Lo aclara Ted Gioia (Palo Alto, EE.UU., 1957) en su excelente historia del género, una obra reeditada este año que profundiza en sus metamorfosis y elementos comunes y que debería interesar a cualquier melómano. Porque su impacto va más allá de la certera frase de Muddy Waters: “el blues tuvo un hijo al que llamaron rock and roll”. Está en la médula de casi todas las músicas del siglo XX. El pop, el heavy, el hip hop, el soul o el jazz, incluso en algunas menos obvias como el reggae, el surf o la bossa nova. Todas ellas llevan el blues en su código genético.

Su nacimiento, auge, decadencia y resurgimiento puede contarse a través de una selección de discos o canciones; o por décadas, temas (relaciones rotas, falta de raíces, dolor, apuros, adulterios…), incluso ciudades (“el blues nació en Mississippi, husmeó un tiempo en Memphis y después se estableció en Chicago, donde es probable que siga viviendo tranquilamente hasta el fin de sus días”, escribió el crítico musical Peter Guralnick). Gioa, en cambio, optó por levantar acta del asunto con un relato centrado en unas cuantas vidas que consiguieron escapar de la miseria, grabar algunas canciones y ser con el tiempo redescubiertos, copiados e idolatrados por bandas como The Beatles o The Rolling Stones o guitarristas como Eric Clapton o Carlos Santana.

Bessie Smith (1894-1937)

Imaginen en qué circunstancias podían las mujeres de aquel pedazo de tierra tratar de hacerse un nombre a principios del siglo pasado. Aun así la hija de un predicador que vino al mundo en una cabaña miserable acabó ganándose el apodo de “emperatriz del blues” y siendo la artista negra mejor pagada en los años veinte. Bessie cantó un clásico absoluto, el St. Louis Blues, uno de esas canciones que han trascendido el género y han acabado frecuentando multitud de artistas del pop y del jazz. En Estados Unidos solo Noche de paz tuvo más versiones en las dos primeras décadas del siglo pasado.

Charley Patton (1891-1934)

Había que verlo: andaba arrastrando un pie a causa de un disparo, una cicatriz decoraba su frente y le faltaban unos cuantos dientes. Pero también había que oírlo: se saltaba algunas normas de la métrica musical que ya fuera por voluntad propia o por limitaciones naturales no solo no le quitaba fuerza sino que lo hacía más expresivo. En ese sentido, para Goia, Patton no era distinto de “artistas de vanguardia de otras disciplinas que deslumbraron al público en la década de 1920, como Joyce, Picasso, Eliot y otros”. Creó escuela por su dominio del slide y el uso percusivo que hacía de la guitarra. Y según cuentan los que le vieron se adelanto más de treinta años a Jimi Hendrix en todo a lo que posturitas de guitar hero se refiere.

Son House (1902-1988)

Como el anterior, Eddie Son House Jr. es otro de los padres fundadores del blues del Delta. Antes de ser mentor de Robert Johnson y un modelo para Muddy Waters, fracasó como predicador y dio con sus huesos en la cárcel acusado de asesinato. Cantaba con la misma intensidad con la que vivía. Casi poseído, según Goia. “Las palabras en sí son casi irrelevantes: hable de un antiguo amor, del clima o de una vaca lechera, House siempre tiene la fuerza de un patriarca del Antiguo Testamento que anuncia su inminente fatalidad”.

Bukka White (1909-1977)

House estuvo tras los barrotes de Parchman, la prisión del Delta, centro penitenciario al que se acercaron unos cazatalentos a finales de los años treinta buscando reclusos que merecieran una grabación. Así dieron con Booker “Bukka” White. Casado a los 16 años y viudo antes de cumplir veinte, nunca negó el asesinato que le puso a la sombra. Se ganó el cariño de reclusos y guardias, que hicieron un fondo común para comprarle una guitarra. Influyó en el primer Dylan que grabó una de sus canciones (Fixing to die) y echó una mano a su primo B.B. King cuando éste empezaba y quería hacerse un hueco en Memphis.

Tommy Johnson (1896-1956)

Con él llega la primera voz dentro del blues capaz de seducir a un público degustador habitual de otros estilos de música. También fue el primero en protagonizar la leyenda más célebre: caminando a medianoche, en un cruce de caminos, un tipo misterioso le afina la guitarra y le informa que a partir de ahora podrá tocar todo aquello que desee. El precio por disfrutar de esa capacidad es haber vendido su alma al diablo. Pues sumen a la habilidad ganada con la guitarra las que tenía, según Goia, en su garganta. “Su falsete es el sueño de cualquier cantante de country. Y el vibrato de sus notas largas es de los que, todavía hoy, hacen que los espectadores del programa American Idol agarren el teléfono para votar”.

Skip James (1902-1969)

Otro de esos pioneros del Delta que grabó en los años treinta, quedó olvidado durante mucho tiempo y fue redescubierto en los sesenta. A diferencia de Patton o Son House, él no había tenido que recoger algodón y -algo aún más raro si cabe- había podido estudiar. En sus últimos años de vida se benefició de los ingresos que le llegaron vía la versión de los Cream de Eric Clapton de su I’m so glad. Fue, en palabras de Goia, “el cantante más reconocible de cuantos ha producido este lenguaje musical. Su melancólico lamento, con sus distintivos timbres, evocaba una incongruente combinación de características femeninas y masculinas que tenían muy poco en común con el duro y viril chorro de voz que era típico entre sus contemporáneos”.

Robert Johnson (1911-1937)

Para entendernos: si B. B. King es el gran icono del blues moderno, Robert Johnson es el que mejor simboliza el blues de las primeras grabaciones. Otro más que vendió su alma al diablo y de cuya vida hay más suposiciones y desapariciones repentinas que hechos contrastados. Lo que sí parece demostrado es que fue el primero en tratar de dar con la receta del éxito comercial, pensándose muy mucho lo que quería registrar antes de entrar en el estudio. Y lo consiguió: sus canciones siguen cautivando y continúan vendiéndose casi un siglo después de ser grabadas. Seguramente sea uno de los más versionados por las vacas sagradas del rock. De Cross Road Blues a Sweet Home Chicago.

Muddy Waters (1913-1983)

La tarde en que Keith Richards y Mick Jagger se conocieron estuvieron escuchando un disco de Muddy Waters y aquello debió de marcarles. A la banda que poco después formaron le pusieron el nombre de una canción del carismático genio del blues. La de Waters es la historia del músico del Delta que pone a rumbo a Chicago para transformar el blues rural en un sonido urbano y eléctrico. Un nuevo y poderoso lenguaje, una revolución que tuvo en su persona al mejor líder posible. Eran los años cincuenta y Waters dispuso de la discográfica (la de los hermanos Chess), la banda (Little Walter, Otis Spann) y el compositor (Willie Dixon) adecuados. El cancionero de este último (Hoochee Coochee Man, I just want to make love to you) contribuyó además a esa imagen de Muddy Waters como “rey de la testosterona”. Falleció en 1983. Dos años antes, aquellos dos chavales ingleses pudieron rodear a su ídolo y rendirle tributo en un bar de Chicago.

John Lee Hooker (1917-2001)

Con él llegó el boogie al blues para quedarse. Ritmo vibrante que rimaba a la perfección con la voz igualmente hipnótica de Hooker. Quizá porque salió del Delta con destino a Detroit a buscarse un empleo, su música fue más permeable que ninguna otra a los sonidos del soul y el rock que triunfaban en la ciudad del automóvil. El suyo es uno de esos pocos casos en que un artista de blues no solo gusta a las estrellas; también consigue vender casi tanto como ellas, como le sucedió en el último tramo de su carrera con The healer, Mr. Lucky o Boom boom.

Howlin’ Wolf (1910-1976)

Un gigante –metro noventa y cinco- con un estilo vocal a la altura de su corpulencia. “Tiene una voz más fuerte que quince hectáreas de ajo picado”, dijo el cantante Ronnie Hawkins. Es una de las gargantas más imitadas del blues. Haciendo honor a su nombre artístico, sabía aullar como un lobo; sabía también gemir y gritar y gruñir y susurrar. Y hacer el payaso sobre las tablas hasta la catarsis: lo daba todo en los directos tratando de llevar al público al éxtasis, y así fue perfeccionando un repertorio de trucos que, dentro del blues, le convirtieron en el rey de la escena.

https://www.youtube.com/watch?v=8fQVMyW4ums

B.B. King (1925-2015)

Cuenta Goia que en los años cincuenta el blues necesitaba un visionario capaz de llegar donde no llegaban John Lee Hooker o Son House, de deleitar con un blues que fuera “elegante a la vez que áspero, un blues que hubiera aprendido las lecciones de jazz moderno y que también pudiera combinarse sin problemas con el pop, el country y el góspel; un blues que pudiera funcionar en los garitos pero que no estuviera fuera de lugar en contextos de suprema elegancia”. Ese alguien fue un granjero que respondía al nombre de Riley B. King. Un adolescente que se deslomaba recogiendo algodón y que acabaría seduciendo a los seguidores del canal MTV. Lo más parecido a una superestrella que ha tenido nunca el blues del Delta.

R.L. Burnside (1926-2005)

Es tradición entre los estudiosos del blues viajar, con alguna pista en el bolsillo, a la región del Delta a la búsqueda del talento joven por explotar en unos casos, y el olvidado por desenterrar en otros, como lo fueron los enormes Mississippi John Hurt o Mississippi Fred McDowell. En los años noventa esa labor de rescate la hizo en buena medida un sello pequeño, Fat Possum Records, con dos artistas de culto como R. L. Burnside y Junior Kimbrough. La historia de Burnside es la de un aparcero que grabó de vez en cuando, que pasó mucho tiempo en prisión y que vivía en una cabaña que se caía a trozos cuando le animaron a volver al estudio. A la vejez viruelas: acabaría haciendo discos con los molones punkarras Jon Spencer Blues Explosion, visitando los platós de los late shows y metiendo electrónica en su música sin que eso le restara un ápice de energía y autenticidad. El encanto de la rudeza.


Blues. La música del Delta del Mississippi
Ted Gioia
Traducción: Mariano Peyrou
Editorial Turner
520 páginas
36 euros