No obstante, parece ser que durante un largo periodo de tiempo, Salvador tuvo que convivir con una larga tradición de curanderismo y, aunque era muy crítico con las prácticas basadas en la superstición, se mostraba tolerante y comprensivo con aquellas otras derivadas de un cierto saber empírico racionalizado (“el corazón alegre da salud y enfermedad previene”; “aire puro, sol templado y agua clara, harán tu vida sana”; “el sueño es media vida y la otra media, la comida”), así como con la destreza mostrada por algunas de las personas que la gente tenía por saludaderas.
Uno de los personajes que despertaba más simpatías era el tío Frasco, un santón que tenía fama de conocer las enfermedades por el tono de la voz del enfermo y de saber escrutar los agüeros por las señales del cielo. En su terapéutica tenía un papel principal el sueño, al que consideraba el tiempo por gastar, a diferencia de los relojes, que, según decía, solo proporcionan un tiempo gastado. Nunca pedía nada por sus servicios y a lo máximo que llegaba era a recibir alguna pequeña gratificación en especies alimentarias. A su casa, situada cerca del paraje de Macenas, iban personas a las que se les había desgobernado algún miembro, gentes a las que la cansera le llegaba al alma y pacientes mustios de ánimo o con algún torzón o retortijón.
Sabía del arte de aliviar las afecciones de los huesos con romero y otras plantas, pero también teniendo en cuenta la dirección en la que soplara el viento y la fase en la que se encontrara la luna en el momento del tratamiento. Era una persona más bien callada, pero tenía el arte de provocar confianza en los enfermos. Volvía calmos a los locos con su sosiego y sustancia al hablar, su mirada vivaz y su escuchar amigable. Reconocía la sombra que a cada uno nos acompaña y, dependiendo del problema en cuestión, apaciguaba la “sangre enritá” o revitalizaba la “sangre amagá”.
También conseguía sanar el sudor frío, el castañeo de dientes, las tiritonas, los ataques de alferecía, las hernias y la “carne cortá” (nombre dado al desgarramiento muscular, esguince, distensión o magullamiento causado por algún traumatismo), a la que solía rezar para que “la carne desprendía vuelva a su lugar”. Solía decir que la persona humilde está inmunizada frente a muchas dolencias, pero que, al avaro, al soberbio y al presuntuoso se les sobresaltan las venas, lo que predispone a la marejada de las sienes y a la enfermedad en general. Las gentes del lugar le habían sacado esta coplilla: “Cuando necesito un consejo verdadero, me acerco al Santo y él me enseña ruta y sendero; si tengo tristezas, me las alegra; si forjo locuras, me las arregla; si vienen los duelos, me los consuela, y, si han llegado los quebrantos, me los gobierna”.
A otro orden correspondían las actuaciones de Valente El Tericio, que así se llamaba porque era conocida su determinación para quitar la tericia, tiricia o ictericia (aliacán), de la que se decía que entraba en el cuerpo por un esturreo de la hiel y se manifestaba por el entarquinamiento de la cara, a la que se le iba su color natural y adquiría la del pajúo o la del verdín, aunque, cuando avanzaba a su forma más maligna, la que llamaban “la pasá”, ya no se podía hacer nada por su remisión.
Antes de “mirar la tericia”, al modo de los gálgulos, el curandero tenía la costumbre de hablar de las cosas del ir y venir con el paciente y ponerse muy flojo para absorber la cólera flava del enfermo y transferir el mal a su propio cuerpo mediante una actuación cargada de gestos vesánicos. Para terminar la representación, dependiendo del caso y de la ocasión, daba a beber al enfermo una infusión de hojas del árbol gandul, zumo de limón y rábanos, jugo de caña de azúcar o agua de cebada, que alternaba con otra a base de aulaga, canela y alcachofa.
Los tragos de agua de mar los reservaba para los pacientes con ventoleras o como purgante para “desjeñar las tripas enmarañás”. Los viejos pescadores de Garrucha que se reunían cada día bajo el soportal del Pósito con el empeño de sostener en la memoria los tatuados cuentos de la mar solían comentar que Valente había heredado de su padre el ver antes que nadie “el higo en la mano” de una persona, expresión equivalente a la de “haber entrado en la estación”.
Por su parte, la cadimera María Barza tenía la gracia para curar las verrugas, pero sobre todo era famosa por sanar la culebra o culebrina, enfermedad que los lugareños también conocían como “salir la bicha”, que podía ser hembra o macho; la primera era menos resistente, pero no más fácil de curar, porque existía el peligro de que pudiera parir otras culebrillas, que complicaban el tratamiento.
El procedimiento curativo consistía en deletrearlas con una caña impregnada de tinta china o tintura de genciana (a veces, se le añadía la ceniza de un sarmiento de parra negra) y rezarlas, invocando repetidamente los tres nombres de la Sagrada Familia, especialmente el de la Virgen María, para finalizar la operación con un padrenuestro, un ave maría o una salve, oraciones que, a veces, recitaba en latín si había sospecha de que algún diablo anduviera por medio.
Lo primero era localizar la cabeza para quebrantarla y evitar la dolorosa mordedura y luego seguir hasta la cola escribiendo sobre el cuerpo del reptil las letras de cada nombre, impidiendo así que la bicha pudiera arrastrarse bajo la piel. Si la cabeza del animal se unía con la cola el pronóstico era fatal, pero María podía presumir que esto nunca había pasado con los pacientes que ella había tratado. Además de su arte en “rezar la culebra”, la curandera parecía haber heredado las habilidades en el manejo del bisturí y en la curación de heridas y traumatismos de Ginesa Marín, la primera cirujana de la que se tiene noticia en la Axarquía almeriense.
A un capítulo más cercano a la brujería respondía el quehacer de Azul, más conocida como La Druida o La Encantá. Tenía una gran facilidad para entrar en tratos con gentes del otro mundo que anduviesen revoloteando por los pagos de Sierra Cabrera, y también contaba de gran reputación su facultad para ponerse en contacto, sin necesidad de cable telegráfico alguno, con quienes andaban por tierras lejanas y cuya situación personal le era demandada por algún pariente o amigo.
Por otra parte, era bien conocida su capacidad para acertar el número de crías que parirían las hembras de los animales, así como para adivinar paternidades ocultas. Entre los casos de mayor resonancia, se dice que dejó perplejos a los miembros de la delegación estadounidense que viajó a Mojácar en busca de los orígenes de Walt Disney cuando les dio pelos y detalles de quiénes eran los verdaderos padres del creador de la “fábrica de sueños”, aunque les hizo prometer, tanto a ellos como al viejo médico del pueblo, que había sido quien los había conducido hasta ella, que no revelarían el secreto, al menos hasta después de su muerte; asimismo, los jueces de un tribunal eclesiástico, al que fue llamada a testificar, quedaron estupefactos cuando Azul identificó, sin el más mínimo atisbo de duda, a un viajante de comercio como el verdadero padre de una criatura, cuya madre atribuía la paternidad de la misma a un novio que la había despechado, pero con el que había conseguido casarse in articulo mortis mediante una calculada treta, aunque él se negó a convivir con ella desde el mismo instante de la ceremonia y, poco tiempo después, le había planteado una demanda de nulidad matrimonial ante la Iglesia.
Al parecer, estos dones le venían porque, cuando era una niña de corta edad, un rayo le entró por la fontanela y le salió por los pies, sin causarle daño alguno en el resto del cuerpo; al contrario, la descarga le había fortalecido los huesos, purificado los órganos, prevenido de dolores, algaxas y neuras y esclarecido la mente.
Por último, era muy conocida Bellatriz La Calchona, una especie de Celestina que vivía a tiro de piedra del conocido como “monte sagrado” y era muy diestra en la confección de tisanas y otras recetas herbolarias, de aceites y perfumes, sin tener a mano Dioscórides alguno. Sabía ensalmar a quien estuviera aojado, espantar lombrices, reducir los pesos de ardor en el estómago, quitar ahítos y ensedar los sueños. Conseguía el enamoramiento o la quiebra de la voluntad de las personas con sus potingues, tan mollares de yerbas como de magia, y en el pueblo se decía que había desentrañado la fórmula de la pócima de yerbabuena y albahaca que Mariquita La Posá le arrebató al mago con quien se había desposado y con la que había liberado a la población mojaquera de una peste mortífera siglos atrás.
Como Azul, no necesitaba los sueños para relacionarse con los muertos o con los vivos ausentes, mientras que con los presentes mostraba un misterioso poder para reconocer en la frente la fisonomía espiritual y en el iris de los ojos la hondura de la dicha o la desdicha de una persona. Los suyos le reconocían autoridad para pronosticar el futuro escrito en las líneas de la mano mediante el arte de la quiromancia, así como una particular gracia para leer entre los posos del café o los rastrojos del chocolate las incertezas de lo que estaba por llegar.
Todo esto que he contado parece que lo dejó escrito Salvador en su Cuaderno de Vitácora por su deseo de dejar algo propio fuera de la fosa común del olvido. Si en la medicina estaba su raíz, en la literatura trataba de encontrar una manera de escaparse y echar a volar. Y a mí me lo ha contado quien fue depositario del cuaderno y había compartido con él chácharas acerca de lo divino y de lo humano, de lo uno y de lo otro, de la historia y de las historias de la historia, el amigo que, sin pretenderlo, proporcionó a Salvador la brújula para orientarse definitivamente en el ejercicio de la medicina: “Lo que queremos los enfermos es que el médico nos conozca por nuestros adentros y nos sienta por los suyos”.
Quizás otro día contaremos algunos de los casos clínicos más singulares a los que se enfrentó, a lo largo de cuarenta años de ejercicio médico, quien nos inició en el oficio de vivir hace ya bastantes solsticios y equinoccios. Para Salvador, escribir una buena historia clínica resultaba un trabajo delicado que exige calma, precisión y entusiasmo, lo mismo que requiere trabajar un huerto o un cuento de manera amorosa.















