La muestra, organizada junto al Ministerio de Cultura, el Museo Sorolla y la Fundación Museo Sorolla, reúne en un mismo espacio piezas que rara vez abandonan la casa madrileña donde el artista vivió y trabajó. La circunstancia excepcional del cierre temporal del museo para su ampliación y rehabilitación ha permitido este traslado inusual. El resultado ha sido un acontecimiento expositivo difícil de repetir, tanto por la calidad de las obras como por su significado simbólico.
Sesenta lienzos trazan un recorrido que avanza en paralelo a la biografía del pintor. Desde los años de aprendizaje entre Valencia e Italia, cuando el joven Sorolla ya evidenciaba una intuición luminosa y una destreza precoz, hasta la etapa de consolidación en Madrid, marcada por premios y reconocimientos que lo situaron en el circuito internacional. La exposición, comisariada por Enrique Varela, director del Museo Sorolla, articula ese tránsito con un relato claro y envolvente.
Obras fundacionales
Compuesta por cerca de mil cuatrocientas obras, la colección de pintura del Museo Sorolla es la más importante del mundo, siendo la referencia por número, calidad y variedad de géneros representados. Obras de las que no se quisieron desprender ni Sorolla ni su esposa Clotilde a lo largo de sus vidas y que son las fundacionales del Museo, creado en 1931 por voluntad de su viuda. La mayoría de las ahora presentadas se exponen en la Fundación Bancaja por primera vez.
Entre las piezas seleccionadas figuran algunas de las imágenes más reconocibles de su producción. Paseo a la orilla del mar, El baño del caballo y La siesta dialogan con ¡Triste herencia!, obra perteneciente a la colección de la Fundación Bancaja con la que el artista obtuvo el Grand Prix en la Exposición Universal de París de 1900 y alcanzó su consagración internacional. Juntas componen una panorámica que combina intimidad y ambición, experimentación y éxito.
El retrato ocupa un lugar destacado. No tanto el de encargo, sujeto a convenciones sociales, sino el que Sorolla dedicó a su entorno más cercano. En esas escenas familiares aflora una libertad mayor, una pincelada más espontánea y una cercanía que trasciende la pose. El espectador percibe al pintor sin intermediarios, atento a la vibración de la luz sobre los rostros y los tejidos.
El mar, motivo central en su iconografía, reaparece como territorio de exploración plástica. Son obras que el propio artista decidió conservar, quizá consciente de que en ellas se concentraba su investigación sobre el color y el movimiento. Las playas y las aguas abiertas no son simples escenarios, sino espacios donde la pintura se expande y respira.
El recorrido se adentra también en la pintura de jardines, más recogida y silenciosa, y en esa crónica visual de la España de su tiempo compuesta por tipos populares y paisajes que hoy funcionan como memoria histórica. La estancia en la Cala de San Vicente, en Pollença, en 1919, cierra el itinerario con la intensidad de un último diálogo con el Mediterráneo.



























