La estación era un hervidero de gente que iba de un lado para otro y por todas partes había abrazos y despedidas, besos y bienvenidas. Un enjambre de taxis se apelotonaba en la entrada principal cargando y descargando equipajes. Mamá me llevaba en brazos y papá cargaba con las dos pesadas maletas. Mamá le dijo a papá que si nosotros también hubiéramos cogido un taxi, en lugar de ir en el metro, ahora nos sobraría tiempo. Papá le dijo que si ella hubiera sido más rápida guardando faldas y blusas también nos sobraría tiempo, incluso habiendo cogido el metro.

Compramos los billetes mirando de reojo el reloj, apurándole al taquillero. Luego, atravesamos el vestíbulo de la estación a la carrera, esquivando el tumulto de pasajeros despistados y los montículos de equipajes desperdigados por el suelo. La megafonía ya estaba anunciando la salida de nuestro tren por la vía primera. Papá gritó para que acelerásemos más el paso. Mamá gritó que no podía ir más deprisa. Un par de trompicones al bajar las escaleras casi nos hizo caer a todos. Papá gritó un par de maldiciones. Mamá gritó mandándole callar. Alcanzamos el andén justo cuando el tren pitaba y las puertas se cerraron. Un par de personas, agitando las manos en el aire, decían adiós a otros viajeros asomados a las ventanillas. Papá gritó al tren. Mamá gritó a papá. El tren chifló de nuevo y dio un tirón para ponerse en marcha. Nos tropezamos otra vez y las maletas cayeron al suelo abriéndose de par en par. Sentí los brazos y las manos de mi madre aferrándome con fuerza contra ella, sin perder el equilibrio. Bañadores, camisetas y sandalias se desparramaron por el andén como si fuera una playa junto a un mar de vías.

La máquina, con mastodóntica lentitud, comenzó a moverse. Mamá gritó al tren. Papá gritó a mamá. El potente ruido del tren lo devoró todo. Mamá soltó un taco. Papá insultó a mamá. Ella le mandó callar. El tren se alejaba traqueteando. Papá volvió a insultar a mamá y la emprendió a patadas con una de las maletas despanzurradas. Después, agarró con fuerza un brazo de mamá. Sin soltarme, ella se zafó y empezó a correr hacia las escaleras. La voz de papá quedó atrás. Unas palabras amenazadoras y un puñado de insultos nos siguieron hasta que llegamos al vestíbulo y la voz ya se hizo inaudible. Salimos a la calle y cogimos un taxi. No volví a ver a mi padre hasta muchos años después.

Más sobre el Premio de Cuentos Breves Maestro Francisco González Ruiz

El gran número de autores innovadores y la gran calidad del cuento español en el panorama literario contemporáneo es un fenómeno reconocido tanto por la crítica especializada como por los aficionados a la literatura en general y a la narrativa breve en particular. Con el objetivo de promover y difundir este género, hoyesarte.com, primer diario de arte y cultura en español, y KOS, Comunicación, Ciencia y Sociedad, con la colaboración de Arráez Editores SL, convocan la primera edición del Premio Internacional de Cuentos Breves ‘Maestro Francisco González Ruiz’, dotado con 3.000 euros.

El certamen se desarrolla en una fase previa y otra final. Durante la previa, el viernes de cada semana, el Comité de Lectura selecciona el relato que, a juicio de sus miembros, sea el mejor entre los enviados hasta esa fecha, publicándose el lunes siguiente en hoyesarte.com. Este es el caso del cuento Aquel verano.

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