Al margen de la carrera de CRAG, que llegaron a sacar otros dos discos más, Guzmán estuvo en los primeros años ochenta al frente de Cadillac, apuntándose al fenómeno de la nueva ola y logrando varios éxitos importantes, sobre todo en varios países de América Latina. Desde la segunda mitad de aquella década ha seguido siempre trabajando en la música, componiendo y grabando para otros artistas, escribiendo para publicidad e incluso participando en grandes musicales. Además, ha seguido apareciendo ocasionalmente en directo, tanto en formato acústico como con su banda, Los Hobbies.
—¿Cuáles son tus primeros recuerdos musicales?
Desde muy pequeño, con cinco o seis años, yo correteaba por el pasillo de casa, jugando, y oía de fondo la radio que estaba escuchando mi abuela todo el tiempo, porque ella se había quedado ciega y tenía siempre puesto el canal de música clásica de Radio Nacional. Aunque yo no prestara atención especialmente, lo cierto es que iba empapándome de aquella música, sin darme cuenta. Pero recuerdo un día concreto en el que estaba sonando El vals de las flores, de Chaikovski, y cuando entraron los chelos en menor creo que fue el momento en el que me hice músico. Ya antes me gustaba la música, pero fue entonces cuando me di cuenta de lo importante que era para mí.
—¿Era una afición en solitario o tenías algún hermano o amigo con el que la compartías?
Mi hermano, que era nueve años mayor que yo y que para mí era el maestro, el que me enseñaba. Él era el cantante de un grupo, Los Diamantes Negros, que eran incluso anteriores a Los Brincos. Pero es que, además, mi padre trabajaba en un estudio de grabación que había en la Puerta del Sol y toda la música que venía de fuera la podía grabar en un disco de vinilo y nos la traía a casa, con lo cual teníamos acceso a la mejor música del momento: Elvis, Los Tornados, The Shadows… Mi padre era poeta y letrista y también dibujaba; era técnico de sonido… Mi tío, también muy cercano, tocaba el piano y componía… Todo eso me influyó mucho, claro. Y ya cuando vinieron The Beatles fue el despertar total para mí con respecto a la música.
—¿En esa época estabas ya estudiando en el conservatorio?
Sí, yo tendría quince o dieciséis años cuando empecé a estudiar música. Ya tocaba la guitarra y el bajo, pero a mí me gustaba mucho el chelo, precisamente por la anécdota que te contaba del Vals de las flores, de Chaikovski… Me planteé hacer piano, pero es lo que todo el mundo hacía, así que me apunté a chelo. Y bueno, ahí lo tengo en casa, el mismo chelo que me compré entonces en la calle Santiago, a un luthier que se llamaba Coll.
—¿Qué piensas tú de ese debate típico sobre si una formación clásica ortodoxa restringe de algún modo la creatividad?
No estoy muy seguro… Para mí, el haber escuchado mucha música clásica de pequeño me ha hecho recto en la armonía, y eso te marca mucho la forma en la que la música entra en ti, te hace ser como eres. Yo siempre digo que soy un melody maker, como puede ser, salvando las distancias, claro, Paul McCartney, que da un golpe a una cuchara y te hace una canción. Eso te hace seguir un camino por el que no te lleva el jazz, ni el punk ni el heavy, por ejemplo, pero por el que sí te lleva el pop: música con una melodía precisa, bonita, que busca la belleza en la armonía.
La verdad es que nunca me he sentido limitado. Seguramente tendré esa limitación, pero siempre me he sentido bien por el camino que he tomado; me he sentido a gusto y nunca he sentido que no pudiera hacer lo que quería hacer.
—¿Recuerdas un momento concreto en el que te das cuenta de que la música va a ser a lo que te vas a dedicar?
Sí… No sé si un momento, pero sí una época bastante concreta. Yo estaba en el bachillerato, donde formé mi primer grupo. Había sacado buenas notas y mis padres me regalaron un bajo eléctrico Höfner, como el de Paul McCartney, que había costado 6.900 pesetas, que entonces era una pequeña fortuna. Ahí empecé a tocar con grupos y luego a acompañar a Micky en la época de «El chico de la armónica». Y ya desde los quince años empiezo a ganar algo de dinero. Luego va pasando el tiempo y sigo viviendo de la música… ¡hasta hoy!
—¿Cuándo surge el germen de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán?
Yo estaba ya tocando como músico de sesión y me habían llamado para tocar el bajo en el disco de José y Manuel, el dúo de los hermanos José Antonio y Manolo Martín, y ahí fue cuando conocí a Rodrigo, que fue como un enamoramiento a primera vista. Rafael Trabucheli, que era el productor, fue el que nos empujó a formar un grupo. Entonces yo llamé a Cánovas, Juan Robles Cánovas, que estaba en un grupo que se llamaba Franklin, de rock progresivo, pero que estaban ya medio separados. Faltaba la voz aguda y yo sugerí a Adolfo, que es el que mejor canta en el plan que nosotros queríamos, de grupo. Porque no queríamos un cantante tipo Nino Bravo, solista, que destacara, sino cuatro cantantes que juntos hiciéramos algo especial. Cánovas hacía la voz grave, yo hacía la voz media y la aguda la hacía Adolfo. Y luego estaba Rodrigo, que estaba en otro plano, porque él siempre ha sido muy Dylan; iba a su aire y no importaba mucho si afinaba o no… pero tenía su personalidad y sus letras, que eran muy buenas, claro.
Antes habíamos hecho el disco de Solera, que habíamos hecho los hermanos Martín y Rodrigo y yo. Salió muy bien, pero apenas pudimos trabajar con él, porque el grupo se separó enseguida… Las cosas se pusieron complicadas porque Rodrigo es un personaje difícil, siempre lo ha sido, y a lo largo del tiempo hemos visto que los grupos en los que ha estado se han ido rompiendo, sobre todo, por él. Tiene todo el valor del mundo como artista, como compositor, pero, bueno, como persona es complicado.
—Una dificultad añadida para CRAG fue que el modelo que proponíais, cercano a lo que se hacía en la Costa Oeste en Estados Unidos, aquí era una rareza. ¿Cómo crees que encajabais en la escena musical española de la época?
Sí, el ambiente en general era distinto a lo que hacíamos nosotros. Los grupos que funcionaban eran los de la canción del verano: Fórmula V, con «Eva María se fue»; Los Puntos; Los Diablos, en Barcelona… Nosotros, que éramos unos hippies con barba, melena y pantalón de campana, éramos muy raros. Nos decían: «¿Dónde van estos con esas letras y esas canciones?». Pero era lo que nos gustaba y lo que sabíamos hacer. Y Trabucheli nos apoyó mucho, fue muy importante para nosotros. Tuvo la visión o la apertura mental de firmar con nosotros en Hispavox, donde, por cierto, había también otros grupos interesantes, como Los Ángeles o Los Módulos.
—El primer disco de CRAG es reconocido como una de las joyas del pop español, pero en su momento pasó casi desapercibido. ¿Fue frustrante que no pasara nada con él?
Sí, pero, bueno, también es culpa nuestra en parte, porque no tuvimos continuidad, un poco por lo que te decía antes de Rodrigo, con quien era difícil mantener esa estabilidad. Pero sí, mientras los grupos de entonces se mataban por escribir la canción del verano, nosotros hacíamos «la canción del invierno», mucho más triste, más fría y más lluviosa… quizá más intensa y más bonita, pero claramente menos comercial.
—¿Qué peso tienen aquellas canciones a lo largo de toda tu carrera? ¿Cómo llevas el hecho de que siempre tengas que tocarlas porque son las que el público espera?
Es un repertorio que ha ido conmigo toda la vida, porque yo sigo haciendo conciertos en acústico, con el hijo de Cánovas, que toca el piano, y, claro, la gente viene a escuchar Señora azul, Solo pienso en ti, Linda prima, Las calles del viejo París… y hago todas esas, pero no tengo ningún problema con eso. Son canciones que me gusta tocar y no me canso de hacerlo.
—Además de componer e interpretar, has hecho un montón de cosas en la música: producciones, música para publicidad, musicales… ¿Cuál de esas facetas es tu favorita?
Bueno, yo siempre he sido «grupero». A mí me gusta trabajar en equipo, hacer voces… Mi ideal ha sido tocar en un grupo. En los noventa, cuando Rodrigo se fue, nos quedamos Cánovas, Adolfo y yo, que éramos como Crosby, Stills & Nash, y seguimos haciendo cosas. Y yo eso lo disfrutaba mucho. Luego Cánovas se puso malo, Adolfo hizo otras cosas y cada uno fuimos yendo un poco por nuestro lado. Pero tocar es lo que más me gusta. Ahora toco de vez en cuando con mi grupo, Los Hobbies, con los que llevo ya un montón de años. Pero, claro, eso es otra cosa, porque hacemos sobre todo versiones.
También he estado trabajando de actor, en musicales. Sobre todo en We Will Rock You, haciendo un personaje que se llamaba Pop… Era un trabajo duro, porque tenías que estar ahí actuando y cantando todos los días al pie del cañón, con dos sesiones diarias muchas veces, pero lo disfrutaba mucho. También he hecho publicidad, canciones para películas, de Disney, por ejemplo… La verdad es que me gusta todo lo que hago y siempre le saco la parte positiva. Si tengo un bolo acústico, o como sea, pues estupendo; pero, si no lo tengo, estoy en casa y me pongo a hacer arreglos de las canciones nuevas.
—Después de tantos años, sigues haciendo canciones. ¿Cómo es para ti el hecho de componer? ¿Es algo para lo que tienes que dedicar un tiempo y unas condiciones específicas o te sale de forma espontánea?
Es más bien lo segundo. Sale solo, con una guitarra o dando un paseo… Hombre, tengo que estar bien; si estoy de bajón por lo que sea, no me sale nada. Es un tópico que las canciones mejores salen cuando estás triste, que puede ser, pero desde luego no es mi caso. Yo tengo que estar bien, con energía. Entonces, si me surge algo que tiene buena pinta —una melodía, una idea—, lo grabo en el teléfono y luego voy trabajando sobre ello.
—¿En qué proyectos estás trabajando ahora?
Hemos hecho ya un disco, que está terminado, que es una especie de despedida, y lo hemos hecho Cánovas y yo, sin Rodrigo y sin Adolfo, porque en el último momento no se han apuntado. Se va a llamar Y, al final, Cánovas… y Guzmán. Son siete temas de Cánovas que hizo en los años noventa, grabados en su estudio, y otras siete canciones mías de diferentes etapas. Todo canciones nuevas, inéditas. También hay una canción, «De Madrid a donde estés», que la cantamos Cánovas y yo, pero también con Adolfo, un tema muy bonito, creo yo. Es una despedida, un hasta siempre.
—A lo largo del tiempo, e incluso en los últimos años, os habéis reunido esporádicamente para hacer conciertos. ¿Eso ya no va a ser posible?
No, porque Juan —Cánovas— tiene una enfermedad degenerativa y ya no tiene posibilidad de hacer nada en directo. Por eso quiero sacar esto ya, cuanto antes. Para que lo podamos disfrutar.
—Fundaste Cadillac en la época de la nueva ola, y era un grupo un poco a imagen y semejanza de los grupos de aquella época, pero no llegasteis a conectar con esa escena. ¿Por qué crees que no hubo esa conexión?
Es que éramos como los hermanos mayores de esa generación. Yo creo que, al ser unos años mayores que ellos, no teníamos ese espíritu tan fresco como la gente que entonces empezaba a tocar la guitarra y a la que no le importaba si estaba desafinada o no, y a la que le parecía que todo valía. Eran los ochenta y veníamos de una dictadura, en la que CRAG tuvimos que enfrentarnos a la censura, que nos decía si esta canción podía publicarse o no. Pero en los ochenta es como si hubieran abierto las puertas del colegio y hubiera salido todo el mundo al recreo, pegando gritos y a lo loco. Eso era estupendo, pero a nosotros nos gustaba hacer las cosas bien: éramos más perfeccionistas; las voces tenían que estar afinadas, las guitarras…
—Aun con esa distancia, ¿os gustaban algunos grupos de aquella generación posterior a la vuestra?
Sí, claro, había cosas muy buenas. Me encantaba The Police, New Musik, algunas cosas de Duran Duran, Squeeze, que eran unos dignísimos sucesores de The Beatles… Y también había grupos españoles muy buenos, claro.
—¿Fue la época en la que más cerca del éxito estuviste?
Sí, con Cadillac hicimos muchas cosas y nos fue muy bien, sobre todo, más que en España, en América, del Norte y del Sur, porque teníamos un mánager que era el mismo de Camilo Sesto, y nos propuso hacer una gira como teloneros de Camilo Sesto, cuando él allí arrasaba, tenía un éxito tremendo. Fuimos a un montón de ciudades, tanto en América Latina como en Estados Unidos, y fuimos muy conocidos. Hicimos televisiones, ganamos dinero… Luego hicimos el Festival de Eurovisión con una canción mía que se llamaba «Valentino» y quedamos los décimos, que no está mal para ser el primer grupo pop moderno que se presentaba. Pero sí, tuvimos mucha suerte de que nos pasaran todas esas cosas.
—En general, ¿cómo estás de satisfecho con lo que te ha dado la música a lo largo de la vida?
No me he hecho rico, pero he vivido y vivo bien; no necesito más de lo que tengo. Hay gente jubilada que se dedica a jugar al dominó o a las cartas, que me parece estupendo, claro. Pero mi vida es otra cosa: es componer, cantar, grabar canciones. Ahora lo tengo que hacer yo solo prácticamente, porque no tengo técnico ni nadie que me ayude… Pero tengo un buen micro, unas buenas guitarras y con eso me las apaño.
Ya no trabajo con compañías de discos, porque lo que te ofrecen es mucho menos de lo que te quitan. Antes podía estar justificado por un gasto importante en la producción del disco y en promoción, pero ahora apenas hacen nada y se llevan un 90 % de las ventas, y eso no tiene sentido. Prefiero hacerlo yo todo, tener mi propia editorial y mi propio sello y no depender de nadie.
—Siempre has estado trabajando en cosas relacionadas con la música, pero ¿te ha gustado también estar al día de lo que se iba haciendo en cada época?
Sí, pero me fijo sobre todo en las cosas que me interesan, porque es verdad que hay música que no entiendo. Hay otras cosas que no son lo mío, como puede ser Rosalía, pero que me parece que está muy bien. Y luego voy a menudo a ver conciertos en salas pequeñas, grupos nuevos, tanto españoles como de fuera. Me gustan mucho Los Estanques, por ejemplo, que es un grupo muy diferente a casi todo lo que se hace ahora. Van cambiando de disco a disco, buscando sonidos e ideas nuevas. También vi hace poco a Sharp Pins, que estaban muy bien, porque era un poco como ver a The Beatles del 63 o 64. La verdad es que sí me gusta ver y escuchar cosas nuevas todo el tiempo.
Velada Perdida
Balas Perdidas, nuestro boletín para gourmets del rock and roll, presenta este jueves 19 de febrero una nueva Velada Perdida en la que su director, Pablo Carrero, conversará con José María Guzmán acerca de sus discos favoritos.
La velada se cerrará con una actuación acústica en la que Guzmán estará acompañado al piano por Juan Robles (Cánovas Jr.).
Madrid. Velada Perdida con José María Guzmán
Jueves 19 de febrero. 20.30 h. Wild Thing Bar. Calle Martín Machío, 2
Entrada: 10 euros con cerveza















