Quitó el último vendaje con cuidado. Dejó a un lado la larga tira de gasa y centró toda su atención en retirar los algodones que protegían las zonas más delicadas. Frente a él apareció el rostro de un hombre de barbilla cuadrada, ojos azules bastante juntos, pómulos pronunciados y nariz estrecha.  El médico suspiró con satisfacción. Una obra maestra, sí señor. De lo mejorcito que había hecho en su vida. Un carraspeo le recordó que debía procurar contener su alegría ya que el paciente todavía no había visto su nuevo rostro. Tal vez no le pareciera tan bien como a él mismo. El doctor Parker cogió el espejo y se lo alargó al hombre quien, durante unos minutos, se sumergió en la contemplación de su nuevo rostro.

-Muy bien, sí señor. Creo que ahora podría pasar por delante de mi propia familia sin ser reconocido –otra mirada y una sonrisa que pronto se cambió por una mueca de dolor.

-Los puntos todavía están muy recientes –advirtió el cirujano. Debe procurar no gesticular demasiado durante unos días. Le daré una pomada para hidratar la zona. Eso ayudará.

– ¿Cuándo podré salir de aquí?

-Pongamos una semana –respondió el médico. El paciente hizo un gesto de desagrado. Debemos vigilar que no sobrevengan infecciones –apuntó el cirujano con tono que intentaba ser convincente.

-¿Y si ponemos dos días? –la pregunta era totalmente innecesaria. Ambos sabían que aquel hombre estaba acostumbrado no sólo a hacer lo que le daba la gana, sino a que todos los que le rodeaban obedecieran sus órdenes sin rechistar. El médico intentó que razonara.

-Piense que acaba de salir de una operación muy delicada. Cualquier infección…

-Me voy pasado mañana. Y no te preocupes, te abonaré los cinco días que no estaré aquí –miró al médico con gesto despectivo. “Matasanos, sólo piensan en el dinero” –meditó. Bien y ahora, si no te importa, debo hacer unas llamadas –Le dio la espalda.

El médico salió bufando de la habitación. ¿Por quién lo tomaba? ¿Por su criado? ¿Y por qué lo tuteaba? Ese hombre era la persona más desagradable que había conocido. ¡Y mira que por su clínica pasaba gente a la que había que echar de comer aparte! Y eso sin contar con que la mayoría no eran precisamente los más honrados del mundo. Pero lo de este tal Smith pasaba de castaño oscuro. Estaba convencido de que el dinero era lo único importante en la vida. Y debía tener mucho. Bueno, reflexionó el doctor Parker, el dinero sí que es importante. Y tenía que reconocer que ese antipático no había protestado cuando Parker le había hecho el presupuesto de la operación. Smith quería un rostro nuevo y que le borrara las huellas dactilares y estaba dispuesto a pagarle lo que pidiera. Sabía que era un gran cirujano, aunque le hubieran retirado la licencia para ejercer. ¡Dichosos comités de Ética! Al pensar en sus honorarios se animó bastante y empezó a olvidar las humillaciones que había recibido de aquel mequetrefe mal educado. Se dirigió a su despacho con una sonrisa en los labios. Pensaba cobrarle esos cinco días a peso de platino. Todo lo demás ya estaba facturado a peso de oro.

La detención de Beau Franklin –el verdadero nombre de Smith– fue un bombazo en toda regla. Para todo el país. Por fin, el estafador más buscado de América había caído en manos de la policía. Cuando un periodista explicó que el detenido no había querido ver a su abogado sino a su médico, un prestigioso cirujano plástico, la gente pensó que era un bulo para ganar audiencia. Pero no lo era.

El doctor Parker entró en el centro de detención con el corazón en un puño. A saber, qué quería su ex paciente. Nada bueno, desde luego. Estar entre lo peorcito del país no era plato de gusto –a pesar de que podía reconocer entre toda aquella chusma a varios de sus clientes–, por eso siguió al policía hasta el locutorio con el alma en vilo. Unos minutos más tarde apareció Franklin. Estaba cambiado, aunque al médico le costó bastante averiguar dónde estaba la diferencia. Ahora Franklin era más humilde. Aquel gesto soberbio que parecía marca de la casa se había esfumado. Pero sus ojos seguían mirándole fijamente. A Parker se le ocurrió la idea de que la expresión “miradas que matan” se había inspirado en ese hombre sentado frente a él, con un mono de color chillón y zapatillas blancas. También se fijó en que llevaba una cadena alrededor de la cintura que bajaba hasta los pies, rodeándolos. Los guardias pasaron la cadena por una argolla anclada en el suelo, inmovilizándolo. El médico hizo un gesto de sorpresa. ¿Tanta seguridad por un estafador?

-¿Por qué me ha llamado? –acertó a balbucir Parker, que no podía disimular su miedo.

-Para que contestes a una pregunta. Cuando te pedí que me dieras una cara nueva no sabía que no ibas a limitarte a hacer cambios aquí o allá. Tú me pusiste una cara, pero no era nueva. Era la cara de alguien que reprodujiste usando la mía –se revolvió en el banco y continuó hablando–. Cuando salí a la calle tras la operación, lo hice creyendo que era libre de ir a donde me apeteciera. Y me fui a las oficinas del FBI. Hasta me di el gusto de entrar en el edificio y pasar delante de un montón de agentes que entraban y salían. Los miré sin apartar la vista como hacía antes. Ya no necesitaba esconderme. Y, de pronto, una mano se posó en mi hombro y una voz con acento de Kentucky me detuvo. Me giré, preparado para salir corriendo, pero una veintena de agentes me rodeaban, me apuntaban con sus armas, algunos con la boca entreabierta, deseando que hiciera el más mínimo movimiento para darme un par de tiros. Estaba tan asombrado que no reaccioné. Durante todo el proceso de toma de huellas –que se fastidien, no las tengo– y  la lectura  de derechos sólo podía pensar en cómo habían podido reconocerme. Se lo pregunté al agente que vino a interrogarme y fue tan amable que me dejó un espejo para que pudiera verme y responder a mis propias preguntas. ¿Quién te pagó por entregarme? ¿Quién?

Se levantó de pronto y agarró al médico por el cuello. Parker luchaba por soltarse, pero las manos de Franklin eran las de un hombre rabioso, fuertes como tenazas y con ganas de venganza. Se necesitaron tres agentes para liberar al médico. Se llevaron a Franklin, gritando, pateando y aullando como un poseso. Parker se quedó sentado y respirando afanosamente. Un agente le trajo un vaso de agua –beba, que le va a dar algo. Despacio.

-¿Por qué me culpa a mí de su detención? Yo ya no ejerzo. Ahora soy librero –explicó.

-Perdone que se lo pregunte: A usted le gusta la serie Los más buscados de América, ¿verdad? –el médico asintió, intranquilo. A ver si ahora le caía encima el FBI por lo de ejercer de forma ilegal. El policía siguió hablando. Este hombre tiene las facciones del violador de Oklahoma, condenado a pena de muerte por seis asesinatos y reclamado en cinco estados. Los forenses han sido incapaces de encontrar su ADN en las víctimas, pelos o cualquier otra prueba biológica. Lo único que dejó atrás fue una imagen en una cámara del hotel al que llevó a su última víctima. Y esa imagen es la de ese hombre que acaba de salir dándose a los diablos. Cuando presentamos las acusaciones casi se vuelve loco. Afirma que es inocente de las violaciones. Una cosa es ir al trullo quince años y otra que te frían en la silla eléctrica, ¿no le parece? Y lo malo es que le va a costar mucho probar que no es el tipejo de Oklahoma. Huellas borradas a conciencia, la cara calcadita al del violador… Usted es el único que puede identificarlo y librarlo de acabar como el pollo del Kentucky Fried Chicken –añadió el policía con un toque de humor negro oscuro.

-Yo no lo he operado –el tono de voz del médico desmentía sus palabras.

-No nos mienta. No añada la obstrucción a la justicia a los cargos que ya pesan sobre usted –aconsejó el policía. Hay una cosa que me gustaría que me explicara.

Parker se encogió de hombros, derrotado. –Pregunte– lo animó.

-¿Por qué le puso a ese hombre la cara del violador? –el policía sonreía.

-Es que es una cara muy interesante –se defendió Parker– y Smith, digo Franklin, tenía una expresión tan bobalicona…   

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