Este libro reúne cuatro relatos (cuatro historias, se nos dice en la contracubierta; cuentos largos, breves novelas cortas) de una extensión y temática en la que el autor leonés se mueve con indudable solvencia. Lo publica Nórdica en una preciosa edición que cuenta con magníficas ilustraciones de Mo Gutiérrez Serna.

Memoria y belleza, lirismo y esperpento

En la extensa obra de Mateo Díez hay microrrelatos (Los males menores), cuentos (reunidos muchos de ellos en El árbol de los cuentos), novelas cortas (sus Fábulas del Sentimiento), novelas largas (Fantasmas del invierno y muchas otras); libros sueltos, sin relación directa con otros suyos, y extensos ciclos narrativos; obras que se desarrollan en los mundos imaginarios de Díez (Celama en lugar destacado) y otras que tiene su marco en la realidad más próxima (La piedra en el corazón, Azul serenidad), en el mundo de ayer (Las lecciones de las cosas) o son un tributo emocionado del paraíso perdido que siempre es la infancia (Días del Desván).

En sus libros podemos encontrar un lirismo pleno de belleza y de concentrada y reflexiva voz interior, que llega a través de la memoria y de la contemplación serena, y también muestras de un expresionismo cercano al esperpento; encontramos humor e ironía y, a menudo, compasión y derrota.

No es posible resumir con brevedad la obra de quien ha ido construyéndola con mano maestra a lo largo de tantos años, ajeno a otro interés que no sea el literario, el cumplimiento de una tarea gozosa que su vocación le impone, seguro de las palabras y las historias que necesitamos para comprender la materia de la que estamos hechos y de la que están hechos los sueños.

No obstante podemos destacar algunos hitos en su larga carrera literaria. Por ejemplo, Las estaciones provinciales, publicada a principios de los ochenta, en la que ya aparece la vida en la pequeña ciudad de provincias, que le servirá de marco a muchas obras posteriores, y esos personajes, más antihéroes, nos dice, que perdedores, que habitan esa ciudad que “se evade como si la noche lluviosa fuese limando sus matices”, personajes a los que el autor ampara en medio de la precariedad de sus vidas.

Y cómo no recordar Las fuentes de la edad, la novela que lo consagra, que obtiene el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura, aquella historia de cofrades en la búsqueda de la fuente de la eterna juventud, imaginación y parodia, y apuesta decidida por un estilo literario, un vocabulario y un ritmo narrativo que permite “que el sostén de lo que somos sea más hermoso y complejo”.

Las fábulas del sentimiento son doce novelas cortas que se publican entre 2001 y 2008 y que se recogen después en un solo volumen con ese título, novelas en las que habitan secretos de vidas a las que, a menudo, cerca la desgracia y el desamparo, “peculiar comedia humana” en el que las historias adquieren un “tono de intensidad lírica y simbólica, un sentido profundamente metafórico” en las que, ha escrito el autor, laten las contradicciones del corazón humano; novelas cortas que logran esa prolongada vibración emocional que Mateo Díez admira en las que considera mejores del género: por ejemplo, en La muerte de Ivan Illich, de Tosltoi, en Doña Berta de Clarín, o en Daisy Miller de Henry James.

Celama

Y está, para muchos en el lugar más alto de su narrativa, el Reino de Celama, la trilogía que abrió El espíritu del páramo y que el autor confiesa haber escrito desde los sueños.

Celama, situada en el suroeste de ese territorio imaginario que es la Provincia. Celama, también conocida como el Páramo o la Llanura, con su capital Santa Ula, se une a los grandes espacios de la imaginación que nos ha dado la mejor literatura, a Comala, a Macondo, a Región, a Santa María, “una metáfora para nombrar a territorios”, un mundo de la fantasía y la memoria, en el que la derrota y la muerte conviven con áridos paisajes sin fin, con apeaderos olvidados, con personajes como el médico Ismael Cuende con su obituario infinito, o con aquel viejo que sueña en el oscurecer de su vida.

Hay muchas otras obras imprescindibles, entre ellas, Camino de Perdición, Fantasmas del invierno, La soledad de los perdidos, La gloria de los niños, escritas, como las novelas de Celama, desde los sueños y la memoria, otras, en parte Vicisitudes y sin duda Azul serenidad o La piedra en el corazón, escritas no desde los sueños sino desde la emoción de la mirada a un presente doloroso en el que reinan la desgracia, personal o colectiva, la enfermedad y la pérdida.

Gente que conocí en los sueños

“Los sueños están cargados de verdad”, ha escrito José Maria Merino, casi lo mismo que dijo Ernesto Sábato, “los sueños son todo menos una mentira”. Este nuevo libro de Mateo Díez nos cuenta las historias de gente que ha conocido en sus sueños, tal vez en esas fronteras difusas entre el sueño y la vigilia. Personas que habitan en sus Ciudades de Sombra, esos espacios urbanos que “suscitan cierta inquietud, que se atienen a la aureola del misterio que irradia la antigüedad y la noche”.

El libro, ya dijimos que magníficamente ilustrado, recoge, en poco más de cien páginas, cuatro historias sin relación directa entre ellas, aunque ocurren en mundos parecidos, historias en las que, otra vez, la precariedad, la fantasía, la enfermedad y la derrota, y también el humor, están presentes. Es, además de otra muestra de la soberbia imaginación del autor, un ejercicio de estilo en el que conviven la condensación y la belleza, la profundidad y la intensidad, en el que importa lo que se cuenta y también lo que no se cuenta, lo que el lector debe suponer o imaginar.

Luis Mateo Díez ha dicho que el sentido, la necesidad y la intensidad de lo que se narra es lo que caracteriza la modernidad de un relato, y esos tres elementos están presentes en cada uno de los que componen Gentes que conocí en los sueños, con los límites de naturalidad y complejidad que, como afirma el autor, se plantea en su prosa narrativa. No es Luis Mateo un escritor para lectores perezosos o poco exigentes, o asentados en lo convencional, su prosa requiere, y merece, atención y pausa para gozar plenamente de lo que el escritor cuenta.

El primero de los cuatro relatos es Los viajes fantasmales, la historia de Aurelio Recuero, un aparecido, alguien que dice venir de otro tiempo, de una vida ininterrumpida que le ha permitido ser testigo de cuantos sucesos han ocurrido en Broza, esa ciudad en la que los vecinos están acogidos a una suerte de “cansancio vital”, una ciudad por la que pasea Aurelio, parándose en sus tascas, contando las esquinas, aburriendo con sus fantasmagorías a quienes le escuchan desganados, y volviendo cada noche a la realidad con “la luz morada del amanecer”, consciente ya, nos dice el narrador, de haber perdido el pleito de la existencia y el honor de haber sido alguien.

Los círculos de la clausura, las más larga de las cuatro historias, se desarrolla a partir de la vecindad de un convento y una penitenciaría, dos centros de clausura en plena decadencia, cada uno con su dolor a cuestas. Desaparecen una monja y, sin que a nadie le importe mucho, tres presos, mientras la nieve cae en los Montes de Arbelo, y no es sencillo dirimir lo verdadero de lo inventado. Las gentes del lugar “viven del cereal y del silencio” y apenas saben nada de la culpa y la amargura que se esconde tras los muros cercanos del convento y de la cárcel del Cejo. El monólogo final de la monja huida es un prodigio que cierra con brillantez y contención el relato.

Los muertos escondidos tiene un final que recuerda al de Los viajes fantasmales: es en la cama, al final del día, cuando la realidad ya no se puede vencer, cuando cada persona está irremediablemente sola, aunque haya alguien a su lado. Es la historia de Lamberto, en su día un niño rebelde y enfermo, que ha desaparecido, del que nadie sabe nada (nada de nada, se subraya), tal vez ha sido la muerte la que se lo ha llevado como si fuera la corriente del río, tal vez se haya ido como se fue para siempre la memoria de la cabeza anegada de tía Eudosia, nos cuenta el narrador, uno de los pocos clientes del Bar Cordial, un lugar en el que se aprecia poco a los habituales y en el que se reúnen resignados los herniados.

En Las amistades del diablo, la historia que cierra este libro, nos encontramos a Calvero, un perdedor, un hombre que se siente observado, perseguido, incluso suplantado, y al que la vida va cercando mientras crece en su interior “el latido de un cuerpo extraño, el coletazo de un ser tan esquivo como despiadado”. A los insomnes como Calvero el diablo les espera y no hay piedad, las desdichas van llegando mientras Sauro, el gran amigo de otro tiempo, ha conquistado la felicidad y consumado la traición.
En este relato aparece Ordial, la inolvidable capital de la Provincia, ese territorio de la imaginación, esa Ciudad de Sombra que conocen bien los lectores de El paraíso de los mortales o Fantasmas del invierno, dos de las grandes novelas de Luis Mateo Díez

En este libro breve llaman muchas cosas la atención, pero podíamos resumir todas esas sensaciones en el asombro ante el grado de perfección formal de la escritura y la capacidad del autor para abrirnos las puertas de un universo literario muy personal, en el que permanecemos emocionados y salimos agradecidos.