Sus primeros escritos, en el inicio de su vida profesional como periodista, despertaron no solo el interés de quienes seguían la actualidad política o cultural en los medios en los que empezó publicando, sino también el respeto de aquellos que valoran, además de la solvencia de los análisis, la calidad de la prosa, el valor de la escritura.

Peyró se movió en distintas facetas y por distintos lugares, estuvo –como es bien conocido– unos años en Presidencia del Gobierno, y es actualmente director del Instituto Cervantes en Londres y editor de The Objective; y, lo importante para la literatura, ha ido dejando un ramillete de libros excelentes.

En hoyesarte.com ya dedicamos una reseña a su libro anterior, Ya sentarás cabeza, el diario del inicio de su vida profesional –2006 a 2011–, las notas en los márgenes de la vida escritas en aquellos años, y pulidas tiempo después, que estaban llenas de ironía, lucidez y, a menudo, melancolía y aliento poético.

Ya antes de Ya sentarás cabeza había publicado Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida, un libro redondo y optimista para, escribía, hablar de la vida y los afectos y honrar los sitios donde fue feliz; y también un libro de conversaciones con Valentí Puig, La vista desde aquí, un libro intenso, sin desperdicio, que cierra un breve y magnífico ensayo de Peyró, Bosque adentro.

Y antes del libro con y sobre Puig, había publicado Pompa y Circunstancia (Fórcola, 2014), su diccionario sentimental de la cultura inglesa, algo más de mil gratísimas páginas que dejaban clara su anglofilia, y también la elegancia y el humor con los que despliega sus conocimientos y comparte su pasión. Allí estaban los victorianos y los eduardianos, y los poetas románticos, la monarquía y la política, Samuel Pepys, Powell y Johnson, y la librería Heywood Hill y la ciudad de Londres, y más, mucho más, desde lo más pequeño y anecdótico a los grandes acontecimientos y los personajes históricos.

Ahora llega este Un aire inglés, una recopilación de textos de diversa procedencia y contenido, que se leen no solo como una antología de escritos del autor sino como una valiosa pieza de su obra. “El ideal –dice en la nota que abre el volumen– es que Un aire inglés y Pompa y circunstancia se redondeen en su lectura el uno al otro”. Se ha repetido que los escritores contribuyen a mantener la memoria histórica de un país; estos libros, con el aliciente de ser una mirada desde España, son ejemplo de ello. Mejor no dejar escapar ninguno.

Londres e Inglaterra

Un aire inglés se divide en siete secciones, cada una agrupa textos de contenido similar (artistas, escritores, lugares, la política, la corona…) aunque en casi todas hay incursiones a otros ámbitos. Son 44 textos de extensión y procedencia muy diversa, escritos desde 2008, aunque la gran mayoría son posteriores a 2014. Algunos son artículos publicados en periódicos o revistas, o trabajos pensados para conferencias (como el dedicado a William Morris y la era victoriana); otros aparecieron como prólogos o epílogos de algunos libros de autores a los que Peyró ha editado o traducido (Kipling, Assía, Auchincloss).

Peyró cuenta mucho, porque ha visto y ha leído mucho y bien de Inglaterra y de Londres, “una cultura, un país y una ciudad donde el pasado ilumina el presente y la excentricidad se bendice y va al canon”. Con él conocemos ambientes, costumbres y ciudades, paseamos por sus calles y llegamos a las casas de campo, leemos a sus novelistas, observamos el paso de los reyes y las reinas, nos quedamos junto a sus artistas, miramos caer las bombas sobre Selfridges sin que la vida se detenga, bebemos en un pub al que llegamos desde la niebla, jugamos al croquet con una copa en la mano, sufrimos la fatiga cotidiana de la pandemia y el Brexit; escuchamos la voz del pasado, las épocas y los políticos se suceden “sin un solo amago revolucionario, y sin un solo cambio cruento de Gobierno en trescientos años”.

La primera sección da título al libro, y podría llevar el subtítulo de “una moral”, porque, aunque se habla de artistas y estética, ya en las primeras líneas leemos que “los hombres siempre hemos buscado lecturas morales del amanecer, y también sobre la época en que Gran Bretaña era “una potencia política, pero también una potencia moral” y, poco después, el lamento de Frederic Leighton, William Morris y John Ruskin, “conscientes del desfase entre el poder político y moral de la Gran Bretaña de su tiempo”, y algo más adelante, comentando el atentado del IRA en 1984 en el Gran Hotel de Brighton, se nos dice, para evitar una interpretación apresurada de la aparentemente frívola reacción de la prensa británica, que en Gran Bretaña siempre han caminado irremediablemente juntas la arquitectura y la moral”, tal vez por esa relación entre gusto, razón y moral que, nos dice Peyró, Morris había intuido y “hoy apartamos de nuestra vista”.

En los textos más largos el autor deja clara su capacidad narrativa, en los más cortos la de síntesis; en todos, el dominio de la palabra y del oficio, y la pasión por la escritura, por la literatura. En la sección dedicada a escritores, además de un personal y emotivo acercamiento a Kipling, destaca el texto que fue el prólogo a Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo, el espléndido libro (en realidad, dos libros) del gran Augusto Assía recuperado en 2015. También encontramos páginas sobre Evelyn Waugh y el mundo que propició su existencia y el de su familia, y sobre John Galsworthy y sobre William Beckford.

En la sección ‘Leviatán domado’ están algunos de los ensayos más brillantes del libro, entre ellos uno muy extenso sobre las consecuencias de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, con la ominosa resaca del asesinato de Joe Cox que sumió en la penumbra el “referéndum de la emotividad”. En los textos sobre Churchill, Burke, Oakeshott y Roger Scruton, Peyró contagia un profundo respeto por estos hombres; nos acerca a esquinas nada obvias de sus vidas; los imaginamos solos, graves y, a menudo, polémicos y geniales.

La parte dedicada a la corona se inicia de la mano de Walter Bagehot, “el más eminente de los victorianos eminentes”, y su tratado La Constitución inglesa (1867). En ese libro esencial se narra el paso de la monarquía británica de ser un núcleo más de poder a convertirse en “la luz por encima de la política”, una monarquía que ha pervivido con desigual pero indudable acogida popular y éxito político. También Felipe VI haría bien, piensa el autor, en tener el libro de Bagehot “sobre la mesa del despacho”, como seguramente lo tiene aún Isabel II. Hace tiempo que han quedado atrás “esos años en que sus antecesores se permitían devolver los dossieres del Gobierno tatuados con el cerco de un vaso de whisky”.

Un país para el optimismo

El libro avanza hacia su fin con una mirada a España o desde España, con, entre otros trabajos, uno extenso sobre la anglofilia de Josep Pla, un entusiasmo, el de Pla pero también el de Peyró, “que cohonesta el conocimiento de una literatura con la observación de un país”; y termina cruzando el Atlántico de la mano de Edith Wharton y “el último de la vieja guardia”, Louis Auchincloss, el autor que tan bien conoce Peyró y del que se reproduce su prólogo a Historias de Manhattan que él tradujo.

Poco antes de ese viaje a Nueva Inglaterra hay una sección de “apuntaciones sueltas” que reúne escritos diversos, alguno de ellos, como “Escolios sobre Normandía” y “Jo Cox y la lección de Westminster” entre los más sobresalientes del libro.

Pese a no pocas adversidades, a ser para algunos poco más que una tierra desprendida del continente, a sus excentricidades y errores, Gran Bretaña –sostiene en más de una ocasión Peyró– es uno de esos países con los que no podemos ser nunca pesimistas y subraya su confianza en él y en su capital recordando a Dickens y a Augusto Assía:

«De modo inolvidable, Dickens ve Londres como ‘una espectacular obra de teatro, en la que los actores son (…) los grandes y los humildes, los felices y los desdichados, los sabios y los ignorantes, hombres y mujeres que de verdad vivieron y murieron’. En la hora trágica de la Segunda Guerra Mundial, Assía observa cómo ese mismo pueblo londinense supo mantener ‘el respeto y la pasión por los ideales que representaban lo mejor de la civilización mundial'».