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Tristemente, al trauma emocional se ha sumado el puramente físico cuando en la Navidad de 2022 el autor se desplomó en Roma y descubrió, al recuperar la consciencia, que era incapaz de moverse, que había quedado tetrapléjico y que su vida iba a ser otra muy distinta a partir de ese momento. Él, que asegura recordarse de joven envidiando al amigo con facilidad para ligar o al que tocaba mejor la guitarra, se descubre ahora envidiando al que puede rascarse la espalda o sonarse la nariz.

El último libro de Kureishi en llegar a nuestras librerías —al inicio del verano— es ¿Qué ha pasado?, antología de artículos y algunos cuentos, unos y otros escritos antes del accidente que le ha postrado para siempre en una silla de ruedas.

Y uno se acerca a esta colección de textos sobre los temas más diversos —musicales, editoriales, religiosos, sexuales…— preguntándose qué ha pasado con el propio Kureishi desde que nos entregara ese diario de convalecencia, de hombre roto, que es A pedazos. Por los videos más o menos recientes que circulan en redes, sabemos que el grado de dependencia con el que vive, un par de años después de la fatal caída, es extremo (dos cuidadores, uno de ellos interno, se encargan de su día a día), situación nada fácil que sobrelleva profundamente agradecido por el modo en que respondieron desde el principio su mujer, Isabella, y sus tres hijos.

Precisamente con uno de sus hijos, Carlo, trabajó para que todas las notas que dictaba cada día durante su ingreso hospitalario en Roma primero y en Londres después acabaran concretándose en este diario, de frase sencilla, sincera y descarnada, en el que Kureishi apunta el valor literario del trauma que comentábamos al inicio. Leyó una vez a un psicoanalista húngaro que el trauma en edad infantil consigue que el chaval afectado experimente un crecimiento más rápido que el resto y así poder adaptarse al horror que le perturba: “En mi adolescencia estaba tan traumatizado por el racismo y lo horrible que me resultaba el colegio que empecé a leer y escribir de forma prematura y compulsiva. Se podría decir que el trauma me salvó y me convirtió en escritor. Aquí me está sucediendo algo similar: estoy encontrando una manera de lidiar con el trauma que me ha provocado este accidente mediante esta escritura dictada”.

La escritura le salva del trauma, es más importante que nunca para él, pero el trauma esta vez es un espanto demasiado cruel que hace tambalear al espíritu más robusto. Cada dos páginas Kureishi desea dejar claro al lector que vive un infierno que le desespera.

Hablando de infiernos en primera persona cita mucho a su amigo Salman Rushdie: “Debo recordarme una y otra vez a mí mismo algo que me dijo Salman en los primeros días de la fetua: que solo quedaba aprender a tener paciencia”. También consigna su aspiración ante el horror: no hundirse y sacar algo valioso de ello. El protagonismo absoluto es para las humillaciones del día y para dar cuenta del impacto previsible en la relación con su entorno más cercano, mayormente con sus hijos y su pareja actual (“vamos a tener que buscar una nueva forma de querernos”).

Procura siempre dejar espacio para el retrato de personajes que le rodean, para los recuerdos de su infancia, al consumo de drogas, el temor a lo políticamente correcto en la literatura o el comentario a la serie o película que haya podido ver ese día. Se esfuerza, pese a todo, por no renunciar a ese humor que tan bien domina: “Ya he rebautizado a mi ano como la Ruta 66” o “con el tiempo, podría ser capaz de hacer algún pequeño cunnilingus, confío en que así sea. Pero en estos momentos soy un hombre desesperado que intenta abrir una bolsa de anacardos con los dientes y la ayuda de una pared para apoyarla”.

Es inevitable leer no pocos pasajes de los artículos de ¿Qué ha pasado? acordándonos del momento que atraviesa, y eso pasa ya desde la misma introducción cuando escribe: “Jamás he conocido a un escritor jubilado. Envejecer significa tener más que decir y menos inhibiciones. Una vez que los hijos son mayores, uno dispone de más tiempo, ¿y qué otra cosa va a hacer en todo el día?”.

Son textos excelentes que acaban integrando casi siempre el elemento autobiográfico: como el que dedica al actor Peter Sellers para recordar a su padre, el que habla de diferentes ciudades para acabar viajando en el tiempo a su barrio de crío en la periferia… Son formidables también los retratos que dedica al editor de Faber and Faber, Matthew Evans, al gran Georges Simenon o a sus admiradísimos David Bowie y Salman Rushdie.

En A pedazos Kureishi tira no pocas veces de cultura popular para describirse. Cita a escritores conocidos (“estoy experimentando esa terrorífica sensación del relato de Edgar Allan Poe de ser sepultado en mi propio cuerpo”) o afirma sentirse como el Titanic luchando por salir a flote cuando cada mañana le manipulan en la cama para asearle y vestirle. Y en algún momento se refiere a sí mismo como “una tortuga boca arriba sobre su caparazón, moviendo desesperada las patitas, rogando que le den la vuelta”. Es una imagen angustiosa que ojalá el tiempo y la fisioterapia puedan ir corrigiendo. Sus lectores sabemos que mientras tanto -aunque sea boca arriba- seguirá escribiendo. Es algo que le calma y que nosotros le agradecemos.

¿Qué ha pasado?

Hanif Kureishi

Traducción de Cecilia Ceriani

Editorial Anagrama

216 páginas

21,90 euros

 

 

 

 

A pedazos

Hanif Kureishi

Traducción de Mauricio Bach

Editorial Anagrama

256 páginas

20,90 euros