Por eso ahora, cuando físicamente parece desvanecerse su alegría, viene a la cabeza de quien escribe su sonrisa cómplice el pasado año en Madrid, cuando en el día previo a la recepción del XXVI Premio de Poesía Iberoamericana Reina Sofía el periodista le adelantó que haría un infantil juego de palabras en la crónica sobre la concesión del galardón al conjunto de su obra al titular: ‘La poética alegría de Claribel’.

Sólo unos meses después de aquel encuentro se pierde la alegría de quien se abrió al mundo de la literatura en 1948 con la publicación de Anillo de silencio, un poemario al que han seguido otros veinticuatro, una decena de novelas, un conjunto amplio de ensayos y una reconocida labor como traductora.

“Con su poesía, además de luchar contra las dictaduras, las torturas y la injusticia, y a favor de una defensa radical de la libertad, Alegría ha querido también ser testigo de la construcción de la identidad de la mujer”, expresó el jurado del Reina Sofía en un acto en el que ella escuchaba sonriente, sonriente siempre, desde una silla de ruedas.

La premiada aseguró entonces sentirse “mucho más que emocionada” por una distinción que coronaba una trayectoria literaria de siete décadas en la que, según sus propias palabras, en todo momento y en todas las épocas confesó escribir “bajo la espuela de la obsesión”.

En aquel acto y desde una lucidez mental encomiable, Alegría dedicó el premio a su mentor, el poeta Juan Ramón Jiménez, y a su esposa Zenobia Camprubí, y a otros escritores “que marcaron de forma definitiva mi vocación literaria”, como el poeta Rainer María Rilke o Robert Graves, a quien conoció y de quien se hizo estrecha amiga cuando ambos vivieron en Deià, Mallorca.

La premiada hizo un alegado en favor de las mujeres, que durante años lucharon contra el machismo imperante en América Latina y lograron romper los muros para ver reconocido su papel en la sociedad. “Nací y crecí en una sociedad agresivamente machista”, afirmó en su discurso, en el que recordó que la mujer campesina o proletaria nunca tuvo otra opción que la de convertirse “en esclava de su marido y sus hijos”.

Alegría confesó que su “golpe maestro” para poder estudiar fue amenazar a su padre con hacerse monja o casarse con el primero que pidiera su mano para divorciarse enseguida, lo que era “un auténtico horror en ese tiempo”.

Reflexionó sobre si hay una literatura femenina y otra masculina, sobre lo que concluyó que hay dos tipos: “la buena y la mala”. “El sexo del autor no tiene nada que ver con la calidad de su obra”, sostuvo en un discurso en el que, sin faltar los toques de humor, repasó algunos de los hitos de su vida y “los poemas de amor que han aflorado siempre a lo largo de mi obra ” con los que “he querido combatir las dictaduras, las injusticias y las barbaries tan lamentablemente comunes en Centroamérica”.

Uno de los secretos de su literatura, reveló entre sonrisas la escritora en sus palabras finales, “es que nunca escribo en ordenador. Necesito bolígrafo y páginas blancas, sin rayas, para afrontar una empresa tan frágil como la de escribir y transmitir las emociones de la poesía”.

Esas emociones que resume en Ars poética, un poema que en su momento dedicó a Vicente Alexandre:

Yo,

poeta de oficio,

condenada tantas veces

a ser cuervo

jamás me cambiaría

por la Venus de Milo:

mientras reina en el Louvre

y se muere de tedio

y junta polvo

yo descubro el sol

todos los días

y entre valles

volcanes

y despojos de guerra

avizoro la tierra prometida.

Concibió la poesía como un acto de comunicación continua. Con la gente, con los lectores, con la realidad política y civil que la circundaba y, ¡claro! también consigo misma.

Ya mi tiempo se agota

estoy casi al final

del corredor

entre el humo

el tumulto

los destrozos

que van quedando atrás

descubro otras mujeres

que fui yo

y esta yo

que hoy las mira

con su carga de cuerpo

y de nostalgia

se aproxima hacia otra

que saltará del nicho

nos mirará un instante

y seguirá su viaje

hacia esa oscuridad

que nos espera.

Desde el sábado 27 de enero reposa su sonrisa en el cementerio de Santo Domingo de Managua. Reposa sólo porque, en realidad, la Alegría de Claribel no se ha perdido para quienes un día u otro recalan en uno cualquiera de sus sutiles, vitalísimos poemas.

Les dejo, -escribe en Testamento, incluido en su poemario final-,

una escalera

tambaleante

inconclusa

tiene peldaños rotos

otros están podridos.

Y más de alguno

entero.

Repárenla

elévenla

suban por ella

suban

hasta tocar

la luz.

Peripecia vital

Hija de Ana María Vides, salvadoreña y del Dr. Daniel Alegría, nicaragüense, Claribel Alegría nació el 12 de mayo de 1924 en Estelí. Cuando apenas tenía nueve meses sus padres, por estar en contra de la ocupación estadounidense de Nicaragua, se vieron obligados a emigrar a la ciudad salvadoreña de Santa Ana, en la que la poetisa pasó su infancia y primera juventud.

En 1943 se trasladó a Estados Unidos y en 1948 se graduó en Filosofía y Letras por la Universidad George Washington. Estando allí conoció a Juan Ramón Jiménez, quien fue su mentor y seleccionó los primeros poemas de la escritora que quedaron reunidos en Anillo de silencio, su libro inaugural.

En 1947 se casó con el diplomático norteamericano Darwin J. Flakoll, con el que estableció una relación literaria y de vida hasta el fallecimiento de éste en 1995. Entre las publicaciones conjuntas destaca New Voices of hispanic America, publicada en 1962, en la que dieron a conocer a futuros autores del boom latinoamericano, como Julio Cortázar, Mario Benedetti y, entre otros, Mario Vargas Llosa

En 1966 publicó Cenizas de Izalco, libro finalista del Premio Biblioteca Breve en el que por primera vez habla de la masacre salvadoreña. Su obra ha sido traducida a más de quince idiomas.

A lo largo de su existencia vivió en Washington, Santiago de Chile, París, Deià y Managua, en donde falleció el pasado jueves 25 de enero.