Cosa distinta es cuando son los propios pacientes los que necesitan tirar de metáforas para expresar lo que sienten que están viviendo. Hablan entonces de esas malditas células suyas que se conducen como ovejas descarriadas, que abandonan el camino correcto y funcionan al margen del resto del rebaño. Puñeteras células que crecen más que el resto desarrollando un instinto homicida capaz de convertir cuerpos sanos en Cuerpos asesinos, que es el título de la memoria que, publicada hace unos meses, firma la periodista Miriam Ruiz Castro sobre su enfermedad y que empieza así: “Hace unos meses, mi cuerpo intentó matarme”. Fue en 2021 cuando llegó el diagnóstico de un cáncer de mama, en su caso un HER2 positivo, un subtipo tumoral (un 20% de todos los casos) para el cual actualmente hay terapias dirigidas muy eficaces que han cambiado de forma drástica el pronóstico.
Ruiz Castro cita anticuerpos monoclonales o inmunoterapias para explicar el modo en que actúan estas opciones. Valora asimismo la suerte que supone un HER2 positivo hoy y el desastre que podía suponer afrontarlo no hace tanto cuando solo había quimioterapias para este subtipo de evolución tan agresiva. Porque está la mala suerte de enfermar y la menos mala que implica que te toque un tumor de mama o uno de tiroides frente a la bastante más mala que suele traer consigo uno de páncreas o de hígado. “Hasta en la desgracia de un cuerpo asesino hay clases, y no todos, todas, somos iguales”.
Suerte y ciencia
“El cáncer no es más que suerte y ciencia”, nos dirá. Porque ¿cuánta gente convive con el tabaco, el alcohol, la dieta rica en grasas, la contaminación, la vida sedentaria o el estrés, y a veces todas a la vez, y envejecen ajenos al mordisco del cáncer? Efectivamente pasar por alto todos estos factores de riesgo, que son modificables, nos proporciona más papeletas para la rifa macabra, pero también es verdad que no cuesta nada empatizar con ella cuando dice: “Me acerco con escepticismo a cualquier discurso que no ponga por delante lo azaroso de que yo haya enfermado. Lo contrario me parece culpar a la víctima”.
En la brevedad de Cuerpos asesinos -apenas ciento veinte páginas- hay espacio suficiente no solo para contar el modo en que el cáncer te cambia la vida y la de tu entorno más próximo; también, y eso es lo mejor del libro, para opinar y reflexionar sobre asuntos a veces un tanto espinosos como los videos o canciones que deslizan la idea de que hasta que uno no inaugura su condición de paciente no toma verdadera conciencia de lo importante de la vida (“nadie necesita un cáncer para aprender a valorar nada”), la desfachatez con que muchas empresas aprovechan la enfermedad para hacer negocio (“dicho de otro modo: cinismo”), la importancia de invertir en una sanidad pública capaz de proporcionarnos el mayor bienestar posible o el lazo rosa que florece solo en octubre (o “cómo las náuseas, la cabeza sin pelo o las cicatrices del pecho son realidades íntimas, de esas que se quedan dentro de casa, y de pronto llega el Día Internacional y todo son mujeres fuertes, sonrientes y vestidas de rosa”).
Tenía Miriam Ruiz Castro 33 años cuando el tsunami, como ella misma lo llama, se llevó por delante la vida que había conocido hasta ese momento. Aún más joven (26) era Anabé Tarrou cuando otra ola salvaje sacudió para siempre la existencia de esta filóloga sevillana que ahora tiene 31. El nombre científico del maremoto: un osteosarcoma de alto grado, localizado en el maxilar superior derecho. Tarrou decidió valerse de las maneras de todos los géneros (crónica, ensayo, diario, poesía, teatro…) para novelar su historia en La última planta. Como a Miriam, a Anabé también le espantaba tener al enemigo en casa, oculto; saber que no te enfrentas a un virus inteligente o una bacteria escurridiza, sino a las mismas células que siguen haciendo posible que respiremos, disfrutemos de la comida o gocemos del sexo: “Dentro de mi cuerpo habita la fuerza abismal de un tornado que se devora a sí mismo con un hambre insaciable”.
Contagiar esperanza, no pena
Respondiendo al anuncio del título, el libro recrea la dureza de la estancia hospitalaria, donde pacientes y acompañantes integran una gran familia que se esfuerza por animarse cada día por mal dadas que vengan: “Solo durante la noche hay hueco para la reflexión y los sentimientos más lóbregos; solo durante la noche puedes permitirte la duda y también la tristeza íntima, sin miedo al contagio. La noche del hospital es una bruma densa de angustias que ahoga al que no consigue dormir”.
El deseo, el amor, la religión, el trabajo, la familia, los amigos, el miedo, el futuro (“el privilegio de la promesa me era ajeno”)… Todo cobra una relevancia crítica que es inédita a la luz de la nueva situación. Habla incluso de aquello que en este tipo de obras no se aborda habitualmente: el sexo. Porque “follar con cáncer es complicado, pero es posible y real si así lo eliges (…) no silenciéis mi cuerpo. No lo nombréis solo para la pena o el dolor. Mi cuerpo es mucho más. Mi cuerpo se entrega, goza, arde. Mi cuerpo existe y folla”. Sobre la pena en concreto añade: “De todos los procesos que viví durante el cáncer el que más me pesó fue la mirada ajena: la conmiseración, la lástima, la jodida pena”.
Quienes deciden plasmar por escrito su testimonio oncológico de forma tan personal y descarnada no suelen los mismo que también ponen los cinco sentidos en contar aquello que les ha hecho bien por si eso pudiera ayudar a los que pasan por un proceso similar, pero haberlo haylos. Con ese propósito de ayuda y siempre con el aval del médico, Máximo Pradera publicó el año pasado El cáncer y la madre que lo parió. La acidez, el humor y el ingenio que aplica a cuanto escribe están presentes en el relato de su cáncer de próstata, describiendo, primero, la dura peripecia que le supuso el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad y, después, compartiendo cuanto ha aprendido sobre cómo determinados hábitos de vida (ejercicio y dieta mayormente) resultan esenciales para prevenir que un tumor tan frecuente entre los hombres como es el prostático (“un tumor odioso y traicionero, tan aborrecible que le puse el nombre de Tumor del Caudillo”) no entre nunca o no vuelva a entrar en tu vida. Ambos bloques siempre bien trufados de anécdotas de su vida íntima y profesional como hombre de radio y televisión.
A tenor de cómo explica el comportamiento de las células tumorales, el modo en que los tratamientos actúan o las toxicidades que traen consigo, podemos decir que Máximo Pradera es tan brillante ejerciendo la divulgación científica como la musical a la que ha dedicado varios libros. Baste leer cómo nos ilumina sobre la localización de la glándula prostática para hacerse una idea de que el rigor y la guasa pueden hacer buena pareja si sabes rimarlos: “La próstata es un órgano absurdo, situado en un lugar indigno. Su vecino de arriba es un globo lleno de orina llamado vejiga y el del piso de abajo, una tubería llena de mierda llamada recto. Se me ocurren pocos emplazamientos más vomitivos para una glándula. Es como ser vecino al mismo tiempo de un cura pederasta y del obispo que lo mantiene en el cargo”.
Aprendizajes, también en primera persona, pero en un tono completamente distinto, son los que comparte Víctor Almonacid en Morir no da miedo. Casi tres años después de un diagnóstico de cáncer de tiroides que había hecho metástasis, este directivo con experiencia en la Administración no se queda en el testimonio y la reflexión, proponiendo ejercicios sencillos para afrontar una enfermedad grave que a él le funcionaron y que cree que pueden hacer lo propio con quienes atraviesan una situación pareja a la suya. A la manera de los estoicos Almonacid incide en la importancia de economizar la poca o maltrecha energía que nos deja un problema de salud grave para invertirla en lo que está bajo nuestro control, y no perderla en aquello sobre lo cual no podemos actuar por mucho que queramos, caso de los resultados médicos, las reacciones de nuestro entorno o lo que hiciste o no hiciste en el pasado. Como el resto de obras citadas hasta aquí, ésta también nace con afán de ser “escritura sanadora”.
Coinciden todas en esto último y, como decíamos al principio, en la extrañeza y desazón que experimentan ante esa ausencia de un enemigo exterior claramente definido. Hace justo un año se publicó Me muero, te quiero, un poemario que añadía un breve diario de la enfermedad firmado por Perla Zúñiga, artista, poeta y dj que falleció en el verano de 2024 a los 27 víctima de un cáncer, un sarcoma de Ewing. Uno de los poemas se titula Le estaba contando a mi amiga por teléfono que tenía cáncer y en él leemos:
“En mi cabeza sólo un mismo loop:
¿por qué mi cuerpo ha creado algo que me está matando?
¿por qué mi cuerpo ha creado algo que me está matando?
¿por qué mi cuerpo ha creado algo que me está matando?”
Ante cuerpos asesinos, palabras sanadoras, escribe Miriam Ruiz Castro en su página de agradecimientos. Palabras como las de todos estos libros recientes que tanto ayudaron a sus autores y que ojalá consigan lo mismo con tantos lectores que necesiten esa misma ayuda.
















