El de aquí había iniciado su ganarse la vida en La Codorniz, aquella escuela de inteligencia y humor con formato de revista, creando un personaje que se ganó la popularidad en sólo unas semanas: El repelente niño Vicente.

El de allá se estrenó como sádico asesino de sonrisa inquietante en El beso de la muerte. Aquella película de Hathaway que inauguraba en 1947 una forma nueva de meter miedo en el cuerpo del espectador. De tal actuación obtuvo Widmark notables dividendos: un Globo de Oro, su primera nominación al Oscar como mejor actor secundario y un seguro de vida al ser fichado por la Fox a través de un contrato de siete años. Total nada, para empezar.

Consolidación

Lo de Azcona, siendo rápido, fue más moderado, hasta que en aquella España de finales de los 50 transformase su novela El pisito en el guión que, dirigido por Marco Ferreri, sería la primera de una docena larga de películas en las que la colaboración de ambos garantizaba el éxito y el reconocimiento (que no siempre viajan juntos). Fueron así surgiendo El cochecito, La Grande Bouffe…al tiempo que, mezclado, había irrumpido Berlanga.

Widmark, entre tanto, que se había especializado en complejos papeles de torturado psicópata (La calle sin nombre o El parador sin camino), demuestra su variedad de registros haciendo un papel inolvidable en una de vaqueros, Cielo amarillo, lo que le colocó en el peldaño destinado a unos pocos que permite elegir; exigir. Y exigió protagonizar El demonio del mar, y compartir primer papel con Jack Palance en la inolvidable Pánico en las calles en la que, dirigido por Elia Kazan, enamoró a todas, y a todos, como heroico médico militar.

Luis García Berlanga entró en la carrera de Rafael Azcona en 1961 cuando a través de Plácido, dejaron boquiabiertos a los que pensaban que el cine español estaba atascado. A aquella primera aparición sucedería El verdugo, en la que con la ayuda de un Pepe Isbert deslumbrante, estuvieron a punto de alcanza un Oscar que acabaría por llevarse Ingmar Bergman, un sueco ya por entonces autor de culto que había hecho del silencio de dios y del tormento existencialista todo un modo de hacer (brillante) cine.

Para siempre

Con Berlanga de la mano, o Berlanga firmemente aferrado a sus guiones (que no está claro quién monta tanto o tanto monta) Azcona siguió creciendo. Ahí están Tamaño natural o La escopeta nacional, y  en paralelo el deseo expreso de otros directores por formar parte de sus envites. Así Saura, con el levantaría seis películas, desde aquella mítica Peppermint Frappe, de 1967, hasta el ¡Ay, Carmela! de 1990. Y José Luis Cuerda y Fernando Trueba y José Luis García Sánchez…

Richard Widmark seguía a lo suyo siendo dirigido por Mankiewick, por Fuller, por Otto Preminger, por Stanley Kramer. Ya dando vida al sinvergüenza de Noche en la ciudad, que busca y logra la ruina de quien se cruza en su existencia; ya como compañero de Marilyn Monroe en la desconcertante Niebla en el alma; ya como el carterista de Manos peligrosas.

Por entonces se independiza, crea productora propia y, con irregular resultado, se embarca en proyectos tan distintos como La Santa Juana (Juana de Arco) protagonizada por Jean Seberg;  Vencedores o vencidos, en la que emula de forma extraordinaria al fiscal de los juicios de Nuremberg contra los mandatarios nazis, o los clásicos Dos cabalgan juntos y La conquista del Oeste que contribuirían a engrandecer la leyenda cinematográfica de John Ford.

Hasta bien entrados los 90 siguió actuando. La memoria nos lo retiene como vaquero, como inquietante policía, como desalmado individuo sin escrúpulos, pero sobre todo como actor decisivo en la consolidación para la historia de aquello que hoy conocemos como cine negro.

También firmemente anclada nos queda la labor de Rafael Azcona. Una obra que ha sido justa y repetidamente reconocida. Ahí quedan los Premios Goya de El bosque animado, ¡Ay Carmela!, La lengua de las mariposas, Tirano Banderas, Belle Epoque (la segunda película española en lograr el Oscar), y el que en 1998 se le otorgó por toda su carrera.

Con la primavera del pasado año se marcharon (Widmark a los 93;  Azcona con 82). Desde entonces nos hemos quedado un poco más solos en un patio de butacas que, ya para siempre, los echa de menos.