La primera vez que vi a León Felipe iba subido a la grupa de Rocinante, el jamelgo cuya montura resultó ser mejor que la de Babieca y Bucéfalo, al decir de don Quijote, su acompañante por la extensa llanura manchega, que se adentra y anega las calles de Madrid como la noche las orillas del horizonte. Se me apareció en un lugar de noviembre, a esa hora de la tarde en la que la última rebanada de luz adquiere la textura de una arena fina y un aire de velada melancolía. Ocurrió mientras escuchaba Vencidos, el último corte de Mediterráneo, el inmarcesible disco de Joan Manuel Serrat.

Poco después, por el tiempo en el que los emigrantes repetían el ritual de cada año y se dejaban llevar por la misma estrella peregrina de Belén para volver a su tierra provinciana, un buen amigo de la infancia, que había tenido que marchar con su familia a Francia huyendo de la pertinaz sequía que lo inundaba todo, me regaló el disco que recogía el mítico concierto de Paco Ibáñez en el Olimpia de París.

Entre los poemas de distintos autores que contenían las estrías del vinilo estaba Como tú: Así es mi vida,/ piedra,/ como tú. Como tú,/ piedra pequeña;/ como tú,/ piedra ligera;/ como tú,/ canto que ruedas/ por las calzadas/ y por las veredas;/ como tú,/ guijarro humilde de las carreteras;/ como tú,/ que en días de tormenta/ te hundes/ en el cieno de la tierra/ y luego/ centelleas/ bajo los cascos/ y bajo las ruedas; (…)// como tú, que no has servido/ para ser ni piedra/ de una lonja,/ ni piedra de una audiencia,/  ni piedra de un palacio,/ ni piedra de una iglesia;/  como tú,/ piedra aventurera;/ como tú,/ que tal vez estás hecha/ sólo para una honda,/ piedra pequeña/ y/ ligera. Nunca antes me había sentido tan aludido por alguien, ¡no digamos por un poeta!, por lo que busqué con cierto azogue nuevos poemas-espejo en los que mirarme.

Durante aquel desmayado “curso juliano”, en el que inicié mis estudios de Farmacia, no paré hasta encontrar en una librería de viejo de la Cuesta de Moyano una de las escasas ediciones antológicas de su obra que circulaban por Madrid. Romero solo… fue la definitiva toma de conciencia de mi identidad: “Ser en la vida romero,/ romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos./ Ser en la vida romero,/ sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo./ Ser en la vida romero, romero…, sólo romero./ Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,/ pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,/ ligero, siempre ligero”.

Fueron estos y otros poemas suyos, junto a los de Antonio Machado y Federico García Lorca, quienes me permitieron sostener la mirada a la nada y reivindicar el coraje del ser: contra el absurdo de su existencia, merece la pena ponerse en marcha y empezar a andar la vida.

Cuando entonces, yo tenía 18 años. Ese otoño mis ramas mostraban la caída de las primeras máscaras y en mi tronco se dejaba sentir la escoliosis propia de quienes abandonan la adolescencia tratando de echarse el mundo a la espalda. Él, hacía cinco años que su río había dado en la mar, aunque sus aguas todavía no sentían el frío oleaje de la muerte.

Había fallecido, sí, pero aún no estaba muerto porque aquellos cantautores de los años sesenta y setenta (desde Adolfo Celdrán a Luis Pastor, pasando por Paco Ibáñez, Aguaviva y Serrat), que habían descubierto que su poesía era más hablada que escrita y musicado algunos de sus poemas, alzaron sus voces, como relinchos, para recurrir la sentencia implacable del olvido

No estaba muerto porque los dioses habían aprendido su nombre antes que los editores y podían llamarlo por su mote, su apodo, su remoquete: León-felipe. No estaba muerto por su empecinamiento en ser permanentemente actual, contemporáneo de quienes vinieran después y arriesgaran en el incierto juego de la vida, a pesar de los polvos del camino. Tan solo era ya barro bien cocido, dispuesto a desmorirse con el mismo e incesante interés con el que se había desvivido por el hombre y la palabra.