Trató de salir de casa por la ventana, con la intención de suicidarse, pero tropezó con el diván de psicoanalista, esa especie de cama turca donde tantas veces se había hecho el dormilón para tener sueños de seductor, ese confesionario horizontal de delitos y faltas, de acordes y desacuerdos en el que había encontrado más utilidad en la posibilidad de disponer de un electricista por la noche que de cualquier divinidad, ese espejo donde se había reconocido, además de enamoradizo y judío a la fuga de sí mismo para no ser nadie y ser cualquiera, neurótico, hipocondríaco, inquieto, tímido, cómico, mimético como un camaleón o un zelig, urbanita neoyorquino, jazzista empedernido, mago frustrado y dramaturgo vocacional hasta el día que descubrió que del monólogo de Hamlet también se puede hacer un chiste.

Por una décima de segundo pudo seguir su trayectoria hacia la acera de la calle 78 o bien caer de bruces en el suelo del salón. Cosas del azar: tuvo suerte en la incertidumbre, como esa pelota de tenis que se balancea sobre la red y acaba cayendo del lado bueno, provocando un match point. No obstante, en el momento del traspajazo, su misterioso vecino le oyó gritar: “cójame que me caigo”, grito que iba dirigido a la doctora que le había contado los cuentos sin plumas de su vida, según descubrió en una sesión de hipnosis inducida por un escorpión de jade.

Únicamente se fracturó la idea de morir por sí mismo y le cogió miedo al hecho de estar de cuerpo presente cuando eso sucediera por cualquier otra causa o por la propia imparcialidad del destino. Fue en ese mismo instante cuando se interesó por el cine, el sitio donde iba a pasar el resto de su vida, una vez que consiguió la financiación para sus películas atracando un banco con una pistola hecha de jabón, pero sin tener que utilizar una sola bala sobre Brodway (las guardó todas para un futuro guion).

El episodio sirvió para que comprendiera que la eternidad se hace demasiado larga, tanto al principio como al final, y que, por lo tanto, no hay necesidad de añadirle un prólogo, que no tiene ninguna razón de ser, ni tampoco un cabo para vivir en los corazones y en las mentes del público. Se convenció de que la obsesión con uno mismo es una traicionera pérdida de tiempo y era preferible seguir viviendo en la casa de uno… y, de cuando en cuando, salir a tocar el clarinete al Carlyle, ver un amanecer en Manhattan junto a una joven de 17 años, desayunar en compañía de uno mismo las deliciosas galletas frenchy (mejor así que acompañado de un galerista pedante o de cualquier otro granuja de medio pelo), invitar a un sándwich de pastrami en el Carnegie Deli a una poderosa Afrodita, sabiendo que siempre te lo agradecerá, compartir una buena conversación con Hannah y sus hermanas a la hora del té y, en fin, enamorarse de una chica tan vitalista como Annie Hall, aun cuando el final no sea el esperado.   

Al tiempo encontró que la lectura sana y que escribir es el mejor de los placebos, que es tanto como decir que es el mejor de los fármacos, y se propuso acabar de una vez por todas con la cultura mediante la pura anarquía: se atrevió a ironizar con Enmanuel Kant y toda la filosofía, con William Shakespeare y su teatro, con las teorías de Albert Einstein (“en esta vida no todo es relativo, hay algunas cosas absolutas: la verdad no existe y esto es absolutamente cierto”), con el marxismo de corte carlista (“el dinero no hace la felicidad…, pero la imita muy bien”) y con el de corte grouchiano (“no te tomes la vida en serio, al fin y al cabo, no saldrás vivo de ella”). Incluso trató de hacer una nueva versión del Nuevo Testamento (“amaos los unos sobre los otros”) y de corregir el refranero español (“hazlo bien y no mires con quién”). Y si no se metió con El Quijote fue por la risa que le provocaban las andanzas de Alonso Quijano y la ternura que le inspiraba Sancho, bastante cercana a la que sentía por Cecilia, la protagonista de La rosa púrpura de El Cairo.

Woody Allen nunca quiso ser su personaje, pero le faltó vocación. Tampoco nosotros creíamos en los seres extraterrestres hasta que apareció en escena un allenígena como él y nos convenció de que el sexo es lo más divertido que se puede hacer sin reír, y reír es lo más divertido que uno puede hacer sin necesidad de bajarse los pantalones. Desde entonces, todos sabemos que, las cosas como son, no sabemos cómo son las cosas de este mundo y que el primer acto de fe que el ser humano necesita es creer en la propia existencia, lo demás es pura creación.

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