia vida, desde que nació en Lima, lo registró su madre en Buenos Aires y lo trajo su abuela a Madrid hasta que, sentado en el jardín de casa, a la vista de los rosales y frente a los árboles caducos, esperaba casi octogenario la oferta de un nuevo trabajo, a pesar de su gusto por la pereza.

Ocupó durante años el sillón B de la Real Academia, pero su mejor contribución al arte de hablar fue en la larga conversación que desde una silla de cine mantuvo con David Trueba y Luis Alegre al comienzo del nuevo milenio. Quizás fue su último gran papel protagonista: el de Fernando Fernán Gómez.

LA SILLA DE FERNANDO from Buenavida Canal on Vimeo.