La propuesta, comisariada por Blanca de la Torre, no se limita a ocupar el espacio expositivo, lo reconfigura por completo hasta convertirlo en una experiencia inmersiva que invita a mirar —y escuchar— lo que habitualmente permanece oculto.
La instalación propone imaginar qué ocurriría si el suelo del museo se levantara para revelar lo que sucede debajo. Desde ese gesto hipotético, Candiani construye una ficción ecológica que desplaza la atención hacia las profundidades, un territorio donde convergen memoria, biología y cultura. El resultado es un recorrido que funciona como el corte transversal de una planta inventada, un organismo expandido en el que cada elemento mantiene una relación activa con el resto.
Nada más cruzar el umbral, la exposición plantea un cambio de ritmo. La luz se atenúa y obliga a que la mirada se adapte poco a poco. En ese proceso, lo invisible empieza a tomar forma. La artista propone así una metáfora directa sobre el mundo subterráneo, anterior a la presencia humana y destinado a persistir más allá de ella.
Grieta fértil
El itinerario se inicia con Tabularium Botanicum, una antesala concebida como archivo. En vitrinas se despliegan láminas históricas procedentes de la Universitat de València, junto a dibujos especulativos realizados por la propia artista. Este diálogo entre documentos científicos y representaciones imaginadas abre una grieta fértil entre conocimiento académico y saberes alternativos, un terreno híbrido que prepara al visitante para lo que vendrá después .
A continuación, el espacio se expande hacia Substratum vivum, el núcleo orgánico de la instalación. Aquí, plantas vivas, estructuras suspendidas y esculturas de vidrio soplado conviven en una suerte de paisaje en transformación constante. Las piezas, agrupadas en clústeres, emergen entre la vegetación o parecen flotar sobre ella, generando una transición fluida entre lo natural y lo fabricado. No hay jerarquías claras entre los elementos. Todo responde a una lógica relacional que remite a los sistemas radiculares de las plantas.
En ese entramado, el visitante deja de ser sólo un observador. La disposición de los cuerpos, la iluminación y el sonido lo integran dentro del propio sistema. Esa implicación física resulta clave para entender la propuesta de Candiani, que trabaja desde hace años en la intersección entre arte, ciencia y tecnología, explorando formas de conocimiento que desbordan los límites disciplinares.
Uno de los puntos de mayor tensión conceptual se encuentra en el centro de la sala. Allí se sitúa un raizotrón, un dispositivo científico real que permite observar el crecimiento de las raíces sin alterar el suelo. Su presencia introduce una dimensión empírica dentro de un entorno dominado por la especulación. Frente a las formas imaginadas, el raizotrón ofrece evidencia directa de esa inteligencia vegetal silenciosa, basada en procesos lentos, en la memoria y en la adaptación al entorno.
Inteligencia vegetal
El recorrido continúa con Tectum vivum, donde las raíces ya no emergen desde la tierra sino que cuelgan en el aire. Plantas acuáticas suspendidas en recipientes de vidrio trazan líneas verticales que alteran la percepción del espacio. La gravedad parece invertirse y el visitante queda envuelto en una cartografía que conecta agua, aire y luz.
La experiencia se amplía con dos proyecciones audiovisuales, Subterra y Abyssal, que funcionan como ventanas hacia escalas inaccesibles. Sus imágenes remiten tanto al mundo microscópico como a la observación astronómica, estableciendo un diálogo entre dos formas de profundidad. Estas piezas refuerzan la estructura radial de la instalación y amplían su alcance más allá de lo visible a simple vista.
El sonido desempeña un papel decisivo en esa expansión sensorial. Una composición octofónica recorre la sala a través de ocho canales, envolviendo al espectador en una arquitectura invisible que modula la percepción del espacio. No se trata de un acompañamiento, sino de un sistema que articula la experiencia y sugiere otras formas de relación con el entorno.
La propia arquitectura del IVAM ha sido intervenida para acoger esta lógica orgánica. Las esquinas de la sala se han curvado, generando un espacio envolvente que responde a un patrón radial inspirado en un diagrama botánico encontrado en el Jardín Botánico de València. La instalación adopta así la forma de una planta imaginada, cuyo centro, ejes y nodos distribuyen los distintos elementos del recorrido.
Interdependencia
Esta transformación no es meramente formal. Refuerza la idea de que el museo puede comportarse como un organismo, una noción que conecta con la línea de trabajo ‘Museo Anfibio’ impulsada por la institución. En ese marco, Radix se presenta como un territorio donde confluyen prácticas artísticas, investigación científica y saberes tradicionales, proponiendo una lectura del mundo basada en la interdependencia.
Candiani no pretende representar la naturaleza tal y como se conoce. Su interés se sitúa en el terreno de lo posible. La artista se apoya en estudios recientes sobre neurobiología vegetal que cuestionan la idea de las plantas como organismos pasivos. A partir de ahí, imagina escenarios en los que lo vegetal despliega formas de inteligencia complejas, basadas en redes de comunicación química y eléctrica.
La exposición plantea, en última instancia, una pregunta sobre la forma en que habitamos el mundo. Frente a una mirada centrada en lo humano, Radix propone un desplazamiento hacia otras temporalidades y otras sensibilidades. El visitante sale de la sala con la sensación de haber transitado por un sistema vivo, donde cada elemento respira, se relaciona y transforma.
El proyecto podrá verse en el Centre Julio González del IVAM hasta septiembre, antes de itinerar a LABoral (Gijón) en 2027. Su paso por València consolida la presencia internacional de Candiani y confirma el interés creciente por propuestas que sitúan el arte en diálogo directo con los grandes debates contemporáneos.
Otras formas de percibir
Para la comisaria de la muestra, ésta «invita a otros modos de atención y de escucha. Es importante recorrerla con calma, dejar que la vista se adapte a la oscuridad y percibir poco a poco el ecosistema». De hecho, como recuerda la artista, «Radix propone ampliar nuestras capacidades perceptivas. Aunque no escuchemos ciertas frecuencias, estas afectan a nuestro cuerpo. Nos atraviesan. Se trata de abrirnos a otras formas de percibir, más allá de nuestros límites habituales».
























