¿Y qué ha hecho Jordá? Contarnos su Dylan, el Dylan que le fascina, sacarle un retrato a lápiz con sus luces y sus sombras, y hacerlo en pocas páginas, para que se pueda leer del tirón. Lo hace dejando claro al inicio en qué liga juega, como creador, uno de nuestros contemporáneos (¡afortunados somos!): «Como Homero, como Shakespeare, como Emily Dickinson, como Emily Brontë, como John Ford, Bob Dylan será siempre un enigma. Su música es tan grande, tan poderosa, tan vasta como América, y el hombre que hay detrás, el ser humano que la ha creado, es una mota de polvo perdida en una vía de tren. Por mucho que busquemos nunca daremos con él».
Que nadie busque en Número cero un ejercicio de síntesis que nos lleve por una infancia feliz pegada a la radio en busca de Elvis o Hank Williams, por el Greenwich Village neoyorquino de los primeros sesenta que le vio emerger como el nuevo mesías del folk, por su decisión de electrificar su sonido, por su retirada del mundanal ruido, por su divorcio más complicado, por su etapa cristiana, por aquel susto del año 94 cuando una pericarditis casi se lo lleva por delante, por la publicación de sus memorias, por su negativa a recoger personalmente el Premio Nobel de Literatura… Ese no es el objetivo, aunque todo esto está en el libro de Jordá a través de alguna canción, de una letra, una declaración, una anécdota, una curiosidad, un detalle que al autor le viene al pelo para confirmar la tesis —que Dylan está en todas partes y en ninguna, que es visible e invisible— y también para hacer literatura, que para eso Jordá es poeta y se nota.
Son originales las páginas que indagan en el secreto de su talento compositivo, de esa facilidad para componer que parece inagotable; también lo son las que le afean las maneras que gastaba con sus primeras parejas (Suze Rotolo, Joan Báez, Sara Lownds). O las que ponderan su conocimiento enciclopédico del cancionero americano. O las que analizan la importancia de la Biblia y La Odisea en el imaginario del autor de Blood on the Tracks.
No ejerce Jordá, nada más lejos, de dylanólogo pelma, pero sí le gusta arrojar luz sobre esa tribu de seres obsesionados con descifrar los mensajes ocultos, con averiguar el sentido último hasta del verso más ramplón: «Es como si la obra de Dylan contuviera un virus —o quizá una maldición— que impulsase a sus oyentes a intentar comprenderla en vez de simplemente disfrutarla».
A Dylan, como a Miles Davis, se le suele comparar con Picasso por eso de ser capaces de sacudir más de una vez la historia de su disciplina. Aquí Jordá emparenta al responsable de Like a Rolling Stone con otra gloria de la pintura española, el Velázquez de Las meninas, y esas pocas líneas ya lo hacen libro obligatorio para cualquier seguidor de Dylan. Resumiendo: breve y ligero, pero denso de hallazgos.
Eduardo Jordá. Número cero. Bob Dylan: retrato de un hombre invisible. Libros del Asteroide. 120 páginas. 13,95 euros.

















