Ni sabe ni huele a nada, pero mi ejemplar de El loro de Flaubert tiene algo o mucho de magdalena proustiana. Científicamente ese ejercicio evocador que no podemos controlar se denomina IAM, las siglas en inglés de Recuerdo Autobiográfico Involuntario. Tal y como es común a los lectores de libros o artículos de ciencia médica, a Barnes le fascinan especialmente los relacionados con el cerebro, ese órgano, nos dice, que cuando falla nos puede hacer tan desgraciados y que “nos tiene mucho más calados que nosotros a él: sabe todo cuanto sabemos, mientras que nosotros solo sabemos una parte de lo que sabe él”.
En el principio de Despedidas, Barnes reflexiona sobre el IAM, la memoria y el modo en que ésta, por exceso o por defecto, nos domina o nos traiciona. Qué modestia y qué difícil hacer mutis por el foro de la literatura con apenas 200 páginas sin un gramo de solemnidad. Con qué finura no renuncia nunca al humor, aunque hable, como es el caso de esta obra, de cosas tan graves como el paso del tiempo, la amistad, el sexo, la enfermedad, la vejez y sus miserias, la muerte, el sentido de la vida… Que nadie se asuste que es Julian Barnes. Puede que la sangre (padece un tipo de leucemia) le haya debilitado las fuerzas físicas, porque las intelectuales las tiene bien robustas.
Antes de invitarnos a su ceremonia del adiós como escritor (último tercio del libro), nos cuenta la historia de una pareja de amigos —Jean y Stephen— a los que él presentó cuando eran estudiantes en Oxford. Se enamoraron y, acabada la universidad, se separaron. Cuarenta años después, el autor de El sentido de un final volvió a ponerles en contacto y la chispa, al menos al principio, volvió a prender. Nada extraordinario en una relación amorosa en dos tiempos de lo más convencional excepto por ese paréntesis de cuatro décadas. Una peripecia mínima pero suficiente para que nos cautive como suele. Y lo hace al tiempo que aborda asuntos de lo más variado: nos explica cómo ha utilizado la realidad para sus ficciones, qué ambiciones tenía como chico de clase media que estudiaba con beca o con qué actitud mental sobrelleva desde hace cinco años su convivencia con el cáncer (“es incurable pero tratable, una compañera a la que hay que alimentar todos los días con una dosis de quimio para tenerla contenta, o al menos sometida”).
En las últimas páginas se mezclan el balance de una trayectoria, el recuerdo al amor de su vida (la agente literaria Pat Kavanagh, fallecida en 2008, y a la que dedicó Niveles de vida) o la necesidad de afrontar un final que no es fácil y que requiere esforzarse por que sea lo más digno posible (“la iglesia y la ley llevan demasiado tiempo fomentando la indignidad”).
Cree Barnes que poner punto y final a una carrera con un libro que anuncia dentro que no habrá más libros es, de alguna manera, “negarle potestad a la muerte”. Abandonar cuando uno lo decide. Ser también consciente, admite, de que pronto no existirá más que “como una estantería llena de libros”. Pero qué libros. Muchos de ellos tienen lo que él llama la superioridad del novelista a la hora de “entender el amor y casi todos los aspectos del comportamiento humano, mejor que, pongamos, los psiquiatras, los científicos, los filósofos, los curas o los columnistas de consultorios sentimentales”.
Sus textos tienden a maridar con feliz fluidez la ficción, las memorias y el ensayo. Se lo afea el personaje de Jean. “Esa cosa híbrida que tú haces… creo que es un error. Tendrías que hacer lo uno o lo otro”. Seguro que son muchos los que le han dicho lo contrario: esa cosa híbrida que has hecho, señor Barnes, ha sido todo un acierto.



Despedidas












