Supongan que además contáramos con un buen crítico literario capaz de arrojar luz sobre todos y cada uno de sus versos descifrando sus enigmas y significados, que no son pocos. Ya puestos, añadamos primero un historiador competente con habilidad para trasladarnos a aquellos años del romanticismo alemán y darnos todas las claves de la época; y luego sumemos un buen divulgador con talento para enganchar por igual al lector experto y al neófito.

Echemos por último a ese caldero ideal a un acreditado intérprete de la pieza objeto de estudio, alguien que la haya sufrido y gozado en primera persona tratando de dar siempre lo mejor de sí mismo sobre las tablas, de estar a la altura de este conjunto de lieder. Bien pues ahora sepan que hay un tipo que reúne en su persona todos los perfiles descritos. Es inglés y responde al nombre de Ian Bostridge (Wandworth, 1964).

Bostridge es un tenor que ha grabado y cantado muchas veces el que él mismo define como “el primero y más grande de los álbumes conceptuales”. Su obsesión por el Viaje de invierno se remonta a los años escolares, si bien el deslumbramiento definitivo no fue tan original: como le sucediera a tantos otros, profesionales y aficionados, Bostridge tardó mucho en reponerse del impacto emocional que le supuso escuchar esta obra en la versión de Dietrich Fischer-Dieskau y el pianista Gerald Moore.

“No hablaba aún alemán pero su sonido y el dramatismo que transmitían conjuntamente el piano y la voz –unas veces melosa, otras temblorosa, otras la encarnación del mal– me resultaban algo completamente nuevo”. Tres décadas después ha decidido quitarse de alguna manera la obsesión de encima con un ensayo que busca y encuentra las conexiones más sorprendentes que suscita hoy el Viaje de invierno.

Los últimos años

Un texto que descansa en buena medida sobre la idea de que para entender esta obra es preciso conocer los últimos años de vida de Schubert marcados por las dificultades económicas, la melancolía, la mala suerte en el amor y la enfermedad que se lo llevó por delante con apenas treinta años. Y eso por mucho que, como el mismo Bostridge comenta, el compositor escribió música alegre cuando estaba triste y música triste cuando estaba alegre.

La traducción y análisis de las 24 canciones en otros tantos capítulos constituyen el sólido hilo conductor de un libro por otra parte abierto a infinitud de vínculos con escritores –especialmente Goethe y Mann–, pintores –con Caspar David Friedrichs a la cabeza– o músicos (Beethoven, Mahler, Dylan), que sabe además traer a colación asuntos de lo más variados relacionados con el clima, la ciencia, las batallas, la astronomía, el correo, la danza o la ornitología.

Es posible que a todo esto haya que añadir un mensaje de grito político contra la represión del momento. Puede ser, pero hoy escuchar esta música te comunica, sobre todo, la dolorosa certeza de que aquí estamos de paso. “Como un extraño llegué / parto también como un extraño” son los dos primeros versos del ciclo. Viaje de invierno, recuerda Bostridge, “nos sitúa frente al invierno que todos hemos de encarar, frente al frío que todos experimentamos, el frío de la propia vida”. Al menos un mensaje tan terrible –que somos mortale–- llega envuelto en una hermosa colección de canciones inmortales.

Winterreise | Fischer-Dieskau & Brendel

‘Viaje de invierno’ de Schubert. Anatomía de una obsesión
Ian Bostridge
Traducción: Luis Gago
Editorial Acantilado
400 páginas
24 euros