Resonaron estas palabras bajo la bóveda del Auditorio de Estocolmo el miércoles 10 de diciembre de 2003. Mozart, Beethoven, Haendel y Poulenc intercalaban sus obras en una ceremonia marcada por la precisión y la solemnidad. Estaban a punto de dar las cinco de la tarde y John Maxwell Coetzee se disponía a recibir un merecidísimo Premio Nobel de Literatura.

Venciendo su mítica timidez. Impecablemente vestido de frac. Muy alejado de los espacios inhóspitos en los que habitualmente discurre su obra, el escritor escuchaba los reconocimientos a una forma de hacer en la que cada entrega, siempre distinta a la precedente, representa una sorpresa. Generalmente, una magnífica sorpresa que transita ámbitos desconocidos para los lectores.

Literatura sin concesiones que no ofrece panaceas, ni alternativas, ni salidas de emergencia. Un cable de alta tensión que recorre el paisaje de las letras.

Literatura que escarba en la llaga de los grandes conflictos que asolan al ser humano de hoy y de todas las épocas aunque las “perchas” de las que se sirve el autor constituyan cuestiones de absoluta actualidad: racismo, desigualdad, solidaridad e insolidaridad, ambición, decadencia, incomprensión, escepticismo, amoralidad, negación del tiempo y de la muerte…

Concluidos los discursos y desde la aparente lentitud de cada uno de sus gestos, -una lentitud que constituye también una marca de la casa en sus libros-, Coetzee se levantó, recogió su galardón tras estrechar la mano del rey de Suecia e hizo las tres reverencias protocolarias: una dirigida al monarca, otra a los académicos y otra al público que, de pronto, rompió la contención y dedicó al escritor sudafricano una de las ovaciones más largas que el acto de los Nobel haya vivido.

El personaje

No es un personaje fácil. Rehúye las entrevistas, los homenajes, las luces sociales. “Lo que de mí se tiene que saber, está en mis libros”. Nació en 1940 en Ciudad del Cabo. Pasó la infancia entre Sudáfrica y Estados Unidos, en donde ha vivido largas temporadas y en donde en 1969 se doctoró en lingüística computacional en la Universidad de Tejas con una tesis sobre la obra de Samuel Beckett.

En la actualidad desempeña funciones de investigador en la Universidad de Adelaida, Australia, país del que siempre se ha declarado admirador y en donde ha acabado por nacionalizarse.

Fue, hasta su jubilación en 2002, profesor de literatura en la Universidad de su ciudad natal, es además lingüista, traductor e inflexible crítico. En sus recuentos autobiográficos Infancia y Juventud (muy recomendables), describe como se licenció en matemáticas e inglés y, a comienzos de los sesenta y empujado por la poesía se instaló en Londres dispuesto a cultivar una “vida de artista”.

Allí conoce una dura y solitaria realidad. Se gana la vida como programador informático y, a duras penas, logra hacer frente a las pensiones en las que malvive. Nunca acabaría por conectar por una ciudad por la que deambula interminablemente para, casi siempre, acabar por refugiarse en los cines baratos y en la biblioteca del Museo Británico. En esa época se enamora y desenamora de mujeres que le acercan a la insatisfacción y da un giro decisivo al reorientar hacia la prosa su vocación de poeta.

Como explica en las novelas de su vida mencionadas, el paso a la narrativa lo determina la búsqueda del control de sus emociones. “Me horroriza derramar mera emoción sobre la página. Una vez ha empezado a derramarse, no sé como detenerla. La prosa, afortunadamente, no requiere emoción. Eso permite mayor control. Eso es lo que yo estaba buscando y eso es probablemente lo que ha condicionado el estilo frugal y tajante de lo que escribo”.

Su insólita obra

Seca, precisa, minuciosa, llena de aristas que alimentan y enriquecen el conjunto, la obra de Coetzee ni juzga, ni toma partido, ni se permite el lujo de opinar. Simplemente presenta los hechos y, mediante una sutil forma de narrar, introduce al lector en situaciones y personajes de un modo tal que, marcando distancias entre el lector y lo que éste lee, cuando se cierra el libro (cada uno de sus libros) sobrevuela la idea de soledad y desesperanza asociadas al ser humano y su relación con el mundo. Pero también queda patente la capacidad del hombre para sobreponerse a circunstancias y situaciones de profunda adversidad.

Por esa dicotomía transitan las historias de este narrador excepcional que ya desde aquel primer Dusklans publicado en 1974 dejó claro que venía dispuesto a dejar huella. En los años siguientes ganaría los principales premios de su país con In the Heart of de Country y Esperando a los bárbaros y algunos de los internacionales de mayor prestigio (Brooker Prize y Fémina) con Vida y época de Michael K y Desgracia (en cuya adaptación cinematográfica se centraba hace algunas semanas el blog Celuloide de hoyesarte.com).

Esa mezcla de maestría, tensión y elegancia ha ido confirmándose, consolidándose sin fisuras, en cada una de sus entregas. Como en La edad de hierro, cuando nos acerca la historia de una anciana sentenciada por un cáncer que vive una ambigua relación con un mendigo alojado en el jardín de su casa de Ciudad del Cabo. Contemplando la vejez como un estado del alma, decide contar su vivencia a una hija instalada en Estados Unidos a través de una carta conmovedora que arranca con “estas palabras salidas de mi cuerpo, gotas de mi misma”.

Algunos ejemplos

O cuando a través de En medio de ninguna parte nos instala en una remota granja de Sudáfrica desde la que la mujer protagonista observa el paso de la vida como mera espectadora sin futuro. Apartada de las actividades que tienen lugar en su entorno, sufre en silencio la dureza del desierto y la tiranía de un padre que la condenó desde el momento en que nació mujer.

O, por citar sólo tres ejemplos, esa estremecedora mirada que nos dirige desde Hombre lento el fotógrafo que pierde una pierna en accidente de bicicleta y, tras enamorarse de la enfermera que lo atiende, vive entre la esperanza y la desilusión. Sirviéndose de estos mimbres que en principio no son nada del otro mundo, la novela crece de una forma deslumbrante apoyada en la meditación del protagonista sobre la dependencia, el paso del tiempo, las oportunidades perdidas y aquello que, sin proponérnoslo, nos convierte en seres humanos.

Basten estos ejemplos, aunque podría señalarse como ejemplar cualquiera de sus títulos, para significar la obra de un narrador excepcional. Para esbozar las claves de un universo que se ha servido de la literatura para mostrar algunas de las llagas que hoy el mundo y el hombre tiene abiertas.