La historia nos acerca a la huida hacia adelante de tres jóvenes guatemaltecos menores de edad que, como tantos otros millares de sus paisanos, abandonan su aldea para embarcarse en un interminable viaje. A bordo de trenes sin destino cruzarán parajes de inalcanzables horizontes al cabo de los cuales espera, siempre hipotéticamente, “el Dorado” del norte. Allí donde poder iniciar otra y distinta vida.

La clave está en el camino. Un trayecto peligroso e inquietante lleno de experiencias-límite en el que vivirán la amistad, el miedo, la solidaridad, el dolor, la injusticia… Todo vale con tal de encontrar un hueco en Estados Unidos y acariciar el “sueño americano”, ese del que les han hablado tantos otros que les precedieron en ese incierto recorrido.

En el viaje a través de México los jóvenes conocerán a Chauk, un indígena de la sierra de Chiapas que no habla español. Viajando juntos pronto tendrán que enfrentarse a la durísima realidad.

Experiencia

Asistente de cámara del director de fotografía de la película de Ken Loach Tierra y libertad y ayudante de Isabel Coixet en Cosas que nunca te dije, Quemada-Díez llega a su primera propuesta como director tras haber colaborado con cineastas consagrados, como Fernando Meirelles, Tony Scott, Oliver Stone y Spike Lee.

Su corto Quiero ser piloto obtuvo más de cincuenta premios internacionales y, como queda dicho, el largometraje del que hablamos ha sido reconocido en más de veinte festivales.

En el espectador cala la verosimilitud de lo que se cuenta, un propósito del que el director español ha hecho objetivo: “Batallé mucho para hacer que la historia se sintiera real, que tuviera una estructura dramática. Quizá por eso me llevó mucho tiempo realizarla. Quería hacer una mezcla entre documental y ficción. Al final me di cuenta de que lo que necesitaba era concentrar en la figura de un niño los testimonios que había recopilado”.

“En ningún lugar del mundo somos ilegales”

Diego Quemada

 

Tras señalar que los migrantes viven en unas condiciones cercanas a la esclavitud en medio de un sistema que pregona la democracia y la libertad, Quemada-Díez evoca el testimonio de una de las personas cuya experiencia le sirvió de inspiración a la hora de fraguar el relato.

Juan Menéndez, un mexicano que viajó en los mismos trenes que la película retrata, le había dicho: “Se aprende mucho en el camino, aquí todos somos hermanos. Todos tenemos la misma necesidad, lo importante es aprender a compartir. Sólo así podemos caminar, sólo así podemos llegar, sólo un pueblo unido puede subsistir. Como seres humanos en ningún lugar del mundo somos ilegales”.

El discurso del director español no se anda por las ramas: “La realidad social de Latinoamérica exige un cine comprometido con el estado de las cosas. Me interesa hacer un cine profundamente arraigado con el momento que nos ha tocado vivir. El realismo verdadero lo contiene todo: la fantasía y la razón, el sufrimiento y la utopía, la alegría y el dolor de nuestra existencia. Quiero dar voz a los migrantes: seres humanos que ante la pobreza y la impasibilidad de las autoridades nacionales e internacionales, desafían el orden fronterizo establecido y deciden emigrar sin documentos, jugándose la vida”.

“Es mi sueño”, relata el director desde su firme compromiso, “que durante la proyección se disuelvan las fronteras que nos separan para así poder subirnos a otro tren. Un tren en el que el destino no es tan importante, un tren el que somos conscientes de que viajamos juntos, un tren en el que en el que los obstáculos se convierten en algo que nos inspira a celebrar nuestra existencia desde el respeto y la conciencia más allá de nacionalidades, razas, estatus y creencias”.

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La jaula de oro
Director: Diego Quemada-López
Guión: Lucía Carreras. Gibrán Portela. Diego Quemada-López
Intérpretes: Ramón Medina. Brandon López. Rodolfo Domínguez. Carlos Chajon. Karen Martínez.
México/ 110 minutos