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De niña escribí muchas cartas: a mis primas, a amigos fugaces que conocía en algún campamento, a alguna profesora entusiasta que me animaba a escribir, a aquel monitor de pelo largo que nos gustaba a todas y ese verano nos ilusionó con las muñecas cargadas de nuestras pulseritas de hilo, pero que nunca contestó a mi carta por más pegatinas brillantes que puse en los márgenes.

Recuerdo el ritual: elegir el papel (los había perfumados), fechar en la esquina superior derecha, elegir el lugar exacto del “Querido/-a”, escribir el nombre con cuidado, con cariño, y después todo lo demás: un texto que es un acto comunicativo con aires de conversación pero que también es un trocito de literatura propia, de apertura íntima. Quien escribe (y quien lee lo sabe) escoge las palabras con atención, echa a andar al yo un poco en el vacío al principio, enseguida encontrando la cuerda de los códigos compartidos para equilibrarse.

Las cartas están llenas de lenguajes propios, de guiños y apelativos que pertenecen sólo al mundo de quien los escribe y los lee. El inglés y el francés formaron sus términos a partir de la palabra latina litterae (letras) pero el español prefirió la charta derivada del verbo griego kharassein, que significa “hacer incisiones”. Para escribir, el papiro debía marcarse, llenarse de carácter, otra palabra de la misma raíz que significa signo de escritura pero también personalidad, porque en las letras va trazándose también la persona que escribe.

El ritual no acababa en la escritura: después había que comprar sobres y sellos, entrar en el estanco, ese lugar tan adulto donde los vendían y donde yo me sentía también un poco mayor mientras doblaba, metía la carta en el sobre y, en un gesto extrañamente impúdico que contrastaba con la solemnidad del momento, sacaba la lengua para chupar todos los reversos y sellar las palabras. Y cuando la carta entraba ligera e irreversiblemente en un buzón amarillo situado en alguna misteriosa coordenada de la calle, siempre sentía un poco de vértigo, como si lanzara un trozo de mí, plegado en cuatro, a la vastedad del espacio y del tiempo mientras yo me quedaba de este lado: el lado de la pausa, el lado de la espera. Porque las cartas aceptaban lo que casi ninguna comunicación acepta hoy: el silencio y la demora.

El espacio físico por el que viajan las cartas era (o ahora nos parece) lento y aparentemente azaroso, por eso siempre había algo de magia al recibirlas, como si llegasen en un golpe de suerte, en una coreografía generosa de las fuerzas del mundo: la paloma que aprieta el mensaje con el pico, la marea que arrastra la botella. Después llegó el ciberespacio, rápido y atropellado de palabras que el ojo escanea veloz antes del siguiente clic. Llegaron las pantallas como un más allá donde los caracteres se aplanan y ya no hay presencia ni incisión que pueda rescatarse en los objetos.

Y las cartas dieron paso a los correos y los correos a los mensajes de texto y los mensajes a los audios de WhatsApp que mando mientras camino, mientras hago otras cosas, siempre más cosas, ensartada en el bombardeo de lo efímero de este tiempo mientras algo en mí anhela la demora, el silencio, el ritual del papel y el trazo.

Escribir cartas era convertir la comunicación en literatura. Y las cartas que escribieron algunos genios literarios pueden verse como parte de su obra, aunque leerlas (publicarlas) tenga algo de profanación, de voyerismo (¿pero qué lectura no lo tiene?). Algunas se perdieron, otras dieron muchas vueltas hasta acabar en las manos de quien podía revelarlas. He aquí la historia de dos parejas epistolares que, además, han sido llevadas con agudeza y sensibilidad al teatro.

Nin y Miller

Anaïs Nin y Henry Miller.

Entre febrero de 1932 y octubre de 1953, Anaïs Nin, la escritora que no dejaba pasar un día sin llenar las páginas de sus Diarios, y Henry Miller, autor de Trópico de Cáncer, cuyas escenas sexuales arañaron con descaro al puritanismo estadounidense, se escribieron cartas, muchas cartas. El escenario tenía todos los ingredientes para la eclosión: se habían conocido en París, la ciudad por aquel entonces de la bohemia y la liberalidad, al inicio de sus carreras, y sin pérdida de tiempo se habían entregado a la pasión y a la admiración mutua.

Un escenario así es materia fértil para la revisión creativa, para la representación: así lo pensaron, hace casi nueve años, Ángela Palacios y Carlos Martín-Peñasco, creadores de la productora Los Prometidos y de la obra Sólo creo en el fuego, que escribieron, dirigieron e interpretaron a partir de la correspondencia de Nin y Miller, y que siguen representando en distintas ciudades, últimamente en Barcelona. Con ellos hablamos en hoyesarte.com.

Las cartas entre los dos escritores, nos cuentan, no llevan mucho tiempo publicadas: solo en 2003 Siruela lanzó una edición a partir de la selección del albacea literario de Nin. En vida, ella se había negado a la publicación íntegra de las cartas, quizá por no dañar al que fue siempre su marido, Hugh Guiler. He aquí la controversia acerca de la publicación de una correspondencia íntima, de textos que no fueron pensados para el público, pero que, para muchos, esconden pedazos imperdibles de literatura. “En las cartas también está la sublimación literaria”, nos explica Ángela Palacios, “creo que ellos disfrutaban de escribir esas cartas con su propio estilo; en el caso de Anaïs, es muy parecido al de los Diarios”. Y sí: en las cartas de ella, como en los diarios, hay una escritura rauda en la que galopan las obsesiones, las contradicciones: “Por favor entiende, Henry, que estoy en plena rebelión contra mi propia mente, y cuando “vivo”, lo hago por impulso, por pasión”.

Carlos Martín-Peñasco, que interpreta en la obra a Miller, encuentra a un escritor diferente en el narrador de las novelas semiautobiográficas de los Trópicos y en la voz que se abre camino en su correspondencia: “En las cartas se describe un Henry mucho más tierno y en contacto con sus sentimientos. En Anaïs había encontrado una interlocutora con la que poderse desnudar”. «Mi querida Anaïs —escribe Miller—, ¿qué son las despedidas si no saludos disfrazados de tristeza? Lo mismo que el deseo y el placer de verte mientras te desnudas y te envuelves en las sábanas.

Las cartas, concluimos, eran el territorio de la seducción a través de la literatura, algo que seguramente hayamos perdido con la mensajería instantánea. En el género epistolar entraba lo poético, y cada carta era una especie de regalo literario a un receptor concreto. Quizá los nuevos libros de cartas, comentan los dos actores, sean en el futuro recopilaciones de audios.

Precisamente poniéndole voz a historias de parejas artísticas que alguna vez se influyeron mutuamente, Carlos y Ángela acaban de inaugurar un podcast titulado Dos en el incendio en cuyo primer capítulo acompañan, de nuevo, a Henry Miller y a Anaïs Nin en la vida que crearon a partir de sus cartas.

Laforet y Fortún

La publicación hace casi diez años de la correspondencia entre Carmen Laforet y Elena Fortún, que hoyesarte.com reseñó en su momento, nos trajo un regalo imperdible: cinco años de cartas llenas de ternura, admiración y sutil inconformismo entre dos amigas a las que separaba una generación pero que, como insiste Laforet en ellas, se habían conocido ya a través de su literatura: “He sido tu verdadera amiga desde mi infancia, aunque sabía que tú eras una persona mayor. En realidad he vivido mucho contigo”. Laforet había empapado su niñez con el imaginario de Celia, esa niña que le sirvió a Fortún para deslizar con aparente inocencia ideas absolutamente rebeldes; y cuando Nada sale a la luz y gana el Nadal en 1945, Fortún queda deslumbrada por el genio de la joven autora, como aprendemos en las palabras que le dirige:

Queridísima Carmen Laforet:

Verdaderamente la quiero y me quedo asombrada de ello. Su divina humildad diciendo (¡usted que es en estos momentos la primera escritora española!) que aprendió a escribir de mí…me conmueve hasta los huesos. Y no por ser yo quien escribió esos libros que usted leía cuando era chica, sino por esa pureza de alma que le hace decirlo.

Por aquellos años, Carmen trataba de conciliar su actividad literaria con la crianza de los hijos y de encontrar cierta serenidad de espíritu a pesar de la claustrofobia del franquismo; Elena, enferma de cáncer, escribía desde e lSanatori de Puig d’Olena entre intervalos de fuerza y de abandono, con la lucidez de la experiencia vital y de la cercanía de la muerte. Las cartas se llenan de confidencias y consejos, de alusiones a la censura y a la asfixia (aunque no lo llamaran así) del patriarcado, al difícil oficio de la escritura:

¿Por qué escribirá uno? (…) Escribo una novela procurando que dentro de su modesta categoría quede todo lo bien que yo pueda hacerla (…) me meto en ella con cansancio, con rabia, con todo, y este trabajo, mientras lo hago, para mí es importante, porque me libera de otras muchas cosas. Me sirve de huida de mis malos fondos revueltos, y ya está; por eso escribo, aunque me angustie escribir también.

La publicación de las cartas vino acompañada del proyecto Cartas Vivas, que indaga en los archivos de escritoras, filósofas, científicas o periodistas y los transforma en materia audiovisual. De este fascinante proyecto, amparado por la Universidad de Exeter, nacería la obra Cartas Vivas. Carmen Laforet y Elena Fortún, creada en el Cervantes Theatre de Londres y que en 2023 pasó por varios de nuestros teatros.

Las cartas tomaron cuerpo en una emotiva puesta en escena que capturó esa relación tiernísima, ese amor entre mujeres regado de admiración, de humilde inteligencia, de bondad y cuidado. Dos mujeres que encontraron en su correspondencia un lugar más amable en el que vivir. A veces vivir en las cartas, como vivir en la literatura, puede ser la única forma de vivir en tiempos oscuros.

Elena Fortún y Carmen Laforet.

Elena Fortún y Carmen Laforet.