Organizada por The Photographer’s Gallery, en cuya sede londinense se presentó el pasado año, y comisariada una vez más por Anna Douglas, se vuelve a incluir en la muestra la grabación de la entrevista que la experta Val Williams le hizo a Baker en 1992, una de las escasas muestras de valoración y reconocimiento que se le dio a esta fotógrafa durante su carrera.

En sus imágenes, Baker recoge escenas de humildes barrios de Salford y Manchester, ciudades en el noroeste de Inglaterra en las que a partir de los años sesenta, cuando comienza con esta temática, se manifestaron de lleno las consecuencias económicas de la Segunda Guerra Mundial. Aunque ella procedía de una familia de clase media, cuya situación distaba mucho de la de aquellos que se convertirían en los protagonistas de su objetivo, su relación personal con estos subyace a lo largo de toda su producción. Al fin y al cabo había nacido en Salford, en esta ciudad su padre tenía una pequeña fábrica y estaba muy familiarizada con su paisaje urbano y humano.

Open-ended

Tras haber cursado sus estudios en diversas ciudades en un momento en el que la fotografía se reconsideraba desde su potencial formal y tecnológico, además de artístico, y sin llegar a conseguir nunca un empleo en el mundo del periodismo, Baker regresó a su región de origen para emprender un proyecto “open-ended”, tal como lo define la comisaria, un proyecto ilimitado con la capacidad de desarrollarse en un proceso infinito.

Shirley Baker Salford, 1964. © Shirley Baker.

Shirley Baker Salford, 1964. © Shirley Baker.

La comunidad y el espacio, junto con los objetos que componen y definen a este último, y la relación entre estos dos agentes enuncian el interés de la artista. Una comunidad formada por mujeres, niños y hombres que por su juventud, senectud o por su condición de desempleados se sitúan en un mismo nivel, el de la pobreza y el de esa parte de la sociedad ignorada al considerarse de escasa productividad y contribución en el contexto de la posguerra. Y un escenario urbano en el cual las calles de los distritos obreros muestran su mejor y peor cara, con casas deterioradas que no pueden competir con los modernos bloques de pisos y que poco a poco se van demoliendo.

Mujeres que charlan cómodamente ante las puertas de sus casas, mientras otras se esconden tras las ventanas. Niños que se ven obligados a conventirse en adultos y cuidar de sus hermanos, mientras otros convierten farolas y alcantarillas en el centro de sus juegos. Por ello, la crítica y la denuncia se mezclan con una visión empática y de sincera admiración, ya que a pesar de sus circunstancias, sus personajes son capaces de disfrutar, divertirse y vivir.

Pureza y veracidad

Baker practicó la fotografía documental en su máxima pretensión de pureza y veracidad, después de todo se le considera la única street photographer de aquel momento en Inglaterra. Es por ello que sus imágenes constituyen instantáneas no posadas que, no obstante, requerían una extraordinaria paciencia para lograr la captura perfecta. Esto solo fue posible gracias a la interacción y la involucración de la fotógrafa con aquellos a los que pretendía acercarse. No era un agente externo, sino una más en ese universo que representaba a través de sus imágenes.

Las emotivas escenas que constituyen su ingente producción ofrecen varias lecturas encerradas en capas superpuestas donde ahondar para descifrar todos sus significados, y así uno de sus elementos más recurrentes, los grafitis sobre los muros, adquieren un extraordinario valor simbólico. A color o especialmente en blanco y negro, las fotografías de Shirley Baker consiguen conectar con una realidad en la que hoy en día somos capaces de reconocer nuestro pasado y también nuestro presente y esto es lo que realmente hace que su obra se mantenga viva.