– Para recordarlo.

– Para poseerlo. Para calmar el dolor de su inminente ausencia. Porque iba a una batalla de la que podría no volver. Según el relato, así es como nace la pintura. El arte mismo. Y aunque pueda parecer que su origen fuera la melancolía y el anhelo de dos enamorados… Que el nacimiento del arte fuera un acto de amor puro… En realidad… Nace de la guerra. Sin destrucción, no hay creación. Sin conflicto, sin enfrentamiento, sin lucha, sin ira… no habría arte. Respondemos al horror con el arte. Con nuestras manos y ojos. Con nuestras mentes y nuestras vísceras. Respondemos con torrentes de humanidad. Porque ni las balas ni los látigos pueden acabar con el acto mismo de la vida. De la creación… Rosarito, pintar es el camino. Crear es el acto de la vida. Es la senda sin fin…»

(Manuel Gutiérrez, Goya. Saturnalia)

Hace unos meses se inauguraba una exposición en Madrid donde se ofrecía una experiencia «inmersiva» en la obra de Goya. Las exposiciones audiovisuales, cada vez más frecuentes, son una dudosa alternativa a las visitas a los museos que debería poder convivir con otras actividades culturales, pero, en mi opinión, plantean un doble problema: por un lado dejan en el visitante la sensación ilusoria de que ver una pantalla es lo mismo que contemplar el lienzo original; por otro ofrecen una experiencia ya mascada, deglutida y prefabricada de la apreciación artística, que deja poco espacio al análisis crítico y a la propia interpretación.

Previsiblemente, estas exposiciones se convertirán en los museos del futuro. Resultan rentables, cómodas para los museos (que no deben trasladar sus cuadros) y responden a las inquietudes de una sociedad atolondrada a golpe de clic. El caso de la exposición de Goya resultaba particularmente hiriente en Madrid, al proclamar que aquella visita era «inmersiva». ¿Qué puede ser más «inmersivo» que visitar el Museo del Prado, la Real Academia de Bellas Artes, el Museo Lázaro Galdiano o dejarse elevar contemplando los frescos de la Ermita de San Antonio de la Florida?

Frente a este acercamiento adulterado y simplista, otras propuestas nos invitan a sumergirnos en el misterio de Goya con una nueva mirada. Es el caso de Goya. Saturnalia, un cómic de Manuel Gutiérrez y Manuel Romero editado recientemente por Cascaborra.

La obra es definida en sus primeras páginas como «una fuga de cinco movimientos», evidenciando la cadencia musical y el ritmo poético del guion de Gutiérrez y el arte de Romero. Cada movimiento es precedido de una cita. La primera es de la prodigiosa Alejandra Pizarnik, quien, con su alma de niña vieja, escribió versos tan dolorosos como: «Afuera hay sol. Yo me visto de cenizas», con solo 22 años.

Las otras citas son de Carl Gustav Jung, Blanca Varela, William Blake y Alan Moore. La inclusión del genial guionista no es casual. Como hiciera Moore en su magistral Watchmen, los autores de Goya. Saturnalia utilizan una secuenciación fija en buena parte del cómic (en este caso una retícula 3×4), donde las calles que dividen las viñetas funcionan como rejas que atrapan a los personajes. Las páginas en las que desaparece esa estructura dejan un poso de libertad, pero también de vacío.

Goya. Saturnalia es un cómic sobre el ocaso de Goya, la era en la que produjo su obra más revolucionaria: las Pinturas Negras. Gutiérrez y Romero reflejan el aislamiento del artista: apartado de la Corte, recluido en la Quinta del Sordo e incomunicado por su propia sordera, el genial pintor se refugió en sí mismo para espantar sus demonios a brochazos.

El tebeo es una reflexión sobre el arte y el proceso creativo, una meditación sobre el tiempo, una dentellada a los absolutismos y una mirada horrorizada a los monstruos de la guerra. El dibujo de Romero asume la irreverencia justa, juega con los referentes de Goya y los transforma en viñetas vivas, evidenciando la profunda conexión de la etapa más vanguardista y oscura del pintor con el lenguaje del cómic. La escala cromática utilizada por el dibujante es otro de los puntos fuertes de la obra, con esos ocres engullidos por las sombras, a medida que el pintor se funde con la eternidad.

Goya. Saturnalia ofrece muchas lecturas. Es fácil que al pasar por sus páginas nuestros ojos lean rápido, con ansia, abrasando las viñetas con la mirada. Como Saturno, la traslación latina del titán helénico Chronos, cuando devoró a sus hijos. Con deseo. Con fuego. Goya pintó a Saturno siendo ya septuagenario. Era consciente de que el tiempo le devoraba. Tenía hambre de tinieblas. Las viñetas desgarradas de Goya. Saturnalia nos transportan a la mente del maestro en aquellos momentos de soledad. Como las grandes obras, su lectura nos dejará más preguntas que respuestas. Y mucha belleza…