Despertamos nosotros y miramos aún con los párpados pesados el móvil. Y entre el no quiero verlo y el cómo no verlo ya ha irrumpido en la pantalla el paisaje jurásico: el invierno azotando las tiendas de los supervivientes gazatíes, los uniformes de las huestes racistas del ICE en violentas contorsiones, alguna noticia nacional de corrupción y mentira, alguna rara avis internacional de la devastación en lugares olvidados como Sudán o Congo, por todas partes la ley de la fuerza y la lógica del odio.

En el primer café, en el váter, sentados en trenes y autobuses, escroleamos las imágenes del horror entre las ofertas de planes culturales, los tips, las recetas, la publicidad a la medida de nuestro algoritmo. Nos preguntamos cómo no mirar para otro lado a la vez que vivimos, que conectamos con nuestras búsquedas y alegrías. Pensamos en cómo convertir la rabia en gesto, por ínfimo que nos parezca su impacto. Pensamos y en ese pensar ya hay un lugar de íntima rebeldía que puede ser transformador, que puede expandirse alimentado de referentes o de sentidos compartidos.

Bajo el título “Desobedezco, luego existo” reuniremos en Palimpsestos (nueva sección de hoyesarte.com destinada al pensamiento crítico desde la literatura comparada) varios artículos que nos hagan pensar, a través de ensayos, propuestas teatrales y novelas contemporáneas, en la desobediencia como forma de existir: algunos de los gestos, los silencios y las palabras que, desde distintos ángulos y sutilezas, han enfrentado y enfrentan a la tiranía e inventan así lenguajes para la resistencia.

Hay leyes injustas

Hay leyes injustas, escribió en 1849 Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 1817-1862), filósofo disidente que se enfrentó al gobierno estadounidense por mantener la esclavitud y emprender guerras injustificadas como la de México: “¿Nos contentaremos con obedecerlas o intentaremos corregirlas y las obedeceremos hasta conseguirlo? ¿O las transgrediremos desde ahora mismo?” Él eligió el ahora mismo y comenzó negándose a pagar impuestos, por lo que fue detenido y encerrado en la prisión de Concord. El texto fundacional que escribió poco después, Resistance to Civil Government, era ya una invitación clara a la desobediencia civil: “Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. (…) Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución, es decir, el derecho a negar su lealtad y a oponerse al gobierno cuando su tiranía o su ineficacia sean desmesurados e insoportables”.

La desobediencia que propone Thoreau no aspira a prescindir del gobierno, sino a transformarlo plantándole cara: anhela una política permeable a su ciudadanía, un gobierno que en vez de pisotear la rebeldía pudiese escucharla y dejarse atravesar por ella. “¿Por qué”, se pregunta acerca del estado, “no anima a sus ciudadanos a estar alerta y a señalar los errores para mejorar en su acción? ¿Por qué tenemos siempre que crucificar a Cristo y excomulgar a Copérnico y Lutero y declarar rebeldes a Washington y Franklin?”

Las preguntas de Thoreau siguen dejando a la Historia en evidencia casi dos siglos después, en una era marcada por el rivalismo político acorazado, la absoluta falta de autocrítica en las arenas gubernamentales y el aprovechamiento del dolor y las heridas identitarias para el rédito partidista. Un siglo en el que la derecha se esfuerza por encontrar a sus rebeldes para criminalizarlos, tachando de “terrorista” a movimientos humanitarios como el de la Global Sumud Flotilla y utilizando la migración como chivo expiatorio para todo.

No, la capacidad autocrítica de ese estado maduro que soñó Thoreau nunca encontró en la política un terreno abonado, pero la otra orilla, la de la ciudadanía consciente y movilizada, sí supo prender la llama de la desobediencia civil en muchos de los movimientos de resistencia de nuestra historia reciente. Aparecen en seguida algunas imágenes: Gandhi y otros miles de personas caminando durante días en esa Marcha de la Sal que denunció los abusos colonialistas del imperio británico; activistas de la lucha contra el apartheid liderada por Mandela entrando masivamente en los espacios “sólo para blancos” o quemando sus documentos de movilidad en la Campaña de Desafío del 52; el gesto de Rosa Parks en un autobús de Alabama una mañana de 1955… Y algunas más del ahora: las acciones del activismo climático de Extinction Rebellion, la resistencia al racismo estatal estadounidense con movimientos como Abolish ICE o el regreso de los Panteras Negras, y por supuesto la resistencia civil palestina, en cuya solidaridad hace pocos meses en varios puntos de nuestro territorio se bloqueaba una vuelta ciclista por normalizar la presencia del Estado genocida de Israel.

El pasado octubre, la editorial Siglo XXI publicó La rabia es nuestra, de Oriol Erausquin, un ensayo que recuerda todos estos referentes de la desobediencia (y muchos otros) y enarbola la emoción de la rabia para pensar en cómo direccionarla en los tiempos que corren. Con el mismo título, el autor y su compañero Ricci Galiano (ambos activistas de Acampada por Palestina) crearon una obra que se estrenó en el mismo mes en el Teatro del Barrio y vuelve de nuevo, con representaciones los días 1, 15 y 29 de marzo, para seguir reivindicando la rabia colectiva. Con ambos hablamos en hoyesarte.com.

Organizar nuestra rabia

Para Oriol Erausquin, autor de La rabia es nuestra, es importante legitimar la rabia como aquello que nos impulsa a reaccionar contra lo que consideramos injusto, y conseguir que no se vuelva algo efímero, sino una emoción atravesada de sentido, organizada y direccionada hacia los objetivos adecuados. Dándole un espacio creativo podremos, afirma, disputársela a una extrema derecha que aprovecha los momentos de crisis e incertidumbre para sembrar el miedo y la paranoia y canalizar hacia ahí la rabia de muchos.

Oriol, que crea contenido en redes a través de la cuenta infusión_ideológica, asegura que las redes sociales son ahora el primer lugar donde se da la pugna por el sentido, donde los hechos pasan a ser acontecimientos al enmarcarse en perspectivas y sentidos concretos. La polarización ideológica es clara, pero además en internet, dice, hay mucha rabia reconcentrada, que no se canaliza ni se transforma; por eso su ensayo insiste en la importancia de la organización, para que la disputa no quede sólo en el terreno del discurso, para que la rabia deje de ser una emoción impotente.

Ricci Galiano nos cuenta cómo llevan estas ideas a escena en una obra que acaba incluso con un momento de organización comunitaria a partir de una dinámica de preguntas. Su formación en la Royal Central School of Speech and Drama de Londres le permitió indagar en el teatro aplicado y comunitario, un teatro “con los pies en la calle”, que despierta el diálogo y sirve para hacerse ciertas preguntas y provocar el debate. En nuestro país, recuerda Ricci, hay una tradición muy rica y muy olvidada de teatro rebelde (por ejemplo, el teatro popular universitario o el teatro político de colectivos como el Gayo Vallecano) con el que entronca La rabia es nuestra.

Al final de la conversación queda claro que el teatro, como decía Mayorga, es el más político de las artes, “pues convoca a la polis y dialoga con ella”. Y esta frase me lleva a pensar en cómo empezó todo: cómo hace casi veinticinco siglos se empezaba a convocar a la polis ateniense en las gradas del Teatro de Dionisio para participar en ese debate que era el teatro, espejo de la recién nacida democracia. Y cómo precisamente una, entre todas, provocó un auténtico furor en la ciudad de Atenas, tanto que se repitió 32 veces seguidas y a su autor, Sófocles, se le premió ofreciéndole el gobierno de la isla de Samos. Era la historia de una desobediente, de una rabiosa, de una rebelde: la tragedia de Antígona.

Siempre Antígona

A Antígona se vuelve siempre. Es un icono para todos los tiempos y lugares, porque en el centro del ser humano, como en el centro del teatro, vive el conflicto; aquí, entre las leyes humanas y las divinas, es decir, entre las normas que inventan los seres humanos y lo que creemos justo o, como escribió Steiner, “entre el legalismo coercitivo y el humanismo instintivo”.

Recordemos: Polínices y Etéocles, hermanos de Antígona e Ismene, han muerto en combate, pero al primero se le priva del derecho a la sepultura puesto que Creonte, gobernador de Tebas, lo considera enemigo de la ciudad por haber venido a atacarla. “Que se le deje sin sepultura y que su cuerpo sea pasto de las aves de rapiña y de los perros, y ultraje para la vista”, ordena. Pero Antígona no puede soportar tal crueldad y decide enterrar a su hermano, sólo cuidadosa de cumplir con la ley de los dioses. Su fuerte sentido de una moral universal más allá de los dictámenes de los hombres le llevan a desobedecer sin dudarlo ni por un momento.

Cuando Creonte descubre la rebeldía de su sobrina, reacciona como el tirano que encarna, ciego de hybris (que era en la tragedia griega la soberbia u obstinación que conduce al personaje a la perdición), desoyendo los consejos de unos y otros y abusando con desenfreno de su posición de poder: “Hay que ayudar a los que dan las órdenes y en modo alguno dejarse vencer por una mujer”, dice.

Ahí hay otra clave: su antagonista no es sólo una rebelde, es una mujer rebelde, una mujer segura y rabiosa, o sea, la imagen del horror para el statu quo, para el poder patriarcal que representa Creonte. La escena, desde luego, nos suena: ese gesto de devaluación y desprecio ante la rabia y la ira de las mujeres por considerarlas emociones “poco femeninas”. Aquí no puedo evitar pensar en un Creonte contemporáneo: el gesto de menosprecio de Trump diciendo, a propósito de Greta Thunberg, que es una joven rabiosa, que es rara, que debe ir a una sesión de control de ira.

La actualidad de Antígona, el hecho de que podamos traerla con facilidad al presente o que siga iluminando preguntas ahora, es lo que la convierte en una de las obras más representadas del teatro universal. El Teatre Lliure de Barcelona acoge en los próximos meses dos propuestas para pensar en la rebeldía y la resistencia. Una es Dones Valentes, que parte del libro del mismo nombre de la periodista Txell Feixas, Premio Nacional de Comunicación 2023, para contar historias de lucha y dignidad de distintas mujeres en Oriente Próximo. La otra es Contra Antígona dirigida por Andrea Jiménez, y se estrenará en mayo para poner de nuevo el foco en la actualidad de la obra clásica: ¿Quién es hoy Antígona? ¿Quién está dispuesto a poner el cuerpo para tomar partido, a comprometerse con la acción hasta las últimas consecuencias? ¿Quién es hoy el enemigo? ¿Quién debería interpretar al coro griego?

El gesto de Antígona sigue llenando los escenarios porque también hoy la polis se remueve ante lo que considera injusto, organiza su rabia y busca cómo existir en la desobediencia.