Obaba es el territorio en el que Atxaga ubicó a unos personajes en carne viva que se incrustaron para siempre en el corazón de los lectores. Supimos del profesor de Geografía que rememora su extraña relación con una chica que solo conoce por cartas. De la joven maestra que tiene que aprender a combatir la soledad aislada en un inhóspito invierno. Del niño que no sabe si es o no un jabalí. Del escritor cuya vida se transforma tras el descubrimiento de un detalle decisivo al ampliar una vieja foto de la escuela. De las paseantes varadas en la pasión de unos amores pasados que el tiempo devino en imposibles…

Punto de partida

«Si yo considerara que existe lo que algunos llaman mundo rural –explica Atxaga– no habría escrito Obabakoak. La división entre lo rural y lo urbano tiene sentido cuando hablamos de economía. Pero en la literatura la aproximación a la realidad es otra. Es anterior a adjetivos como rural.

Empecé a escribir sobre Obaba después de una visita al Museo Arqueológico de Nápoles. Allí vi un mosaico de Pompeya donde unas niñas jugaban a las tabas. Pensé que ese juego yo lo había visto en mi infancia. Ese fue el punto de partida. Considerar que el mundo de mi infancia tenía un cierto parecido con el de Pompeya, y que era antiguo».

Veinticinco años

A_Euskaraz_1988«Veinticinco años son mucho o no son nada». Lo dice quien es consciente de que el tiempo no pasa en balde, «ni el mundo es el mismo ni yo lo soy». Quien piensa que «en creación todo es movimiento». Quien se siente orgulloso de que Obabakoak no sólo resista el paso de los años sino que siga sumando reconocimientos y adeptos, «aunque acaso hoy la hubiera escrito con algo menos de carga literaria». Quien se muestra satisfecho de la adaptación al cine de su obra emblemática: «Le debo mucho a Montxo Armendáriz. Es posible que hoy el libro fuera mucho menos conocido si no fuera por la película. Es verdad que algunas partes tienen más fuerza en el papel, pero otras creo que ganan en la pantalla».

Dinámico y conversador, «aunque en el entorno de mi familia soy bastante callado», salta Bernardo Atxaga de una cuestión a otra sin esfuerzo aparente y sin eludir tema alguno. Habla y al hacerlo mueve de continuo las manos que, acordes con el tono de su voz, se crispan o se relajan enfatizando cada una de sus frases.

Entender lo real

«Lucho por entender lo real», dice quien se declara persona de buen humor y talante, satisfecho de vivir y extremadamente individualista, «escribo desde mi propia experiencia», y sentirse en un entorno en transformación.

No se está quieto ni física ni mentalmente. Hay un bulle-bulle en su interior que cala en quien tiene delante. Es fácil percibir, por ejemplo, como sopesa cada palabra. Las matiza y al dejarlas en el aire expresan con claridad el sentido exacto que él ha querido darles; además, pregunta si se le ha entendido: «Sí, es obvio que el lenguaje es fundamental. Cada palabra es importante. Hay un tipo de lenguaje que me interesa especialmente, es el de los llamados lugares rurales. Pienso que poéticamente es superior».

Creo en Montaigne

Escritor bilingüe, «escribo indistintamente en euskera y en castellano, tengo la suerte de poder utilizar dos lenguas tan diferentes en todo», hijo de una maestra y un carpintero, «mis orígenes tienen que ver con ese algo artesanal que tiene lo que hago», y licenciado en Ciencias Económicas y en Filosofía y Letras, su formación pesa y un punto filosófico trasciende, así lo reconoce, en lo que hace, en lo que opina, en lo que escribe.

«Me interesa lo profundo», afirma, y cuando se le pregunta con qué escritores se siente intelectualmente en deuda, no duda: «Creo que con Montaigne, al que tengo siempre cerca, en la mesilla de noche. También soy consciente de que en mi forma de entender la poesía tiene mucho que ver Berthold Brecht».

Habla también de Lewis Carroll y de Bepe Zinoglio quien declara no distinguir entre géneros literarios. «Me pongo a escribir y las cosas se van mezclando. Dejo que el escrito fluya sin encorsetarlo».

Ahora…

Ahora ultima Días de Nevada un libro en el que cuenta su experiencia en Estados Unidos y que publicará el próximo otoño. «Unos textos marcados por imágenes de la muerte. De lo que ya no está».

Una obra en la que, como en tantas otras ocasiones en el quehacer de este autor, lo plástico juega papel protagonista porque, como concluyen al unísono Bernardo Atxaga y Joseba Irazu, o Joseba Irazu y Bernardo Atxaga, –»ahora soy dos personas en una»–,  desde siempre «el arte ha sido esencial para mi ser y estar en el mundo».

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