¿Quieres estar al día del arte y la cultura?

 

Suscríbete GRATIS a nuestro boletín. Más de 25.000 personas ya lo han hecho

 

 

¿Quieres ver los últimos enviados?

 

 

 

Gal fue la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Pintura, en 1959. Su trabajo, marcado por una personalidad firme y una mirada independiente, desbordó los convencionalismos de su tiempo y dejó una huella reconocible por su intensidad cromática y su libertad expresiva.

Organizada en colaboración con la Fundación Menchu Gal, la exposición reúne cerca de cincuenta piezas que recorren su producción. Dos décadas después de su última individual en Madrid, la capital vuelve a acoger una selección significativa de su legado, con obras procedentes de colecciones particulares, del Ayuntamiento de Irún y de la propia fundación.

El itinerario permite seguir la evolución de la artista a través de distintos géneros. El paisaje ocupa un lugar central, impulsado por su descubrimiento de Castilla bajo la influencia de Benjamín Palencia. A ese territorio se suman los escenarios del norte, como el Bidasoa o el valle de Baztán, así como sus vistas urbanas de Hondarribia y sus marinas, siempre vibrantes y llenas de color. Madrid, ciudad en la que vivió durante más de medio siglo, también aparece en sus lienzos a través de tejados, azoteas o escenas nocturnas.

Menchu Gal trabajando en su estudio, h.1960.

En los retratos, la pintora busca ir más allá de lo visible. Su pincelada, intencionadamente suelta, se concentra en desvelar el carácter de los modelos, con especial atención a las figuras femeninas. Los interiores, por su parte, revelan un interés por lo doméstico, donde la luz, los objetos y los detalles construyen atmósferas serenas. En los bodegones, esa misma mirada se traduce en composiciones en las que libros, flores o frutas cobran protagonismo gracias a una gama cromática luminosa y dinámica.

La exposición también sitúa su biografía como clave para entender su trayectoria. Su formación comenzó de manera precoz en París, con solo 13 años, donde estudió con Amédée Ozenfant, figura vinculada al cubismo. Más tarde continuó en Madrid, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, antes de que la Guerra Civil la llevara de nuevo a Francia. Allí entró en contacto con diversas corrientes de vanguardia, una experiencia que marcaría su sensibilidad sin encasillarla en ningún movimiento.

Instalada definitivamente en Madrid desde 1945, su participación en la Escuela de Vallecas consolidó su camino. A lo largo de su extensa carrera —realizó 70 exposiciones individuales y 232 colectivas— participó en numerosas citas internacionales, como la Bienal de Venecia (1950 y 1956), la II Bienal Hispanoamericana de Arte en La Habana (1954) o la Exposición Universal de Bruselas (1958).

Independencia

Menchu Gal creó un universo pictórico propio que trascendió los convencionalismos y reflejó su espíritu inquieto y cosmopolita. Sus pinturas, que destacan por su paleta cromática, su luminosidad y su expresividad, son el reflejo de un carácter independiente forjado por el convulso y complejo siglo XX. Aunque estuvo en contacto con las vanguardias, sus pinturas no se enmarcaron en ninguna corriente, adquiriendo un «estilo único y libre que las hace inconfundibles», en palabras de Marisa Oropesa, comisaria de la exposición.