Lo único que pretendía era sacar a la luz las diversas cagadas de la existencia humana, empeñado como está el hombre en tropezar una y otra vez en la misma boñiga. Y trataba de hacerlo utilizando para ello el mejor de los cítricos de su tierra valenciana: el humor ácido, cuyo zumo le permitía afrontar las más variopintas situaciones sociales y políticas derivadas, primero, del intolerante franquismo y, más tarde, de la sociedad de consumo que trajo consigo el desarrollismo, de la “santa” transición y de un sistema democrático sustentado en partidos políticos cada vez más burocráticamente ideologizados y menos eficientes.

Creía que al cine lo estropearon los críticos y los intelectuales allá por los años 60, cuando decidieron sacar a la luz las identidades que había detrás de las películas: el director, el guionista, el director de fotografía…, y no dejar que siguieran siendo sus únicas señas las que había delante de las pantallas: las actrices y los actores. Se desveló el truco y el “mago” quedó expuesto al público en toda su desnudez, perdiéndose el encanto de su magia. Si quería conservar algo de ella tenía que convertirse él mismo en el propio truco.

Formó con Juan Antonio Bardem esa pareja feliz en cuyas relaciones cinematográficas se colaba de cuando en cuando el humor de Miguel Mihura, y con Rafael Azcona, una pareja para la eternidad. Quien seguramente seguirá siendo su amigo en la gloria eterna fue el que mejor supo poner en evidencia que sin los rollos de sus películas se nos habría atrofiado el sentido del humor y hubiéramos desaparecido como especie o acabado todos en la cárcel.

Amaba la vida sobre todas las cosas, pero no tenía la suficiente fe como para mover montañas ni creer en las apariciones de los santos. Así nos lo hizo ver aquel lejano jueves en el que tampoco hubo milagro, a pesar del empeño del censor, a quien llegó a proponerle aparecer en los créditos como coguionista de la película. Puro humor negro español que le permitió no renunciar nunca a sus propias ideas ni a perder la libertad a cambio de “situarse”.

Como había leído a Machado y sabía que también la verdad se inventa, dio testimonio –y su testimonio es verdadero– de la venida de Mister Marshall y del modo y manera cómo la comitiva pasó de largo, sin detenerse ni un solo momento en Villar del Río, un pueblo que era cualquier pueblo de España, dejándonos en medio de la pertinaz sequía. Se trata del retrato cervantino de un tiempo histórico convertido en fábula, una denuncia profunda sin necesidad de ponerse solemne gracias a una sabia combinación de sarcasmo y piedad. Parábola de la que nadie nos dio una explicación. Ni siquiera Pepe Isbert que, como alcalde que lo era, no pudo pagar la deuda del festejo organizado para que la verdadera realidad fuera la soñada.

Fueron y vinieron días en los que todo iba ni bien ni mal, como cualquier día. Por Nochebuena tuvo la idea de invitarnos a sentar un pobre a nuestra mesa y a transportar la estrella de Belén en el motocarro de Plácido, un folitre a precio de haiga que había que pagar en “cómodos” plazos a través de letras bancarias, la primera de las cuales caería, si alguien no lo remediaba, sobre el angustiado transportista como una cuchilla de nieve cuando se pusiera el sol y el día abdicara irrevocablemente en la noche en la que “el rey de los cielos está por venir”. Devastadora crítica de la incomunicación humana y corrosiva demolición de la caridad “salvaconciencias” sin tener que hacerse el doliente para reclamar la solidaridad y la comprensión del otro.

Poco después de acabada la cena, tomó el pan de su ironía inteligente y nos lo repartió para que la vida del verdugo no quedara tirada en la cuneta de la memoria, sino que tuviera la capacidad de escurrirse por el tiempo, entrar en la realidad histórica y fecundarla. Quien tenía la capacidad de mostrarse con una refinada crueldad para criticar a la sociedad y sus trampas era capaz de la mayor ternura con el individuo, con cada uno de sus semejantes, ya fueran moros o cristianos, especialmente con las personas más débiles o desamparadas, o con aquellas otras que, arrastradas por los acontecimientos sociales, se ven obligados a vivir una vida no deseada ante la falta de otras perspectivas más esperanzadoras. La escena en la que a José Luis RodrÍguez le flojean las piernas y tiene que ser arrastrado por los guardias a lo largo de una enorme sala blanca hasta la habitación donde supuestamente está instalado el garrote, mientras un grupo de personas acompaña al reo, proporcionándole “fuerzas vivas”, es el alegato más permanente contra la pena de muerte que se haya visto en una pantalla de cine.

Con el año nuevo del nuevo tiempo nos convenció de colgar definitivamente la escopeta nacional en la pared del salón para evitarnos otra guerra incivil o discutir por una vaquilla, a la que había terminado por conquistar el toro de Osborne, que se dejó de cuentos sobre la luna y utilizó la imaginación no para soñar, sino para despertar. 

Antes de quedar con Caronte para persuadirle (esta vez infructuosamente, ¡qué cagada!) de que es mucho más placentero el paseo en barca por las mallorquinas Cuevas del Drach que por la laguna Estigia, depositó en la caja número 1043 del Instituto Cervantes documentos relevantes y secretos, con el encargo de que no se hiciera público el contenido de los mismos hasta el 12 de junio de 2021. Para esa fecha, Luis García Berlanga habría cumplido cien años.

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