Durante un mes y medio, García Rodero visitó hospitales, centros de acogida de mujeres víctimas de maltratos, talleres, escuelas y casas, logrando retratos que dan voz a aquellas personas a menudo olvidadas: niños y niñas, personas con discapacidad y, muy especialmente, mujeres. Madres, campesinas, costureras, novias de distintas confesiones, profesoras, enfermeras y estudiantes tienen un papel destacado en este proyecto, que representa uno de los principales motores de la transformación de las comunidades de Anantapur.

A través de estas imágenes se quiere mostrar al público la vida de los habitantes de esta zona desconocida y difundir las acciones de cooperación internacional que allí desarrolla la Fundación Vicente Ferrer con la colaboración de la Obra Social “la Caixa”. Pero esta muestra también pretenden mostrar la influencia de las imágenes en la sensibilidad contemporánea y destacar el papel de los grandes creadores visuales en nuestra forma de ver el mundo.

“Vemos esas miradas y esas manos. Son miradas que sueñan, sí, pero lo que es más importante: ejercen el derecho a soñar. El activismo de las mujeres, organizadas en asambleas, es la principal energía alternativa que está transformando Anantapur. Esa red solidaria ha hecho posibles centros de protección a las mujeres maltratadas, cooperativas de autosuficiencia, asistencia sanitaria en todos los hogares, suministro de agua en cada aldea y miles de viviendas dignas”, escribe Manuel Rivas en el catálogo de la exposición.

A través de sus fotografías, García Rodero muestra sin complejos la India más desconocida, un mapa social donde las sombras recuperan la vida. Un escenario donde se confunde el pasado con el presente, lo natural con lo sobrenatural y lo fantástico. Manuel Rivas describe esta atmósfera con detalle: “En la India de Cristina García Rodero vemos esa trama singular de espacio y tiempo. Y vemos la aparición irrepetible de una lejanía por cercana que ésta pueda hallarse. No sabemos cómo lo ha hecho. Podemos conocer circunstancias, detalles, localizaciones. Podemos profundizar en cada una de las fotografías. Podemos leerlas. Pero lo diferente, lo que las hace extraordinarias, es que podemos sentir su imantación. Cada una de ellas es un imán”.

Obstinada y desmedida, Cristina García Rodero ha sabido sumergirse en ese mundo, fundirse en la alegría y sufrimiento de quienes encubren con color y apostura los claroscuros de su propia existencia. En este sentido, hay “escenarios de intensificación, de natural dramaturgia, donde no solo las personas sino los enseres, los animales, las cosas, aparecen con un decoro que no oculta, cuando emerge, ni el malestar ni el dolor. No hay un embellecimiento. Hay, sí, intensificación. Una sinestesia de colores, sonidos, olores, tactos, sabores. Cada hogar como un taller de sensaciones, emoción y memoria. Cada instantánea como el germen de un relato, donde todo habla”, concluye Rivas.