La muestra, comisariada por Isabel Tejeda, ocupa la planta cuarta del Palacio de Cibeles y establece un diálogo directo con su espectacular arquitectura. Más de medio centenar de obras conforman esta gran instalación pictórica, cerca de veinte concebidas específicamente para la ocasión. No se trata de una simple reunión de piezas, sino de una intervención que transforma el espacio en un ámbito de recogimiento. En el núcleo del recorrido, una obra que recuerda la estructura de un retablo —recurso habitual en la trayectoria del artista— se alza en sintonía con la monumentalidad del edificio, sugiriendo la presencia de un ábside contemporáneo donde la pintura reclama silencio.
Garcerá adopta una posición crítica ante la cultura visual acelerada, aunque lo hace desde la poesía. Frente a la mirada superficial que impone el consumo incesante de estímulos, reivindica otra forma de atención. Sus cuadros invitan a demorarse, a entrar en ellos casi sin advertirlo, como si el espectador se reflejara en una superficie que devuelve preguntas más que certezas. La propuesta no se limita al plano estético; encierra también una dimensión ética que apela a la introspección.
En sus grandes sedas y en los delicados dibujos sobre papel japonés conviven ecos de Fra Angelico o Manet con escenas vinculadas a su entorno cotidiano, a su taller y a su biografía afectiva. Naturalezas abandonadas, arquitecturas en ruina o en tránsito, espacios que parecen suspendidos en un instante previo a la desaparición. Cada obra acumula signos y referencias metalingüísticas, pero también afectos y energía emocional. Como explica la comisaria: «Son obras que de forma poética abordan cuestiones urgentes como la crisis ecológica, la desigualdad, la precariedad global y la urgencia de recuperar valores éticos y espirituales y que reclaman reflexión, silencio e introspección al visitante. A recuperar la inocencia perdida».
El título remite a la figura del pájaro solitario descrita por san Juan de la Cruz, cuya actitud de mantener el pico elevado alude a una disposición activa del alma contemplativa. Esa imagen dialoga con otra influencia decisiva, el Diván entre Oriente y Occidente de Goethe, donde tradición oriental y occidental se entrelazan. En esa convergencia cultural late también la aspiración de Garcerá a un conocimiento que trascienda fronteras y simplificaciones.
Con El pico al aire, Garcerá firma su primera muestra monográfica institucional en Madrid. Más que un balance, la exposición se percibe como una toma de posición. Ante la aceleración que domina la experiencia contemporánea, la pintura se erige aquí en refugio. Un lugar donde detenerse no equivale a retirarse, sino a mirar con mayor hondura.
Potencia visual
Javier Garcerá reside en Madrid desde hace más de 25 años, donde llegó gracias a una beca de la Casa de Velázquez tras residir en Roma, Milán y París. Su obra pictórica destaca por su coherencia estética y profundidad poética. Mediante complejos registros técnicos y formales, se caracteriza por una sutil potencia visual que le confiere una reconocida singularidad en el contexto del arte contemporáneo.























